El merengue más segoviano

Miembros de la Asociación Dominicana de Segovia, con la bandera de su país. /A. Tanarro
Miembros de la Asociación Dominicana de Segovia, con la bandera de su país. / A. Tanarro

La Asociación Dominicana de Segovia repasa su labor divulgativa mientras celebra su integración en la sociedad local

LUIS JAVIER GONZÁLEZSegovia

República Dominica es el país del ritmo. Milagros Rodríguez no se anda por las ramas. «¡Que los dominicanos somos muy fiesteros! La gente pone música en todo lugar; en la casa, en la terraza, en el baño, en la playa… no se hace nada sin ella». No hay que ir muy lejos para percibirlo, pues la recepción en el aeropuerto está ya bendecida por el merengue, una de sus impagables aportaciones culturales. «¡En los barquitos de la playa también se va con el perico ripiao!». La Asociación Dominicana en Segovia divulga las costumbres de una de las comunidades emigrantes más numerosas y felices de la provincia y representa a unas 600 personas que llevan el ritmo en la sangre.

La sede de esta modesta asociación es la casa de su presidenta, en la plaza de la Universidad, un lugar con el ritmo propicio para acoger al colectivo dominicano. El grupo habla de una zona más cotizada, con más demanda para sentarse en cualquier terraza o alquilar un piso. También de la creciente actividad por la efervescencia de los estudiantes cerca de José Zorrilla, la calle por la que, aseguran, siempre hay un dominicano paseando. El domicilio es su punto de reunión de una asociación que ya ha iniciado los trámites para solicitar un local propio. Su grupo, numeroso, da información sobre empleo, formación, cambios normativos y oportunidades culturales. Milagros, de 56 años, llegó a Segovia hace 15 para reunirse con sus padres, hermanos y sobrinos. Trabajaba en República Dominicana como maestra en la escuela pública, en el liceo –equivalente al instituto español– y en el nivel básico. Esa mezcla era habitual porque la docencia estaba más desestructurada, aunque las condiciones de los maestros han mejorado desde entonces y los puestos ahora se designan por oposición. En su etapa española solamente ha trabajado como empleada de hogar, una contrapartida que aceptó en pos del reencuentro familiar. «Hay que adaptarse a la situación y llevábamos muchos años separados».

La República Dominicana pone en valor su mezcla cultural desde los taínos, el grupo étnico principal de la isla antes de la conquista española en el siglo XVI. La interpretación de la historia es siempre polémica. «Cuando uno está en la escuela y le explican lo que realmente pasó, tienes cierta rabia porque los taínos fueron exterminados», subraya la cocinera Trinidad Marion, que recuerda el conflictivo monumento a Cristóbal Colón erigido en Santo Domingo, la capital, con motivo del quinto centenario. El grupo admite su herencia española y el intercambio cultural y económico que se abrió; también el desembarco del catolicismo o del castellano. «Ese odio no lo hay, cuando hablamos de España siempre la llamamos la madre patria».

A la mezcolanza se añaden los esclavos africanos y otras culturas europeas como la francesa o la anglosajona. Después, la influencia del gran vecino estadounidense, con las consecuencias lingüísticas inevitables. «En mi casa hablamos inglés, aunque no es un inglés muy fino», apunta Isabel Banks, natural de la península de Samaná. Es una variable con mucha influencia del español y que elimina partículas auxiliares. Por ejemplo, no dicen What are you doing? (¿Qué estás haciendo?) sino algo así como What you doing? «Nosotros no somos de allí, nos trajeron de diferentes sitios», subraya esta risueña jubilada que ha pululado por Madrid, Córdoba o Sevilla antes de asentarse en Segovia.

Pura Martínez, cuidadora que trabajaba como funcionaria en el país caribeño, resume en una frase la inmigración. «Uno siempre sale de su país por una mejoría». Asistente a domicilio –en su país era funcionaria– ignoraba su destino: un conocido debía recogerla en Madrid. «Me gustó que Segovia fuera una ciudad tan tranquila, lejos del bullicio». Para todas ellas supuso un contraste climático pasar de un país templado sin apenas cambios de estación a un frío desconocido. «Lo de la ropa de frío todavía me cuesta. Me molesta, me siento cohibida, ahogada, torpe…», añade Milagros.

