La primera enfermera del 112 que atendió a Sara: «La niña tenía toda la cara amoratada y le sangraban las uñas»

El defensor del acusado pregunta a un hermano de la madre de Sara./EFE-Pool
El defensor del acusado pregunta a un hermano de la madre de Sara. / EFE-Pool

La testigo declara ante el jurado que «costó mucho reanimar a la pequeña para poder estabilizarla y trasladarla al Clínico»

M. J. Pascual
M. J. PASCUALValladolid

La declaración de la primera persona en testificar esta mañana ha sobrecogido a los miembros del jurado y al escaso público asistente a la quinta jornada del juicio por el crimen de la niña Sara. La enfermera de la unidad del 112 que acudió al domicilio de la calle de Torquemada la mañana del 2 de agosto de 2017, se encontró ya en suelo del salón de la vivienda a la pequeña Sara, donde la habían tendido sus compañeros para realizar la reanimación de la menor. Según ha referido la testigo a preguntas de la fiscal, la niña estaba en parada respiratoria y lo que más le llamó la atención fue «que tenía la cara toda amoratada, sobre todo los dos ojos y las uñas de las manos levantadas, con sangre fresca, reciente». Relata que le preguntaron al adulto que estaba allí y que había llamado a emergencias, Roberto Hernández, el presunto autor del crimen, quien manifestó a los sanitarios, cuando le preguntaron qué le había pasado a la niña, que «se la había encontrado así en la cama, que él no era el padre y que hacía días que se había dado el golpe y que le habían dado medicación».

La enfermera ha indicado que les costó mucho reanimar a la niña «porque lo conseguían y se le volvía a parar el corazón» por lo que tardaron casi una hora en poder estabilizar a la pequeña para poder trasladarla al hospital Clínico. Ante la situación que se encontraron, que la testigo ha calificado de «muy rara,... por todo» decidieron llamar a la Policía Nacional. Antes llegó la madre, Davinia Muñoz, acusada también por el crimen y que, como su exnovio, se enfrenta a la prisión permanente revisable por asesinato, más otras penas que solicitan las acusaciones por lesiones, maltrato continuado, violación y abandono de familia.

Roberto Hernández y Davinia Muñoz hablan con sus letrados.
Roberto Hernández y Davinia Muñoz hablan con sus letrados. / EFE-Pool

«La madre llegó preocupada y angustiada, la llamaba varias veces por su nombre y trataba de cogerle la manita», ha recordado la testigo, aunque después ha indicado que en el transcurso de la reanimación de la niña «la vio muy fría». Con la hija mayor de Davinia, de 12 años, que estaba en la escena y a la que un compañero del 112 le dijo que se marchara a su habitación y se encerrara allí para que no viera las maniobras de reanimación, la enfermera solo habló cuando estaban ya en el hospital. «Me preguntó si su hermana se iba a poner bien. Le dije que estaba muy mal», ha testificado.

El desarrollo del juicio

Al primer policía municipal que llegó al domicilio de la Rondilla tras recibir la llamada de emergencia sobre las 10:20 horas, que en principio había llegado para controlar el tráfico de la calle Torquemada mientras la ambulancia del 112 se posicionaba, los sanitarios le pidieron que subiera porque había en la casa una niña en parada respiratoria. Fue él quien le preguntó a Roberto lo que había pasado y le dijo que fue a su habitación a despertarla «para ir al colegio» (era 2 de agosto) y se la encontró inconsciente en la cama, que fue al salón y llamó a los servicios de emergencia. La madre llegó poco después y le dijo que la niña se había levantado a desayunar al tiempo que ella, sobre las siete, que tenía esa costumbre y que se había ido a su trabajo en Capitanía.

El agente coincidió con la enfermera en que lo que más le había llamado la atención fue que tenía «ambos lados de la cara amoratados» y las heridas de uñas. Le llamó la atención que Roberto, el acusado, «no enfrentaba la cara cuando se le hablaba».

Vieron una escena «tan rara, por todo» en el domicilio de la calle Torquemada que los sanitarios llamaron a la Policía Nacional

El testigo más difícil hasta la fecha ha sido Pedro Muñoz, el tercer hermano de Davinia en declarar ante el jurado y que ha protagonizado un rifirrafe triangular con el letrado de la defensa de Roberto Hernández y el presidente del tribunal del jurado, el magistrado Feliciano Trebolle, que ha atribuido sus respuestas deslavazadas y su recuerdo sesgado sobre las fechas clave del último mes de vida de la niña Sara al nerviosismo.

