Pecharromán: tres generaciones en un pueblecito segoviano de solo cuatro vecinos

Los cuatro vecinos posan al pie de la escalinata que da acceso a la iglesia. /C. Carrascal
Los cuatro vecinos posan al pie de la escalinata que da acceso a la iglesia. / C. Carrascal

El 35% de los municipios de la provincia tienen menos de 100 habitantes, un porcentaje que se multiplica si se incluyen las pedanías y entes locales

CLAUDIA CARRASCALSegovia

Desde hace 47 años no ha nacido ningún niño en Pecharromán, cerca de medio siglo en el que la población ha ido en absoluto declive y tan solo durante los meses de verano logra recuperar parte del bullicio que caracterizaba a esta pedanía segoviana, perteneciente al municipio de Valtiendas y ubicada al norte de la provincia. Hoy solo quedan cuatro habitantes y cerca de cuarenta casas que a diario permanecen cerradas a cal y canto, muchas de ellas son el reflejo del abandono que está sufriendo el medio rural.

Muros de piedra agrietados, tejados derrumbados y caminos por los que ya no transita nadie es la estampa que predomina en 75 de los pueblos de Segovia en los que hay censados menos de 100 habitantes, según el Instituto Nacional de Estadística (INE). Esta cifra supone el 36% de los 209 municipios existentes y se multiplica si se tienen en cuenta las decenas de pedanías y entes locales que forman parte de esta provincia. No obstante, en la mayoría de los casos los habitantes reales de estos núcleos rurales son todavía inferiores a los que registra el INE, es el caso de Pecharromán, donde en 2017 había censadas nueve personas, pero habitualmente solo residen cuatro. En los últimos diez años el padrón ha caído en este pueblo cerca de un 68% y el número de habitantes ha descendido hasta casi su desaparición, ya que a finales de los años 50 había más de 200 vecinos, es decir, un 98% más que en la actualidad.

Elisa Peña, Rufi Hernando, Jesús Hernando y Teo Peña son las cuatro personas que dan vida a Pecharromán, no son de la misma generación, tienen entre 49 y 87 años, pero todos están unidos por lazos familiares. Si echan la vista atrás recuerdan con nostalgia los años en los que convivían con decenas de amigos y familiares y aunque ahora los vecinos escaseen consideran que no podrían vivir mejor en ningún otro lugar.

Una infancia diferente

«La vida en el pueblo ha cambiado mucho, ya no hay gente joven, pero en los años 50 éramos más de 50 niños en la escuela, todos en la misma clase y con la misma profesora», asegura Rufi Hernando, quien nació en el pueblo y tras irse a trabajar a Madrid a los 14 años regresó hace ya más de una década. Durante su infancia, el colegio no era una prioridad, pero cuando podían asistir la maestra les enseñaba a leer, a escribir o a hacer cuentas y El Quijote era su compañero de viaje. Además, por las tardes instruía a las niñas en materias como la costura, el bordado, la vainica y otras labores domésticas, aunque en esta ocasión las clases eran más distendidas y, con frecuencia, las impartía en las eras del campo o mientras paseaban por el pueblo, explica.

Los juegos tampoco tienen nada que ver, hoy los niños se pasan horas pegados a las pantallas, sin embargo, Rufi recuerda que cuando era niña el mejor entretenimiento estaba en la calle. Jugaban con piedras, tabas, a encestar alfileres, a la comba o a 'Pico, zorro, zaina'.

Un trabajo nada valorado

Elisa Peña es la habitante más veterana, a sus 87 años lleva más de 60 viviendo en el pueblo y desde entonces en muy contadas ocasiones ha salido apenas unos días. Nació en Torreadrada, situado a poco más de 15 kilómetros, pero al casarse se trasladó a Pecharromán, el pueblo de marido Félix, y lo convirtió en su nuevo hogar. Tiene ocho hijos y todos, excepto la mayor, nacieron en la casa en la que todavía vive. «Entonces no había bajas por maternidad, trabajábamos hasta el mismo día de dar a luz, teníamos a los niños casi sin ayuda y en cuanto estábamos más o menos recuperadas volvíamos a trabajar al campo. No quedaba otro remedio, teníamos una familia que sacar adelante», comenta.

«Las mujeres trabajábamos mucho, pero nunca se nos ha reconocido», asevera Elisa. Eso sí, normalmente solo iban al campo en verano, cuando se concentraban la mayor parte de las labores como segar, arrancar garbanzos, hieros y algarrobas, trillar o vendimiar. En invierno los hombres preparaban las tierras y sembraban, pero para las mujeres tampoco era época descanso, se hacían cargo del huerto en el que plantaban todo tipo de verduras, frutas y hortalizas, un huerto que Elisa todavía conserva, aunque reconoce que ha tenido que reducir el tamaño para poder hacerse cargo de él.

El principal objetivo de una familia en esos años era conseguir el autoabastecimiento, por eso, criaban gallinas, conejos, vacas, cerdos y ovejas. Al cuidado de los animales, se suman otras labores domésticas, más complicadas de lo que son hoy en día, ya que a Pecharromán no llegó el agua corriente hasta 1982 y las mujeres lavaban en el río. «He tenido callos en los brazos hasta hace no mucho, ya que con tantos chicos pequeños iba a lavar casi todos los días dos y tres horas» relata.

