Calidad de vida

ÁNGEL MELERO HURTADOVALLADOLID

¿Son las urbanizaciones contemporáneas como los aeropuertos contemporáneos, es decir, todas iguales? Y, si es así, ¿a qué configuración definitiva aspiran? ¿Qué queda si se quita la identidad? La urbanización del medio rural transforma el campo en un espacio desposeído de la cultura agrícola; en este contexto crecen el desarraigo social, el aislamiento y la pérdida de identidad y de sentimiento de comunidad. Es un modelo de ciudad difusa, donde las urbanizaciones se desparraman descontextualizadas de su entorno más inmediato, difuminando los límites entre la ciudad y el campo y separando cada vez más los espacios adscritos a las diferentes actividades: residencial, productiva, servicios, compras, ocio... Este urbanismo del promotor, de la vulgarización de la arquitectura, del 'copy-paste' del adosado es, en la mayor parte de los casos, un modelo especulativo y depredador del territorio. Siendo el suelo uno de los recursos más cotizados por el urbanismo actual, es en este tipo de ciudad genérica donde se favorece un crecimiento extensivo horizontal sin mesura. Se trata de un modelo con un fortísimo impacto ambiental: enorme consumo de agua, destrucción desmesurada de terrenos agrícolas, aislamiento de los ecosistemas naturales, aumento de las emisiones de contaminantes y alto coste energético por la gran dependencia del coche. Tampoco favorecen la cohesión social, ya que el mercado inmobiliario tiende a agrupar en cada urbanización a una población con un perfil socioeconómico semejante. La oferta masiva de suelo no ha abaratado el precio de las viviendas, sino todo el contrario. Un modelo, en definitiva, que atenta contra la identidad, el medio ambiente, la cohesión social y que hipoteca la calidad de vida de las generaciones futuras.