Rozalén en Valladolid: ¡Y ahí abajo el porrón!

Rozalén se mostró cercana y divertida durante todo el concierto./Gabriel Villamil
Rozalén se mostró cercana y divertida durante todo el concierto. / Gabriel Villamil

La albaceteña canta divertida, sorprendida y emocionada ante un llenazo absoluto de la Plaza Mayor

Víctor Vela
VÍCTOR VELA

En tiempos de alegría escasa, no hay que desperdiciar canciones. Conviene aferrarse a ellas como si fueran el borde mismo del precipicio, abrazarlas como a la última tabla del Titanic, agarrarlas como se agarra la mano de un padre en la infancia (de un nieto en la vejez). En tiempos de tristezas muchas y de noticias malas, hay que tararear, cantar, bailar, disfrutar esas canciones que son capaces de abrir ventanas y alegrar el alma. El alma o lo que sea. Y cualquiera de Rozalén vale para la causa. Tiene la artista, serrana albaceteña, una colección de tonadas que son gloria bendita para resucitar. Canciones acogedoras como la mejilla de una madre. Frescas como el agua de un botijo. Divertidas como un amigo con el puntito. Las hay comprometidas contra la violencia machista ('La puerta violeta', la primera de la noche), en apoyo y compañía de las mujeres con cáncer de mama ('Vivir', la segunda), a favor del compromiso social ('Girasoles', antes del adiós). Son reivindicativas, pero sin consignas. Combativas, pero sin balas. Guerreras, sin más trinchera que una sonrisa que Rozalén exhibe de principio a fin de la actuación.

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«He empezado nerviosa, pero ahora estoy disfrutando un montón», reconoce justo después de la quinta canción, 'Para los dos'. «Esto es emocionante, impresionante... ¡sois un porrón!». Cuenta que Valladolid fue una de las primeras ciudades a las que trajo su música y que cerca de sesenta personas fueron a verla a aquel concierto suyo en el Café Teatro. «Sesenta ya me parecían muchos y ahora sois tantos. Esto es flipante», reconoce emocionada ante una Plaza Mayor de nuevo a reventar.

En tiempos de mentira y de sombras, no hay que rechazar canciones. Vienen las de Rozalén aderezadas con ritmos y melodías escuchadas desde niña («porque yo canto desde que hablo»). Hay aires de copla y cuplé. Hay requiebros que son recuerdo de jota y seguidilla manchega. Hay ecos de pasodoble, de ranchera en 'Me arrepiento', la canción con la que enfila el final del concierto: «A partir de aquí, todo es fiesta y cachondeo». Antes, Rozalén muestra sus costuras, sus entrañas y recuerdos en piezas que hablan de ella y de los suyos. Como 'Amor prohibido'. «Es la historia de amor de mis padres. Mi padre fue sacerdote durante diez años... y conoció a mi madre. Me gusta mi familia, con sus virtudes y sus defectos. Y cuando creo que no creo en el amor, solo tengo que mirar para casa». También con 'Justo', que habla de los silencios y las cunetas de la Guerra Civil. «Justo era el hermano de mi abuela. Es nuestro desparecido de la guerra. Marchó y ya no volvió. Gracias a la música, a esta canción, hemos podido descubrir dónde estaba su fosa. Ahora mi abuela sabe dónde llevarle flores a sus restos. Y esto no es política, es humanidad», dice antes de arrancarse con una de las habaneras que Justo cantaba por las calles de su pueblo antes de que lo mandaran a la guerra.

Rozalén y su banda saludan al público, que volvió a abarrotar la Plaza Mayor.
Rozalén y su banda saludan al público, que volvió a abarrotar la Plaza Mayor. / Gabriel Villamil

En tiempos de enfermedades y miedos, no hay que desdeñar el poder de las canciones. Como la juguetona 'Antes de verte' (cantada por la banda de músicos), como 'Las hadas existen' (con su ramalazo Disney), como '80 veces', exitazo en el que toma especial protagonismo Beatriz Romero, siempre a su lado, fiel escudera de la manchega, que traduce a lengua de signos la intención de cada canción. Es capaz Beatriz (entre coreografía y gag) de dibujar música en el aire, de ponerle gesto a las corcheas, de esbozar la melodía en el vacío para que se escuche hasta por quien no puede escuchar. «Lo que estoy viviendo esta noche no es un sueño, es un milagro», asegura Rozalén: la activista, la reivindicativa, la coplera, la divertida, con su puntito payaso y un catálogo de canciones «de solo tres discos, que ojalá lleguen a treinta».

En tiempos de despedidas y de adioses, no hay que abandonar canciones. Porque si la vida es una colección de olvidos, habrá que intentar no perder nunca el cromo de este concierto de Rozalén. Habrá que cuidarlo, habrá que mimarlo, porque los recuerdos son frágiles y, ay, se rompen con las mudanzas.

Vila Chinaski, durante su actuación en la Plaza Mayor.
Vila Chinaski, durante su actuación en la Plaza Mayor. / Gabriel Villamil

La nueva vida de Vila Chinaski

Ya casi al final del concierto, Vila Chinaski pide a su banda que se retire un segundo. Se queda en el escenario solo, con una guitarra, y entona 'Lista para el baile', una golosina más en un repertorio que el vallisoletano (después de Stealwater y Bicicleta Thief) ha construido para su nueva piel musical. Ahora en castellano, después de un año de vida e influencias en Chile, regresa Vila Chinaski a Valladolid con 'El glaciar' bajo el brazo, trabajo que incluye canciones como 'La última' (coreada por la Plaza Mayor), 'Costa brava' (veraniega y melancólica) o 'Kerouac' (un artefacto juguetón con el que es imposible no mover los pies). En las redes sociales exhiben 'Caracolas', pero no hay que perderse tampoco 'Postales' o 'Vuela conmigo'.

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