Bernardos bate el récord

Cinco grupos musicales se turnaron para tocar las jotas que sin cesar bailaron los bernardinos La Virgen del Castillo tardó 19 horas y 26 minutos en cruzar el umbral de la iglesia

FERNANDO ARANGURENSEGOVIA.
Bernardos bate el récord

Hubo récord. Diecinueve horas y veintiséis minutos tardó la imagen de la Virgen del Castillo en hacer su entrada en la iglesia parroquial de Bernardos desde que a las 19.30 horas del martes partiese de su ermita en el cerro que le da nombre, a tres kilómetros de distancia, donde se halló la pequeña talla en el año 1728.

A las 14.56 horas, la Virgen, vestida con manto rojo y oro y al son de la 'Marcha Real', cruzaba el umbral del templo situado en la cota más alta del casco urbano, cuyas calles empezó a pisar a las 3.35 de la madrugada. En la anterior edición de la 'bajada' de la patrona, la del año 2000, pues la fiesta se celebra cada diez años, ésta entró en la iglesia a las 13.15 horas, tras diecisiete horas y cuarenta y cinco minutos de procesión.

La llegada a la iglesia puso fin a un fatigoso pero feliz cortejo y al incesante bailar de jotas por parte de los bernardinos, ya fuesen vecinos o hijos del pueblo, allegados, devotos o visitantes. Sin solución de continuidad, con cinco agrupaciones musicales a turnos, bien charangas o conjuntos de dulzaina y tamboril, no hubo tregua musical delante de la Virgen. Ni detrás, donde tres sacerdotes, los dos párrocos de la localidad, Lucas Aragón y Florentino Vaquerizo, con el refuerzo del sacerdote de Navas de Oro, Pedro Migueláñez, se turnaron en la custodia de La Pizarrera, como también se denomina a la patrona de este pueblo cuya principal actividad es la extracción de pizarra.

A mediodía, el repicar de las campanas del templo, tañidas a mano, se confundía con 'La tía Melitona', la jota que interpretaba la charanga CubaLibre, de Coca, y bailaban unas doscientas personas de todas las edades, formadas en dos hileras delante de la imagen. «Se baila hasta donde llega bien el sonido de la música», explicaban quienes lo hacían más alejados de la Virgen y la orquesta.

«Hay que ser de aquí para entender la fiesta, es pura devoción», explicaba una vecina de mediana edad. Y es que son muchas las singularidades que rodean al evento. La que más llama la atención es que desde 1940 se celebre regularmente cada diez años, sin que nadie sepa a ciencia cierta el motivo, que algunos relacionan con el final, un año antes, de la Guerra Civil.

Hasta entonces, la imagen se trasladaba a la ermita en ocasiones relacionadas con pestes, sequías u otras calamidades, aunque entonces no fuese considerada como tal la que se celebró en 1814 con motivo de la reposición en el trono de Fernando VII, que se celebró el 30 de mayo de aquel año, coincidiendo con la festividad de San Fernando. En 1892 fue la primera ocasión en que la Virgen permaneció tres días en la ermita, lo que se ha mantenido desde entonces. Hubo traslados en 1904, en 1918 y en 1928, en este caso con motivo del segundo centenario del hallazgo de la imagen en el cerro de El Castillo, que fue un hábitat fortificado entre los siglos V y XI y, además de centro de devoción por la presencia de la ermita, es también un yacimiento arqueológico. Otro hecho singular es que la Virgen no resida permanentemente en su ermita, sino en la iglesia del pueblo, de la que sólo sale tres días cada diez años. Lo habitual es que las imágenes con templo propio, ya sean ermitas o santuarios, permanezcan en ellos y salgan excepcionalmente hacia iglesias o catedrales, como ocurre con la patrona de Segovia, La Fuencisla, en septiembre.

Pero lo que convierte la romería de Bernardos en auténticamente excepcional es que el regreso de la imagen tenga hora de partida, pero no de llegada y que ésta quede abierta a la disposición de los vecinos, sus ganas de bailar o el deseo de batir el récord de duración de la edición anterior, como ha venido sucediendo, al menos, en las tres últimas.

Fatiga y callos

Además, uno de los elementos claves del desarrollo de la fiesta es el grupo de paloteo de Bernardos, formado por unas cuarenta personas que, a turnos, interpretan sus danzas en los momentos claves. A cada entrada o salida de la iglesia y la ermita, al llegar al pueblo o cuando está a punto de cruzar cada uno de seis arcos floreados bajo los que pasa la imagen durante los 500 metros del recorrido urbano. En ocasiones puntuales, los danzantes forman torres humanas, desde cuyo punto más alto sujetan un arco de honores bajo el que pasa la imagen. Así ocurrió a la salida de la ermita el martes y a la llegada de ayer a las puertas de la parroquia.

En este lugar se procedió a la subasta de las andas, pagándose mil euros por cada una de las dos delanteras y 500 por cada una las dos traseras, desde un precio de salida de 200 euros. En total, 3.000 euros por las cuatro.

Para entonces la fatiga era visible en quienes habían decidido permanecer despiertos toda la noche: sus pies amagaban jotas y sus brazos bailaban cansinos y bajos. Las manos de los paloetadores lucían callos y esparadrapos y sus golpes con los palos perdían precisión aporreando dedos de compañeros. Cuando esto sucedía entraban otros al relevo de los más doloridos.

También a turnos han funcionado durante las fiestas las familias propietarias de los seis bares de la localidad, tres de ellos en la plaza. «Llevamos abiertos desde las ocho y media de la mañana del sábado, pero tan contentos; merece la pena», comentaban en uno de ellos. La chiquillería también estaba feliz. En el centro escolar era lectivo pero los padres, en día de fiesta local, optaron porque no fueran.

Los de más edad, por aquello del ciclo vital, se daban ánimos. «Que nos veamos dentro de diez años», se deseaban.

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