El mejor verano de mi vida

La más grande

Con mis padres y mi hermana en ese viaje, refrescándonos en un jardín andaluz. /M. J. P.
Con mis padres y mi hermana en ese viaje, refrescándonos en un jardín andaluz. / M. J. P.

Un viaje de la niñez a la adolescencia en un Simca 1000. El recuerdo imborrable del primer verano junto al mar en la playa de Chipiona

M. J. Pascual
M. J. PASCUALValladolid

Rocío, la del clavel y el escotazo en blanco y negro, a juego con el bigote de José María Íñigo, todavía estaba lejos de ganarse el apelativo de la más grande. Para mí, por aquel entonces, la única y más grande de Chipiona era la señora Lola. Doña Lola, la dueña de la pensión, que en su patio que era más interior que patio nos ponía de postre a sus escogidos huéspedes –dos o tres familias de Sevilla, algún viajante y nosotros, sus vecinos de puerta de Madrid– las rajas de sandía más gigantescas, ricas y rojas que había comido en mi corta vida. Todo era tamaño XXL en la mesa de Lola.

Allá que nos fuimos ese verano de 197..., en el Simca 1000 GLS verde metalizado recién estrenado de mi padre. Y de un tirón, del barrio de Campamento a Jaén, con mi abuela, que tampoco había visto el mar, y con mi hermana llorando todo el camino. Mi primer choque con la gastronomía andaluza fue pasado Despeñaperros: ¡A la tostada no le ponían mermelada, sino aceite de oliva y ajo! La arcada puso en grave peligro el impoluto coche nuevo. Esa parada técnica en una venta de carretera con olivares de fondo que parecían pintados fue, tostada rara aparte, todo un alivio para las viajeras, que tuvimos que suplicar y suplicar a mi padre, transmutado en Fangio que, por favor, parara, que no respondíamos.

Habíamos salido de madrugada, con el Simca cargado hasta los topes y no tenía baca ni aire acondicionado. Creo que la sombrilla y la sillas plegables de rayas todavía las tenemos. ¡Menuda activista del reciclaje es mi madre!

Doña Lola, decía, mujer inmensa de cuerpo y también de alma, era viuda. Vivía en Madrid con su amiga Dolores, soltera, que era su negativo: delgadísima y nada barroca para ser tan andaluza. Las dos nos convencieron durante el brindis por el año nuevo –que celebrábamos entonces con las puertas de los pisos abiertas, sin miedo– para ir ese verano de vacaciones a Chipiona. Así que allí nos presentamos los cuatro, más la abuela.

Desembarcamos en el paraíso con esa blancura resplandeciente que te dan los barrios obreros de la periferia, sorprendidos de sentir el salitre en la garganta y los brazos pegajosos mucho antes de llegar al mar, los ojos entornados bajo un sol de justicia. Fue apabullante contemplar por primera vez esa brillante masa de agua, tanto, como lo puede ser para alguien que viene del secano. Sobre todo para mi abuela. Cambiar el Mar de Pinares por aquel Gran Azul durante esos días de vacaciones fue quizá el hito más feliz en su historia personal de molinera viuda con seis hijos, superviviente de la Guerra Civil y feminista sin saberlo.

Para mí, entonces apenas destetada de la Nancy, ese primer verano marinero fue la constatación de que: Uno, los mosquitos chipioneros eran una fauna temible que te ponían «al óleo», como decía mi madre mientras me aplicaba el Fenergán. Dos: que la playa y yo somos dos elementos incompatibles. Y tres: que el calor nocturno propiciaba las reuniones abanicadas y mecidas en aquel patio abierto a las nuevas amistades y al intercambio cultural. Tú me enseñas a bailar sevillanas y yo, la jota comunera.

–Yo zoi der Béti ¿y uzté?

–Pues del Atleti.

Flaco, moreno y con unos ojazos dignos del 'Romancero gitano', se presentó a los pocos minutos del desayuno del primer día, a voces de mesa a mesa.

–Me llamo 'Jezú'.

Tardé un poco en acostumbrar el oído y cuando le dije mi nombre lo tomó como un buen augurio y me sonrió con un diente partido y la sonrisa más blanca y más auténtica que me había dedicado nunca hasta entonces una persona desconocida. Ya no nos separamos en todas las vacaciones. Ni cuándo Dolores, el negativo de Lola, nos llevaba a la playa el fino con las tortillas de camarones para ir abriendo boca después del chapuzón; ni cuando mi abuela nos mandaba a comprar el helado de después de comer (lo mejor de la comida es el postre y se relamía de gusto); ni a la merienda, con aquellos bocadillos monumentales de tortilla que, para aquella matrona andaluza que adoraba a los niños, nunca eran lo bastante grandes.

Con 'Jezú' y la merienda fui también por primera vez a un cine al aire libre y jamás olvidaré la película y el olor a jazmín del paseo. 'Le llamaban Trinidad'. Creo que allí nació mi pasión por las pelis del oeste y por los espagueti western en particular. Cada vez que Terence Hill asoma por una pantalla se le superpone la imagen de 'Jezú', el niño sevillano del diente roto y la mejor sonrisa que me han dedicado nunca.

Lo del atracón de helado también fue aquel verano pero ya, si eso, para otro día. Solo apuntar que, gracias a la lección que me dio mi padre, estuve sin probarlos hasta los 18 años.

Mucho tiempo después volví a Chipiona, sin mi padre, sin mi abuela y sin el Simca 1000 GLS. Allí sigue todavía el hostal, ahora regentado por algún descendiente colateral de Doña Lola. Ella es y será, para mí, la más grande de Chipiona, con permiso de Rocío.