Editorial: La Constitución, imprescindible

Nunca estuvo la virtud más en el medio que ahora, cuando la insolidaridad, la intolerancia y la sinrazón afloran por los extremos

Ejemplar de la Constitución Española. /Igor Aizpuru
Ejemplar de la Constitución Española. / Igor Aizpuru
El Norte
EL NORTEValladolid

El 40º aniversario de la Constitución está permitiendo volver la vista atrás, tanto a quienes pudieron vivir conscientemente aquellos momentos, como a los españoles que nacieron en libertad. Superado el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, la creciente confianza en un proceso democrático irreversible acabó convirtiendo la Constitución del 78 en algo que no requería especiales cuidados, y que incluso cabía denostar porque había entrado en años.

Sin embargo, cuatro décadas después de su refrendo, aun a pesar de las necesidades y propuestas de reforma que suscita, pocos serán los ciudadanos que hoy no la vean imprescindible para ordenar la convivencia y garantizar el desarrollo de los derechos y las libertades. Basta con imaginar una España sin Constitución y, por ello mismo, sin estatutos de autonomía, para suponer que ni la «conllevanza» orteguiana sería viable hoy en nuestro país.

La convivencia entre los propios catalanes y entre Cataluña y el resto de España hubiera resultado imposible sin el marco normativo de la Carta Magna. Y hasta los más críticos hacia la Constitución del 78 se han aferrado a ella tras el último domingo andaluz, cuando han visto que muchas de las conquistas cívicas y sociales de los últimos años podrían venirse abajo si España no contara con esa referencia común. Cuarenta años después de su aprobación, la Constitución se hace más imprescindible que nunca, porque permite atenuar las incertidumbres que afectan a la convivencia.

Hasta hace poco tiempo, parecía que era la Constitución la que fallaba, la que se mostraba incapaz de acoger en su seno las aspiraciones de una sociedad plural, renovada en sus anhelos respecto a 1978. Pero de pronto, y aun teniendo en cuenta los déficits que presenta el texto consensuado entonces, la Constitución aparece como el asidero que la ciudadanía entera necesita, que necesitan incluso aquellos que ayer mismo cuestionaban su vigencia, para sortear los nuevos males que aquejan a las sociedades occidentales, de la insolidaridad, la intolerancia y la sinrazón. Males que en nuestro país han aflorado por los extremos de su propia diversidad; entre quienes quieren desbordar la legalidad fomentando un proyecto de ruptura social y territorial, y quienes reivindican a España a modo de bandera uniforme y parca en derechos. Nunca estuvo la virtud más en el medio constitucional que ahora.

 

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