El equipo de Menores defiende su intervención y acusa a la madre de Sara de obstaculizar el acceso a las niñas

La tía de la niña Sara (izquierda), declara como testigo en la cuarta sesión del juicio. /EFE-Pool
La tía de la niña Sara (izquierda), declara como testigo en la cuarta sesión del juicio. / EFE-Pool

El servicio de Protección a la Infancia trabajó con la hipótesis de que el riesgo de maltrato era bajo porque el padre biológico de la pequeña asesinada se había ido y la acusada «ocultó que viviera otro hombre en la casa»

M. J. Pascual
M. J. PASCUALValladolid

Las integrantes del equipo de Protección a la Infancia de la Consejería de Familia e Igualdad de Oportunidades de la Junta de Castilla y León que se ocupó del expediente de la niña Sara han defendido durante su declaración ante el tribunal del jurado que su intervención no fue negligente, sino que fue la madre de la pequeña asesinada quien puso todo tipo de trabas para evitar que tomaran medidas, lo que demoró la actuación para proteger a las niñas y, finalmente, la orden para retirar la tutela llegó tarde, el mismo día que la pequeña de 4 años fue ingresada en el clínico en muerte cerebral como resultado de los golpes recibidos.

La psicóloga de la unidad relató que, aunque los médicos del hospital Campo Grande habían denunciado la posible existencia de maltrato a la pequeña el 11 de julio de 2018, al servicio no llegó el parte de lesiones de la niña y las diligencias policiales hasta el 25 de julio, derivado de la Fiscalía de Menores. Entonces se decidió mantener una entrevista con Davinia Muñoz y sus dos hijas y en la simulación con muñecos que se realizó para hacerse una idea de la convivencia familiar, la niña Sara cogió el muñeco de peluche que representaba a su padre, Marinel, y golpeó al que representaba a su hermana mayor, que tenía 12 años. Al igual que la trabajadora social que coordina la unidad, ha señalado que la hija mayor les había manifestado que su madre «las cuidaba y las quería mucho». En ese momento, han indicado, Sara llevaba tiritas en dos dedos y tenía otra herida en un pulgar, y la madre manifestó que se los había pillado con una puerta. Ante las contradicciones que apreciaron, decidieron concertar una cita en el domicilio, bajo la sospecha de que las niñas podían quedarse solas, pues Davinia había asegurado que iba a llevar a sus hijas a una guardería, puesto que tenía que trabajar. «Pensamos en poner un programa de organización familiar y le llamamos para concertar una hora para el día siguiente, pero dijo que no podía y al final se quedó para el 28 de julio a las dos y media de la tarde», ha relatado la psicóloga.

A preguntas del presidente del tribunal del jurado, Feliciano Trebolle, la técnico ha indicado que sí le dijeron a Davinia que sospechaban de malos tratos a la niña, pues se basaban en el informe policial. Pero el día 28, a primera hora, la madre de Sara les llamó para decirles que era imposible quedar y canceló la cita, que quedó aplazada para el 1 de agosto. «Le pregunté que en qué guardería estaban las niñas mientras trabajaba y me dijo que estaban con una persona que conocía de la infancia y que era de su total confianza», ha indicado la testigo, quien ha destacado también que se resistió en principio a dar el nombre de esa persona «para no causarle problemas». Esa persona era Roberto Hernández, su nuevo novio, con el que acababa de comenzar una relación sentimental, pero eso no lo supieron hasta el día 2, cuando fueron al hospital. Antes de esa fecha, insiste, «en ningún momento nos dijo que fuera su pareja ni que viviera en la casa, sino un amigo», ha remarcado. La hipótesis con la que trabajaban era que el posible maltratador era el padre biológico de Sara. Tanto por los informes policiales como por las conversaciones con los vecinos, que vieron a Marinel ebrio merodear por el portal y porque los moratones que presentaba la pequeña coincidían en el tiempo en el que el hombre las tuvo a su cargo unos días que pasaron en Pedrajas con la familia de la madre. En ningún momento sospecharon de Davinia porque era la supuesta víctima de violencia de género.

