El fantasma de Zorrilla y otros espíritus

El fantasma de Zorrilla y otros espíritus

La casa natal del poeta y dramaturgo vallisoletano y el teatro que lleva su nombre en la ciudad son dos de los lugares donde cuentan quienes los han 'visto' que habitan espíritus porque, se crea o no, 'haberlos haylos'

SONIA QUINTANA

Aunque no tan famoso como el de Canterville, el alma en pena de sir Simon Canterville al que Óscar Wilde hace vagar desde 1887 en un castillo de la campiña inglesa, no muy lejos de Ascot; Valladolid cuenta con su propio fantasma. Perdón, con sus propios fantasmas. El más conocido es, sin duda, el fantasma de la Casa Zorrilla. Ya el mismísimo poeta y dramaturgo vallisoletano aseguró haberlo visto en su niñez, y así lo dejó escrito en 1880 en 'Recuerdos del Tiempo Viejo'.

«Una tarde, mientras dormía mi padre la siesta y mi madre en el comedor arreglaba los trastos con las criadas (...). En una de mis vueltas creí ver a alguien en el sillón de brazos; y suponiendo que sería Bibiana que dormía también su siesta a escondidas de mi madre, empujé y abrí del todo la puerta: una señora de cabello empolvado, encajes en los puños y ancha falda de seda verde, a quien yo no había visto nunca, ocupaba efectivamente el sillón, y con afable pero melancólica sonrisa me hacía señas con la mano para que me acercase a ella. (...)

(...) me acerqué a ella sin miedo ni desconfianza, y puse mi mano derecha entre las dos suyas, que me alargaba sonriendo. Dióme ella primero una palmadita muy suave con su derecha en la mía, que posaba en su izquierda, y pasándomela después por mi suelta cabellera, (...), me dijo con una voz que no sabré explicar dónde me resonaba, si en el corazón, en el cerebro o en el oído: «Yo soy tu abuelita; quiéreme mucho, hijo mío, y Dios te iluminará.

Estoy seguro de haber sentido el contacto de sus manos en las mías y en mis cabellos, y recuerdo perfectamente que sus palabras me dieron al corazón alegría».

Pero la historia no acabó ese día.

«Nueve o diez años más tarde, en 1833, (...) fuí a Torquemada a reunirme con mi padre (...). Allí una tarde, registrando unos camaranchones de la casa vieja de nuestro apoderado, (...), tiré yo de una maraña de lienzos, manojos y restos informes y polvorientos de despedazados trastos, y di entre ellos con un lienzo sin marco, cuya pintura no se apercibía bajo una capa de polvo y telarañas. Mientras mi padre quitaba las de unos libros en pergamino que a las manos le habían caído, linpié yo mi lienzo con un trapo mojado, que fuí a traer de la cocina; y al descubrir el retrato que en él hallé pintado, dije a mi padre: «¡El retrato de la abuela!»

Volvióse mi padre, miró el retrato y me dijo con extrañeza:

¿Pues de qué la conoces tú, si jamás la has visto?

¿No se acuerda ustedle contesté yode que siendo muy niño vi una señora que me dijo que era mi abuela, en el aposento cerrado de la antesala de nuestra casa de la calle de la Ceniza?

¿Y era esa?exclamó con asombro mi padre.

La misma: tengo su imagen en las pupilasrespondí yo.

No lo entiendodijo mi padre, volviendo a ocuparse de sus pergaminos, no sé si con verdadera indiferencia o para ocultarme la expresión de su semblante.

Ahora pregunto: si no hubiera yo visto a la del aposento cuando niño, ¿hubiera podido reconocerla por su retrato diez años después?».

Con estas palabras dejó escrito en sus memorias José Zorrilla su 'encuentro' en su niñez con su abuela paterna, doña Nicolasa, cuya 'presencia' hoy en la casa sigue siendo habitual para los trabajadores de la Casa Museo Zorrilla. «Todo comenzó en 2007, el año de la última restauración de esta casa», recuerda Ángela Hernández, quien se despedirá el próximo 31 de enero de la dirección de la Casa de Zorrilla, después de casi tres décadas al frente del museo. «El arquitecto decidió que la habitación llamada 'de huéspedes' se quitase del circuito de visitas. Se desvistió la estancia y se clausuró la habitación. Y entonces comenzaron a ocurrir cosas: los proyectores se ponían en marcha solos, las luces se apagaban y se encendían autónomamente, desaparecían cosas, se abrían cajones solos, se rajaban las lunas de los espejos... Lo achacamos a que en ese dormitorio había vivido una temporada la abuela paterna de Zorrilla, doña Nicolasa, cuyo 'fantasma' ya habitaba en la casa en tiempos de Zorrilla (tal y como refieren sus memorias). Así que entendimos que estaba 'enfafada' y volvimos a poner la habitación en el circuito», cuenta Ángela Hernández quien, en primera persona, ha vivido algunos de estos 'incidentes'.

Y no sólo la casa natal de este ilustre vallisoletano tiene 'fastasma', también el teatro que lleva su nombre, y al que el mismo Zorrilla acudió el 31 de octubre de 1884 para su inauguración, tiene un 'huésped' especial. «Eso dicen, pero yo nunca me lo he encontrado», asegura el actual empresario del teatro Enrique Cornejo. ¿Y quién es este espectro que 'habita' el teatro? Dicen que el mismísimo diablo (o alguien muy cercano) quien, según la leyenda, en el momento en que el aforo del teatro fuera ocupado por completo, la sala sería pasto de las llamas, debido al 'sentimiento' de profanación que suponía haber convertido un espacio sagrado, el Convento de los Franciscanos, en una sala destinada a espectáculos mundanos.

Cierto o no, el temor caló hondo y durante décadas se evitó la venta de determinadas butacas. Hoy Cornejo, con permiso del fantasma, tienta cuando puede a la suerte. «Me tiene que perdonar el fantasma porque cuando puedo, vendo todo. De todas formas los fantasmas no se meten con la gente buena, y nosotros somos buena gente. ¡Peor sería que tuviéramos ratas! Eso sí que sería un problema», bromea el empresario teatral.