Julián García Torrellas pregona una historia de espiritualidad centenaria en Palencia

Julián García Torrellas./
Julián García Torrellas.

El periodista e historiador recreó el contraste de la Pasión actual con la que se vivía en la ciudad a principios del siglo XX

JOSÉ MARÍA DÍAZpalencia

Historia y crítica social se mezclaron anoche en el pregón inaugural de la Semana Santa de Palencia, la quinta desde que recibió la declaración institucional como fiesta de interés turístico internacional. Fue el historiador y periodista Julián García Torrellas, jefe de prensa del Ayuntamiento de Palencia, quien aunó sus dos facetas profesionales para dibujar una crónica de la Palencia de principios del siglo XX que vivía el tiempo de Semana Santa con una intensidad muy diferente a la actual, con mucha menos fastuosidad, pero teñida de una más profunda espiritualidad.

Emotiva despedida de Ángel Martínez

Relevo en la hermandad

La inauguración oficial de la Semana Santa de Palencia sirvió también ayer para que el presidente de la Hermandad de Cofradías, Ángel Martínez, se despidiera de los cofrades palentinos, ya que abandonará el cargo después de la Semana Santa. Martínez se mostró orgullo del crecimiento experimentado en los últimos años por la Semana Santa de Palencia y destacó también el espíritu de hermandad que se vive entre los cofrades jóvenes. Tras la emotiva intervención de Ángel Martínez y el pregón de Julián García Torrellas, el acto continuó con unas palabras del alcalde, la presentación de un vídeo promocional de la Semana Santa de este año y una despedida del obispo, Manuel Herrero.

García Torrellas no quiso circunscribir su relato a las memorias de infancia o a los recuerdos de juventud, ni se centró siquiera en vivencias personales, sino que armándose de su vocación historicista abrió como bien dijo una de las puertas del Ministerio del Tiempo para invitar al nutrido público congregado en la iglesia de San Francisco a acompañarle «a un año inconcreto de hace más de un siglo para conocer la Semana Santa y la ciudad de Palencia en un pasado que no sólo es historia y memoria, sino también presente; porque es preciso saber de dónde venimos para comprender dónde estamos y prever hacia dónde vamos».

Porque como fue desgranando el pregonero, la Semana Santa de hoy, la que puede presumir de internacionalidad, la de las grandes procesiones con cientos de cofrades, la de las grandes carrozas, la del espectáculo en los Cuatro Cantones o las representaciones en la Inmaculada, la de los desfiles de penumbras y también la de las fotos por millares hunde sus raíces en aquella Pasión mucho más íntima, recogida y espiritual que vivía la Palencia de principios del siglo XX. «Mientras que todos hemos visto el gran impulso que los cortejos procesionales han tenido en Palencia en las últimas décadas, no puede obviarse que hubo otros tiempos en los que la religiosidad de estos días se manifestaba con más cultos y muchas menos procesiones; con más silencio y más penitencia», explicaba García Torrellas, quien incidía en las importantes diferencias entre la forma de entender la Semana Santa de la sociedad actual con respecto a la de hace cien años.

Y así, el pregonero fue desgranando una crónica descriptiva no solo del propio desarrollo de la Pasión religiosa, sino también de la propia idiosincrasia social palentina, con sus ritos, tradiciones, costumbres y también personajes. Con sus soldados, hoy desaparecidos del paisaje local, pero de notable presencia en la época, sus concejales, comerciantes y cómo no, los menesterosos, profusamente protagonistas de una sociedad muy dividida en clases, en la que «más de la mitad de la ciudad vive en la pobreza».

Radiografía social

La crónica de época en la que se convierte el pregón recuerda por momentos a aquellas radiografías sociales que se estilaban entre muchos de los autores decimonónicos, y así, a través de las palabras de García Torrellas los palentinos de hoy pueden conocer que a principios del siglo XX las autoridades municipales obligaban a los más desfavorecidos a identificarse con una placa como «pobres de solemnidad», para poder mendigar, actividad que, por otra parte, quedaba prohibida expresamente durante la Semana Santa.

Y no era esta la única prohibición que trastocaba la vida ciudadana durante el tiempo de Cuaresma y la posterior Pasión de Jesús. El gobernado civil ordenaba que para mantener la santidad de las fechas «hay que abstenerse de funciones profanas y apartarse de pasatiempos impropios de un tiempo santo como son los bailes y otras diversiones», al tiempo que el alcalde colgaba un bando en una de las columnas de los Cuatro Cantones en el que se pedía a los palentinos que durante las fechas más santas se guardase «orden, decoro y compostura», para prohibir también del Jueves Santo hasta el sábado después del toque de gloria «el tránsito por las calles de coches y carruajes. También queda prohibida la colocación de puestos de venta en la vía pública durante estos días y la venta ambulante a domicilio de cualquier objeto de comercio. Así mismo, se prohíbe que el Sábado Santo y Domingo de Pascua se disparen armas de fuego, cohetes, ni cualquier otra explosión de pólvora dentro de la población».

Normas que pueden parecer excesiva, pero que se mantuvieron con escasas variantes hasta la década de los años sesenta.

Hermandades y procesiones

Desgrana también el pregonero, como de otra forma no sería posible, el número de hermandades penitenciales de la época, así como sus atuendos y su paulatina evolución, como la introducción en 1906 por parte de los entonces cofrades franciscanos, hoy del Santo Sepulcro, unos «cucuruchos al estilo sevillano» para sustituir a las anteriores capuchas de sus hábitos negros, o también el estreno en 1912 de las llamativas túnicas de terciopelo negro de la Soledad, con larga cola, también, según señala el pregonero, de inspiración sevillana.

Y esboza también las diferentes procesiones de la época, muchas menos que en la actualidad, pero de mayor carga espiritual, aunque también poblada por momentos poco decorosos, como el espectáculo que ofrecían los costaleros contratados por los nazarenos entre las clases más populares, que no cesaban de recurrir a la bota de vino para reponer fuerzas. La imagen de los beodos costaleros resultaba tan poco edificante que a partir de 1921 los pasos nazarenos pasaron a desfilar en carrozas tiradas por caballos.

Contrastaba también con la actualidad los diferentes recorridos a los actuales, con altos delante del palacio del obispado o cruces por la plaza de Cervantes, hoy desaparecidos. Con participaciones muy activas de los seminaristas, que cargaban algunas de las imágenes y con largas comitivas de penitentes, siempre descalzos, por calles de una Palencia de piedra y lodo. Y sorprende sobremanera la imagen de un Domingo de Ramos sin procesión de la borriquilla, por el deteriorado estado del paso, que no fue restaurado hasta 1928, pero que se completaba con la jura de bandera de los reclutas del Regimiento de Talavera.

Momentos perdidos

Llama también la atención de aquella Semana Santa de principios del siglo XX, la intensa actividad del obispo de turno, que se sumaba desde su palacio a algunos de los desfiles procesionales o que visitaba bajo palio a los enfermos del Hospital de San Bernabé, a las 6 de la mañana del Jueves Santo, acompañado del alcalde, algunos concejales, el presidente de la Diputación , el gobernador civil, las autoridades militares y la Banda de Música, al ritmo de la Marcha Real.

García Torrellas cierra su pregón con unas breves reflexiones sobre la Semana Santa de su infancia, muy posterior a la de su relato, con el recuerdo de su padre vistiendo la túnica de la Misericordia en el Vía Crucis del Miércoles Santo.

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