Incluso llegó a ofrecerle parar la vista durante cinco minutos para que se tranquilizara, aunque el testigo pidió continuar con el interrogatorio. Su declaración era una de las más esperadas, pues fue él quien, el 28 de julio, cuando, en torno a las 14:30 horas se pasó por el domicilio de Davinia, se encontró con un espectáculo inquietante: Roberto, desnudo de cintura para arriba, estaba en el sofá con Sara, a quien le estaba aplicando una bolsa de ultracongelados sobre un «golpetazo» que la niña presentaba en la sien. Había entrado en la vivienda con su hermana Davinia, quien había corrido hacia Roberto para arrebatarle la bolsa de verduras y le dijo que eso no se hacía así, que no se aplicaba directamente, que tenía que hacerlo con un paño para que no se le quemara la piel con el hielo.

«Si lo llego a pensar en ese momento (que pudo ser Roberto el autor del maltrato) no estaría aquí», ha afirmado Pedro, el tío de la pequeña asesinada

El hermano mayor de Davinia, que reside en Pedrajas, ha reconocido que fue ella quien se negó, a pesar de que hizo todo lo posible por convencerla, a llevar a la niña al hospital «porque estaban detrás los servicios sociales», después de que el 11 de julio los médicos del hospital Campo Grande denunciaran que la pequeña presentaba lesiones que no cuadraban con las propias de los juegos infantiles y de que la madre de Sara dijera a la Policía que ella era víctima de malos tratos por parte del padre biológico de la menor, con lo que se activó el protocolo de víctimas de violencia de género.

Fue Marinel, la expareja de Davinia, quien le comentó que se iba porque su hermana había comenzado otra relación y atribuyó la tristeza de Sara a que su padre se había marchado de casa por ese motivo. «Estaba muy deprimida, demasiado decaída, pero yo lo achacaba a eso», ha recordado, sobre el 14 de julio, el día que llevó a las niñas al cine. El domingo 16, en una barbacoa familiar en Pedrajas, a la que asistió Roberto Hernández con un amigo, junto a toda la familia, se fijó en que «la niña no se acercaba a Roberto». Fue esa noche cuando advirtieron que Sara tenía muy mal uno de sus dedos y decidieron ir al centro de salud de Íscar. Fue Pedro y no la madre de la niña la que acudió, ha explicado el testigo, «porque no se atrevía, por lo mismo, porque estaban los servicios sociales detrás». Les mandaron a Valladolid, donde hicieron radiografías a la menor y los días siguientes se le realizaron las curas en el pueblo, donde las niñas pasaron unos días.

No volvió a ver a su sobrina hasta el aciago 28 de julio. «Llamé a la puerta y nadie me contestaba, estaba desconectado el timpre. Llamé a mi hermana y me dijo que esperara, que ya salía del cuartel. Subimos y me encuentro con la niña en el sofá, Roberto nervioso y semidesnudo, sin camiseta, poniéndole una bolsa de hielo en la sien y el ojo, le pregunté a la niña mayor que qué pasaba y ella, callada, y Roberto diciendo que se había caído, a lo que Sara asentía. Yo decía que había que llamar a alguien y él cambiando de tema, que había que pintar la casa y que la niña se había comido todos los caramelos, un sinsentido. Porque somos simpáticos con la gente, porque si lo llego a pensar (que le había hecho daño) no estaría hoy aquí», ha afirmado Pedro, visiblemente nervioso. Recuerda que Roberto decía «yo flipo, yo flipo» y que Davinia no quería llevar a la niña al hospital, que la curaba ella.

Así que, impotente, Pedro se marchó de la casa y fue a buscar a su otra hermana, Rosana. Ya era por la tarde y no les abrieron la puerta. Estuvieron así desde las cuatro hasta las ocho de la tarde. Llamaron, aseguran, a Servicios Sociales y a la Policía pero «prácticamente nos dijeron que no se podía hacer nada si no se denunciaba, que nosotros no teníamos derecho sobre las niñas». Al final «decidimos dejarlo estar ese fin de semana porque estaban los servicios sociales detrás y no queríamos más discusiones». Los tíos no volvieron a ver con vida a Sara.