La magia más sincera

El Mago Toño al acabar su espectáculo. /Gabriel Villamil
El Mago Toño al acabar su espectáculo. / Gabriel Villamil

El Mago Toño ofreció ayer un espectáculo de magia, dedicado a los más pequeños, en la Cúpula del Milenio

ADOLFO PÉREZ VEGAValladolid

Lo que más caracteriza a un espectáculo hecho especialmente para niños es que es sincero: si no les gusta lo que ven, lo dirán sin ningún problema. Por suerte, no es lo que pasó ayer en la Cúpula del Milenio, donde el Mago Toño realizó un espectáculo de magia para los más pequeños de la casa.

La función estuvo enmarcada dentro del 'Festival de magia de la Cúpula del Milenio', organizado por Fernando Arribas, director de la Universidad de Ilusionismo de El Escorial –la única universidad dedicada a la magia de Europa– y múltiples veces galardonado, nacional e internacionalmente, en esa misma rama.

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«El estilo es más adaptado para los niños, lo pueden seguir fácilmente por los colores y las formas», declaró Fernando en referencia al espectáculo, el cual se ofreció a un recinto completamente lleno de personitas acompañadas por sus padres, algunos más atentos del móvil que de sus hijos. La puesta en escena era simple, con una mesa y algún elemento utilizado para los trucos, y sin más iluminación que la que ofrecía la propia cúpula blanca y translúcida.

Cómico y alegre

Pero al Mago Toño le bastó para hacer una presentación cómica y alegre. Implicado con los críos desde el primer momento, no dudó en hacer chascarrillos y chistes para los más mayores, del tipo que los más pequeños, por su edad, son incapaces de captar. Tras pedir amablemente implicación al público y un acompañamiento con las palmas, comenzó el show con unos trucos simples, pero efectivos para los niños. Estos se basaban en engarzar y, posteriormente, desenredar varios aros metálicos sin explicación aparente; además de hacer aparecer bastones moviendo un simple pañuelo, que a su vez se desvanecía.

Tras pedir voluntarios entre el público, donde unos pequeños valientes estaban más dispuestos que otros más vergonzosos, sacó a un niño y a dos niñas y pidió amablemente un billete –de 50 euros, nada menos– al padre del chaval. Los pequeños, que harían de vasos trileros, cogieron tres cartas gigantes, una roja y dos negras, y las ocultaron al público. Tras bailotear y moverse, más bien poco, al son de la música, el desafortunado padre debía adivinar donde estaba la carta roja; empresa harto sencilla, pues bastaba con fijarse en que zagal llevaba la carta roja. El truco estaba en que cada vez que el infante desvelaba su carta, esta cambiaba de color como por ensalmo. Baste saber que el padre finalmente recuperó su dinero.

«La magia infantil es la más sincera de todas» Mago Toño

A la asombrosa actuación le siguió otra en la que se ayudó de unas monedas, un vaso dado la vuelta y una chiquilla de 8 años como voluntaria, que firmó uno de los cobres. La calderilla, tan real y dura como la que se pueda tener en el bolsillo o en la cartera, volaba desde las manos del mago, desapareciendo en el aire. Tras unos segundos de silencio, hazaña increíble de conseguir en ese auditorio lleno de criaturas, el sonido metálico del níquel rebotando contra las paredes de cristal del interior del vaso daba paso a un estruendoso aplauso. El mayor detalle fue cuando la moneda que había firmado la niña, y que esta sujetaba oculta por un pañuelo, acabó también en el interior del cubilete. Las caras de asombro e incomprensión de los niños no tenían precio.

Tras un truco en el que un conejo de tinta salió de una chistera pintada en directo en el papel, y otro en el que el reloj de un padre del público fue aporreado repetidas veces para luego desaparecer y reaparecer intacto, sobrevino el final de la función. De dos cilindros huecos, uno dentro del otro, los cuales enseñó de todas las maneras posibles al público (los niños no acabaron de fiarse), sacó una miríada de pañuelos distintos, en un festival de color que finalizó con un petardazo de confeti. «La magia infantil es la más sincera de todas», aseguró el Mago Toño al finalizar su espectáculo.

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