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La cocina no entiende de barreras

Alfonso, Rocío y Susana nos reciben en su cocina. /Gabriel Villamil
Alfonso, Rocío y Susana nos reciben en su cocina. / Gabriel Villamil

Degusta entra en las cocinas y comedores del Centro El Pino para conocer el trabajo de los ayudantes con discapacidad

Nieves Caballero
NIEVES CABALLEROValladolid

Las capacidades del ser humano no son infinitas, dependen del interés que ponga en cualquier tarea, de su adiestramiento y de las oportunidades. El objetivo de cualquier sociedad debe ser limitar los obstáculos para que ese ser humano tenga las mismas oportunidades que los demás y, por supuesto, para que nadie sea discriminado. Sobre estas necesidades pretende hacer hincapié el Día Internacional de las personas con Discapacidad, que se celebra en todo el mundo el 3 de diciembre. Degusta Castilla y León también quiere sumarse a esa conmemoración y resaltar los talentos y competencias de personas afectadas por algún tipo de discapacidad.

La Fundación Personas se ocupa de fomentar la prevención, atención e inclusión de las personas con discapacidad intelectual en Castilla y León, además de prestar servicios que mejoren su calidad de vida y la de sus familias, a través de 60 centros en 32 localidades. Su misión: «Atender las necesidades, expectativas y capacidades de cada persona a lo largo de toda su vida». Las cifras hablan por sí mismas: 2.400 plazas de atención, 3.000 familias, 1.556 empleos y 800 trabajadores con discapacidad, gracias a la integración laboral en sus tres centros especiales de empleo.

De la mano de la Fundación Personas, Degusta Castilla y León visita el Centro de Educación Especial El Pino de Obregón, situado en el Camino de Simancas, en Valladolid, donde comprueba que con ayuda cualquier ser humano puede ver cumplidas sus expectativas y ser feliz. En este caso, entramos en las cocinas y comedores para resaltar los papeles, imprescindibles, que realizan muchas personas que ocupan puestos de ayudante, es decir, que están en un segundo plano pero cuyo trabajo es fundamental para que todo funcione, lo mismo que ocurre en todo el sector de la hostelería, donde pinches y camareros asumen labores de servicio en bares, restaurantes y hoteles.

Susana Hernández Romero, de 46 años, está casada y tiene dos hijos. Trabaja desde hace 19 años para la Fundación Personas. Se encarga de coordinar el servicio en la cocina y los comedores de este centro vallisoletano, unas labores imprescindibles, por supuesto menos visibles que las de cocineros y cocineras, pero estrictamente necesarias. Su horario laboral arranca a las 9:30 y termina a las 16:30 horas.

Rocío prepara las guarniciones de pan.
Rocío prepara las guarniciones de pan. / Gabriel Villamil

Rocío Prieto del Álamo, de 42 años, acumula 22 años en la Fundación Personas. Estudió primero en el centro de la calle Tórtolas e hizo prácticas en la cocina del Camino Viejo de Simancas. Desde hace 12 años, tiene un contrato laboral de media jornada. Asegura que le gusta mucho su trabajo, consistente en montar las mesas en los comedores con otra compañera y bajo la supervisión de Susana. En estas labores de apoyo maneja una gran cantidad de cubiertos, platos y vasos, que tienen que quedar perfectos. También coloca las jarras de agua, corta el pan y sirve los postres, las infusiones y los cafés –«nadie perdona el café», apunta–. Después echa una mano en las labores de limpieza. Todo tiene que quedar recogido e impoluto, tanto en las cocinas como en los comedores, antes de irse a las 16:30 horas. Hay que imaginarse el trajín desde que llega al centro, a las 10:30 horas. Además de su afán de superación, de su capacidad de trabajo y de su gran memoria, es una perfeccionista, no le gustan las cosas mal hechas.

A diario, en el Centro El Pino comen cerca de 150 personas, entre escolares, participantes en los talleres ocupacionales, profesores, auxiliares y el resto del personal. Igual que los profesionales de cualquier otro comedor o restaurante, Susana y Rocío comen antes de dar el servicio. Los horarios de comida se suceden en diferentes turnos a medida que avanza la mañana, entre las 13:00 y las 15:00 horas. Primero comen los escolares, luego los asistentes a los talleres, después los profesores y, por último, los auxiliares y el resto del personal.

Alfonso, se encarga de que los platos esttén impolutos.
Alfonso, se encarga de que los platos esttén impolutos. / Gabriel Villamil

Alfonso Méndez Agudo, de 35 años, trabaja en el Centro de Día de Fundación Personas de Laguna de Duero (Valladolid), donde también se ocupa de montar las mesas, colocar los cubiertos, cortar el pan para el comedor, fregar y meter los platos en el lavavajillas de la cocina. Por el comedor de este centro pasan entre 90 y 100 personas cada día. «Hay mucho trabajo, no paramos», apunta Alfonso sin perder la sonrisa. Se ha acercado con su padre hasta el Camino Viejo de Simancas para facilitar a Degusta Castilla y León este reportaje. Vive con sus padres, aunque a veces se queda solo y se defiende perfectamente. Tiene claro que el hecho de poder trabajar y ganar dinero le facilita la vida.

Cada uno de ellos da una gran lección porque protagoniza una historia de superación, día a día, semana a semana y año tras año. A los tres les gusta la conversación, son habladores y comunicativos. Sólo hay que prestarles un poco de atención y escucharles para saber que son todo un ejemplo vital para la sociedad.

Pero, ¿qué se come en los comedores del Centro El Pino o en el centro de Laguna de Duero? Pues como en la mayoría de las casas. Susana, Rocío y Alfonso van enumerando algunos de los platos: legumbres, pollo asado, filetes de ternera, carne guisada, huevos con besamel, ensaladilla rusa y ensaladas. Aseguran que «todo está rico» y saben de lo que hablan porque ellos mismas comen esos platos. Desde luego que, cuando hay cocido, les gusta a todos ellos. Aunque claro, «da mucho trabajo porque se manchan muchos cacharros», señala Susana, mientras sus otros dos compañeros asienten.

Susana, en el interior de la cocina de Fundación Personas.
Susana, en el interior de la cocina de Fundación Personas. / Gabriel Villamil

Preferencias

Cada uno de ellos tiene sus preferencias gastronómicas. Por ejemplo, para Alfonso «esta bueno todo, los guisos, el cocido y el lechazo, pero también la comida rápida, como las pizzas y las hamburguesas». En el caso de Rocío, le encantan los macarrones y las lentejas, aunque reconoce que se pierde por los dulces, sobre todo por el chocolate. Los platos de toda la vida, lo de las abuelas, son los que más le gustan a Susana, que es buena cocinera en su casa.

A los 16 meses a Susana Hernández le diagnosticaron sordera a consecuencia de una meningitis. De un oído no oye nada, del otro sí, aunque su principal habilidad para comunicarse es que lee los labios con la misma agilidad que cualquier otra persona percibe los sonidos. Además de su trabajo en el centro El Pino, donde lleva contratada 19 años, es la secretaria de la Asociación de Personas Sordas de Valladolid. Fue al colegio y al instituto, y después hizo un curso de cocina en el mismo Centro El Pino en el que trabaja.

Rocío y Alfonso son personas con discapacidad intelectual, pero eso no les impide trabajar, tener un sueldo y participar en actividades de ocio con sus amigos y familiares. Los fines de semana no son diferentes a los de cualquier otra persona. Rocío tiene una afición que le ha permitido viajar a muchos países, la escalada. Es miembro del Club de Montaña Ojanco. Por su parte, Alfonso disfruta del cine cuando sale con sus amigos.

 

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