Mucho antes, Iluminada Francisco fue una de las primeras dominicanas en Segovia, a principios de los noventa. Ella, que se define como una nómada entre la ciudad y Madrid, tiene muy clara su primera imagen. Y no fue el Acueducto. «Las cigüeñas en los tejados de las iglesias, siempre en el mismo sitio». Entonces habría una decena de dominicanos. Trinidad recuerda sus primeros días, fregando la entrada de los portales y el paso del camión de la limpieza con su lema de 'Segovia, limpia y guapa'.

Con estos mimbres, la asociación surgió en 2007 bajo el paraguas de la Obra Social de Caja Segovia. Recuerdan la etiqueta amable de «nuevos segovianos» para los extranjeros y el festival anual en el que participaban países como Ecuador, Perú, Polonia o Marruecos. «Nosotros, como dominicanos, también queríamos estar». Era un festival para compartir la cultura a través de la gastronomía, la música o los elementos de artesanía. Entonces, calculan que habría en la ciudad una treintena de dominicanos. «El objetivo era reagruparnos aquí, buscar nuestra integración con los segovianos».

España y República Dominicana comparten elementos gastronómicos pero los elaboran de forma diferente. La oferta gastronómica del país caribeño es reflejo de su diversidad. Están los quipes, unas pequeñas bolas de trigo rellenas de carne importados por inmigrantes libaneses que se asentaron en el sur de la isla en el siglo XIX. La famosa bandera dominicana, que aúna arroz blanco, alubias rojas, carne guisada o ensalada; alimentos que dibujan su rojo, blanco y azul. Y el sancocho, una sopa integrada por carnes, verduras, plátano o condimentos variados.

Su orgullo musical es una muestra emocional. Pura, que preside el colectivo, destaca la importancia del ritmo, las letras –ya sean de amor o desprecio– y el gusto por bailar apretados. La mezcla cultural, desde los ritmos africanos a la influencia española, se traduce en una macedonia con dos legados mundiales: el merengue y la bachata. También otros de origen africano como el palo, una danza del vientre muy extendida. Su muestrario incluye los instrumentos musicales para el merengue: güira (un instrumento de percusión que suena al ser rasgado), tambora, acordeón o las maracas. «El merengue es el alma de la República Dominicana. Es alegre, muy movido y es un conjunto de ritmos, igual que nosotros somos un conjunto de culturas. Cuando estás triste, te anima», repasan entre todas.

La asociación congrega a un centenar de dominicanos, un colectivo que se ha expandido feliz por la provincia (Cuéllar, Nava de la Asunción, El Espinar o San Rafael son buenos ejemplos), que, además, ha permanecido en mayor proporción pese al envite de la crisis frente a otros colectivos. «Nos hemos adaptado a la situación», esgrimen. Además de los enlaces matrimoniales, presumen de ser un pueblo que ha prosperado económicamente. «Hay muchos dominicanos que ya tienen sus empresas aquí».

Otro de los pilares de la asociación es inculcar la cultura nacional a los niños que han nacido en España y, en algunos casos, no han conocido siquiera el país de sus padres. Por ejemplo, que el deporte nacional es el béisbol, por mucho que el fútbol despunte. Que los niños juegan en los patios y todo hogar está avisado de que puede llover una pelota por sus cristales. Que las grandes ligas estadounidenses reclutan allí a muchas de sus estrellas. Ellas la definen como la Brasil o Argentina del béisbol, aunque sus jugadores deban emigrar. Como en el fútbol, es la escuela de la calle la que curte a los pequeños, aunque cada vez hay más 'plays', campos organizados. «Igual que aquí, quieres que tu hijo juegue en el Madrid, yo tengo un sobrino que ya me estaba frotando las manos con él. Pero no se me concentró en la escuela. Y siempre le digo, 'por ti soy pobre'», sonríe Trinidad.

El grupo participa en intercambios culturales con otras nacionalidades –principalmente Polonia, Bulgaria, Ecuador o Senegal– y comparte esos bailes o gastronomía. Estos intercambios se realizan en una sala del centro cultural de San José. Cada país gestiona una mesa y prepara sus comidas o presentaciones. El colectivo ha participado en el día de la Hispanidad con el traje típico dominicano y su música. La asociación funciona con un grupo de 115 personas a través de plataformas como WhastApp.

El grupo celebra las fechas memorables de su cultura como el 27 de febrero, el día que en República Dominicana se independizó de Haití. «La muestra de que nos hemos adaptado es que seguimos aquí», repasa Milagros. Su colectivo se siente sinceramente bien acogido. «¡Somos gallos, eh!», anuncia Trinidad. «¡Como nos discriminen, nos defendemos!» Y suelta la carcajada de un país que exporta su felicidad.