Asimismo, alude a los festejos, otro de los aspectos que más han evolucionado con los años. La mayoría se hacían en las casas y bodegas y la matanza era la principal celebración. Era una época en la que se pasaba mucho tiempo en la calle, después de cenar las tertulias y los cánticos invadían el pueblo y en invierno se reunían para jugar a las cartas. Esto contribuía a que las relaciones personales fuesen mucho más ricas de lo que son hoy en día en las ciudades donde, a su juicio, «se pasa demasiado tiempo en casa» y la televisión y los ordenadores han sustituido estos momentos tan valiosos para buscar consejo, compartir y forjar lazos.

Pecharromán carece de servicios, no tiene tiendas, bares, ni consultorio médico, se desplazan a Sacramenia, situado a dos kilómetros, para cualquier compra o gestión básica. Hace 30 años, sin embargo, había una pequeña tienda y un bar, en el que tomaban los vinos y echaban la partida, todo en la casa familiar en la que ahora vive Rufi con su hermano Jesús. Además, tenían el teléfono público, el único del pueblo hasta mediados de los años 80. «Cuando llamaban teníamos que ir corriendo a avisar a los vecinos a su casa», recuerda. Los dulces tampoco faltaban, ya que una vecina vendía caramelos y durante muchos años hubo un salón de baile con un organillo. De esta vida ya solo queda el recuerdo, pero Elisa reconoce que son muy afortunados porque, aunque solo hay dos casas abiertas, al tratarse de un pueblo de paso a menudo van hasta la puerta de su casa el pescadero, el panadero, el frutero y comerciante que lleva una gran variedad de artículos.

Un solo trabajador

Jesús es una de esas personas que una vez jubilado y tras años viviendo en Valladolid ha decidido recuperar la calma del pueblo, donde regresó hace tres años, ahora los trabajos en los huertos y los paseos por el campo ocupan la mayor parte de su tiempo.

Por su parte, Teo, hijo de Elisa, es el único de los habitantes que ha pasado toda su vida en Pecharromán y la única persona laboralmente activa. Sus padres eran conscientes de que en el pueblo no había futuro para los ocho hijos, la mecanización y la concentración del empleo en las ciudades les animó a mandarlos a estudiar fuera del pueblo, sin embargo, Teo siempre sintió que el campo era su lugar y a día de hoy trabaja como agricultor, un oficio que aprendió de niño. «No cambiaría mi vida por la ciudad, nunca me lo he planteado», afirma. Para él, el campo es su vida y le gusta porque es un trabajo muy poco monótono en el que siempre hay cosas diferentes que hacer. El problema, en su opinión, es que «los pueblos se valoran muy poco» y que cada vez es más complicado vivir de la agricultura, porque los gastos de abonos, herbicidas y maquinaria aumentan contantemente, pero el precio que reciben los productores es el mismo que hace 30 años.

Las reivindicaciones de estos territorios al borde del abandono van mucho más allá. Elisa achaca esta decadencia a la falta de implicación y de interés que han mostrado los políticos tanto a nivel estatal como autonómico y provincial. «Siempre han puesto el foco en las ciudades y en lugar de fomentar el empleo en los pueblos se han llevado las pocas fábricas que había», lamenta. De forma progresiva también han empeorado los servicios, por ejemplo, el autobús que comunicaba Pecharromán y otros pequeños municipios de la zona con Madrid, que hasta hace no mucho pasaba una vez al día, pero ya ha eliminado esta parada de su trayecto. Las comunicaciones también tienen muchas carencias y las carreteras cercanas están llenas de socavones y baches, que llevan años pendientes de mejoras.

Una situación a la que se ha llegado porque no se reconoce todo lo que aporta la vida rural. En este sentido, Elisa considera que la desaparición de los pueblos va a ser la tendencia general a corto plazo y con ellos también se acabará con una forma de vida más sana, basada en alimentos naturales, en la que se disfruta más y se valora por encima de todo el contacto con las personas. «Si los pueblos se quedan sin gente se convertirán en espacios salvajes y los alimentos serán cada vez más artificiales», algo que, tal y como advierte, puede tener consecuencias pésimas para la salud porque, a su juicio, «muchas de las enfermedades están relacionadas con la alimentación». También para la gente mayor tiene muchas ventajas, ya que es una forma de vida que «da más autonomía y permite pasar más tiempo al aire libre».

«Ya es tarde»

Los políticos «están comenzado a comprender los graves problemas que puede ocasionar la despoblación rural», pero «ya es demasiado tarde» y, como mucho, apunta que pueden tratar de dar ayudas y subvenciones para que pequeñas empresas que han arriesgado en estos territorios puedan sobrevivir. «Los avances y las tecnologías son buenas, pero, a veces, tener más no ayuda a avanzar», expone Elisa Peña. Reprocha que todas estas mejoras no hayan servido para lograr la completa igualdad entre hombres y mujeres, un ámbito en el que admite que se progresa, pero no lo suficiente. La gente se sorprende al oír que hace 50 años las mujeres tenían que pedir permiso al marido para salir de casa y no podían tener cuenta corriente, pero «ahora las leyes no son mucho mejores porque todavía no imponen esa igualdad. No se ha progresado tanto si todos los días vemos noticias de mujeres asesinadas por hombres», subraya.

El futuro de esta pedanía está escrito, en pocas décadas se convertirá en un pueblo fantasma. Sin embargo, el apego que han logrado transmitir los mayores a hijos, nietos y bisnietos impedirá que los escombros entierren sus historias. Además, le permitirá, aunque solo sea unos pocos días al año, recuperar su esencia y vitalidad al volver a compartir sus calles con todos aquellos que siempre se sentirán parte de Pecharromán.