El suéter de la suerte

Ni bonito ni feo sino todo lo contrario, pero, insisto, llamaba la atención

El suéter de la suerte
Gabriel Villamil
César Pérez Gellida
CÉSAR PÉREZ GELLIDAValladolid

Los habituales a La Cantina del Calvo saben que no estamos abonados a ningún canal de pago, por lo que, cuando hay fútbol, debemos buscarnos la vida en otras tabernas que sí pueden permitirse la inversión. Yo tengo la inmensa fortuna de ver los partidos de casa en Zorrilla casi siempre, pero, aciago destino, el domingo pasado, justo cuando el Real Valladolid se jugaba la vida, tocó el casi en vez del siempre. Nos visitaba el Athletic, uno de los grandes y que más en forma está terminando el campeonato. Por su parte, llegaba el Pucela muy necesitado de sumar puntos de tres en tres con la ansiedad añadida de saber que uno de sus rivales directos, el Girona, había caído en Getafe y el equipo abandonaría los puestos de descenso si se imponía a los leones. Con todos esos ingredientes, aposté por acercarme al Barco superando el hecho de ser la sede oficial del VRAC, sabiendo que suele ser un lugar con ambiente propicio para disfrutar de este tipo de partidos y donde soy bien recibido a pesar de ser un chamizo confeso.

No me equivoqué.

No éramos más de una docena, pero qué docena. Todos en sintonía, como si fuéramos parte de la plantilla blanquivioleta, hidratándonos convenientemente para para afrontar un choque que, aventurábamos todos, nos iba ha hacer sudar por encima de nuestras posibilidades. De entre todos los parroquianos destacaba uno de los dos socios que regentan el negocio: Luis, al que todos conocemos como 'Pequeñín' por sus nada diminutas proporciones. Las primeras injurias salieron de su boca ni bien apareció el colegiado en pantalla, improperios que iban más dirigidos contra el colectivo arbitral –VAR incluido, como no podía ser de otra forma– que contra su persona, atendiendo al maltrato que el club ha sufrido en las revisiones y no revisiones durante la temporada. Enseguida nos contagiamos de su entusiasmo y liderazgo hasta que ocurrió algo excepcional. Alguien, nunca supe quién, alzo la voz para hacer un comentario jocoso sobre el atuendo de Sergio González, más en concreto sobre el jersey que lucía.

-Es el típico suéter que uno solo se pone para que le traiga suerte –gritó esa voz.

Risas generalizadas.

Yo me abstengo de entrar en discusiones relacionadas con el mundo de la moda, pero es cierto que resultaba algo extraño ver a nuestro entrenador –con marcada tendencia a vestir camisas– llevando esa prenda. Diría que era de lana, blanco en el tercio superior y con un degradado azul que iba del claro al oscuro de forma descendente. Ni bonito ni feo sino todo lo contrario, pero, insisto, llamaba la atención.

Sin tiempo para más observaciones, nos zambullimos en el devenir del partido, contagiados por el empuje de un Real Valladolid volcado sobre la portería rival, dominando claramente el juego y las ocasiones de gol hasta que llegó el zapatazo de Waldo desde fuera del área y todos lo celebramos como si hubiéramos ganado la Champions. Sin embargo, instantes después, la cautela se apropió de los presentes y no creo equivocarme al asegurar que no había un alma que no augurara cualquier fatalidad que nos terminara borrando la sonrisa de la cara. Ocasiones hubo, sobre todo en la segunda parte, pero finalmente la Diosa Fortuna estuvo por una vez del lado de los vallisoletanos y terminamos festejando la victoria, sufriendo, eso sí, hasta que el árbitro hizo sonar su silbato para indicar el final. Entonces me acordé del anónimo comentario y me pregunté si, quién sabe, esa dosis de buenaventura se debía al suéter de la suerte de Sergio González. Ante la duda, sería muy conveniente que nuestro entrenador lo luciera las dos jornadas que nos quedan por disputar, porque Valladolid merece un equipo en primera, y si tiene que ser a costa de no cambiarse de ropa el próximo sábado en Vallecas y el último domingo en Zorrilla, que así sea. Por favor.

Gracias, Sergio.