La madurez de Toñete abre la Puerta Grande en Valladolid

Toñete pasea las dos orejas del segundo de su lote. /Ramón Gómez
Toñete pasea las dos orejas del segundo de su lote. / Ramón Gómez

El navarro cortó tres orejas a una buena novillada de Torrealba, Alfonso Ortiz se fue de vacío y Darío Domínguez escuchó tres avisos

Lorena Sancho Yuste
LORENA SANCHO YUSTE

Hacía cinco años que la Feria Taurina de Valladolid no arrancaba con una novillada. Y probablemente mucho más tiempo, sin ni siquiera estadísticas, que lo hacía con la banda sonora del himno de España al romper el paseíllo. En pie, ovacionado y casi coreado lo recibieron los aficionados que llenaban media entrada del coso, como si de un arma de guerra se tratara, como una «reivindicación de que somos españoles», según argumentó la empresa. Porque en la batalla iniciada desde el coso del Paseo de Zorrilla, se libran diferentes frentes; por un lado, el del orgullo sobre la identidad y símbolo de la tauromaquia y, por otro, el de ser taurino. En este último terreno se metió ayer con la distribución de 584 entradas gratuitas para niños y adolescentes. Un palco infantil desde el que sembrar afición, desde el que visionar los toros, en este caso novillos pertenecientes al hierro charro de Torrealba, de buen juego, en líneas generales, a excepción del complicado quinto, y el soso sexto.

El gato al agua se lo llevó Toñete Catalán, con madurez de torero a punto de doctorarse, con poso y tranquilidad frente al bravo domecq que abrió plaza. Le dibujó varios lances de clásico dibujo con la muleta, diseñadas sobre un pitón derecho del que extrajo los mejores pases. Parecía que lo había fulminado con la estocada, pero el animal ralentizó su muerte. Toñete obtuvo una oreja y un fuerte abrazo de su padre, Antonio Catalán, magnate hotelero.

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Con el segundo, cuarto en el orden de lidia, manejó las telas con suavidad, con trincherazos edificados sobre una faena inteligente, en la que dialogó con los terrenos, bajándole la mano y culminando con un pase de pecho eterno. La estocada lo mató casi ipso facto y los pañuelos clamaron por las dos orejas que rubricaron su triunfo.

A Darío Domínguez, el iscariense, le tocó bailar con la fea. La recibió a porta gayola en una declaración de intenciones, pero el geñudo novillo no se lo puso fácil. Tragó saliva, procuró sin éxito atemperar su violenta embestida y lo desarmó. Se perfiló para matar y aquello se convirtió en calvario. Gazapón el novillo, rajado, huyendo hacia toriles, Domínguez lo intentó hasta casi extasiar, pero escuchó los tres avisos. Con el primero de su lote, más flaco y chico, el iscariensa había construido una notable faena que abrió de rodillas, muy voluntariosa y vibrante por momentos. Se enfrió con los aceros, en una estocada caída. Dio una vuelta al ruedo.

Completó la terna Alejandro Ortiz, que se fue de vacío. Le faltó reposo en una primera faena acelerada por momentos, con un novillo codicioso, casi una máquina de embestir, ante el que se desmonteraron Marcos Ortiz y Roque Vega. Con el último, más cuajado pero sin fuerza, lo intentó sin éxito.

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