Visita sorpresa

Ante la sospecha de que las menores pudieran estar solas, ese 28 de julio, a la una de la tarde, se desplazaron hasta el domicilio de Davina en la calle Torquemada, donde nadie les abrió. «Estaba desconectado el portero y nos abrió una vecina. Dentro llamamos a la puerta de la vivienda, llamamos a las niñas, pero tampoco hubo respuesta». Hablaron con unos vecinos, quienes les indicaron que oían discusiones frecuentes y llorar a las niñas. Después se trasladaron al centro cívico de Rondilla donde comprobaron que la madre de Sara estaba empadronada allí y que había antecedentes de intervención social en Íscar, así como en Servicios Sociales, en 1997, un programa con el padre de Davinia por malos tratos a sus hijos.

El día de la siguiente cita, programada para el 1 de agosto, les ocurrió lo mismo, nadie les abrió la puerta en el domicilio. Así que se planteó la necesidad de tutelar a las dos menores ante las contradicciones y la falta de colaboración de la madre. El miércoles 2 de agosto se aprobó la propuesta en la comisión de Protección a la Infancia y llamaron a la madre para comunicárselo. Entonces Davinia les dijo que no podía ir porque Sara estaba ingresada en el Clínico con parada cardiorrespiratoria.

En el hospital, cuando fueron a retirarle la custodia a la madre, algo le llamó la atención a la psicóloga. «Davinia y su pareja estaban allí tranquilamente con Andrea y cuando nos recibió el médico nos dijo que la madre había visto a Sara y que había entrado para tomar fotos de la niña. Cuando se la iban a llevar al centro, la hija mayor se mostró muy afectiva con Roberto y muy fría con su madre», ha recordado. Al día siguiente, 3 de agosto, les notificaron la defunción de la pequeña. Su hermana sigue tutelada por la Junta pero está en acogida viviendo con una tía materna.

«Nunca pensamos en malos tratos», ha declarado la hermana de la acusada que tiene en acogida a su sobrina, la hija mayor de Davinia

La coordinadora del equipo y trabajadora social que ha testificado a continuación ha explicado, a preguntas de la fiscal, que al caso de Sara se le dio prioridad de segundo grado porque el asunto entró como violencia de género y el supuesto maltratador no estaba en el país, con lo que se entendió que no había riesgo alto. Ha indicado que en la primera entrevista con Davinia y sus hijas, cuando le enseñaron el parte de lesiones, ella las justificó en que la pequeña «era muy inquieta y se caía, y en que las niñas se pegaban, se pellizcaban y hacían cosquillas». La hija mayor dijo que las lesiones a la niña se las hacía ella porque «era muy pesada» y Sara «prácticamente no habló y se refugiaba en su hermana, y aunque entró muy tensa, se fue relajando». La técnico ha afirmado que Davinia «se mostró muy pasiva, tanto que le dije que su deber era proteger a sus hijas». Y ha hecho hincapié en que la acusada les engañó «desde el primer momento».

La primera hermana de Davinia en declarar ha sido Rosana, que tiene en acogida a su sobrina, la hija mayor de la acusada. La testigo trató de no contestar a las preguntas del abogado defensor de Roberto Hernández, presunto autor material del asesinato, violación y maltrato continuado a Sara y fue reprendida por el magistrado presidente, ya que había renunciado a su derecho a no declarar como familiar directo de la encausada. Reconoció que las relaciones familiares no eran óptimas y el choque de caracteres con su hermana y las frecuentes discusiones «y piques» entre ellas, aunque atribuyó la mala relación a que «estaba ciega» por Roberto. «Ha puesto a mi hermana en contra nuestra», ha manifestado ante el jurado.

Sobre las lesiones de la pequeña Sara, la testigo ha referido que cuando vio que la niña tenía hematomas en el glúteo fue el 23 de junio, en Pedrajas, a donde fue Marinel con las niñas para pasar unos días con la familia de Davinia. El padre les dijo que la pequeña se habría caido. La preocupación en la familia empezó el 11 de julio, cuando la madre de la menor llevó a su hija al hospital Campo Grande y los doctores decidieron llamara a la Policía cuando exploraron a la menor. Pero no fue hasta el 28 de julio cuando saltó la alarma por lo que pudiera pasarle a la niña, aunque «nunca pensaron en malos tratos». «Mi hermano Pedro me llamó llorando, que la niña tenía un golpetazo en la cabeza y este señor (por Roberto) se puso a hablar de otra cosa como si no pasara nada. Se marchó por impotencia, porque Davinia no quería llevar a la niña al hospital». Rosana ha señalado que, cuando regresaron los dos juntos al domicilio de la Rondilla, no les abrieron la puerta.

El juicio por el asesinato de la niña Sara continuará este jueves con la declaración de Pedro, el hermano de la acusada.