Una máxima de Valle-Inclán

«El precepto cristiano de amar a los demás como a uno mismo es aceptable como metáfora, no como realidad. Llevarlo a cabo, además de imposible, es un acto de injusticia consigo mismo»

Ramón María del Valle Inclán./Efe
Ramón María del Valle Inclán. / Efe
Fernando Colina
FERNANDO COLINAValladolid

Hay personas que, en vez conducirse por preceptos o normas, se guían por máximas. Igual que algunos encuentran en el refranero la solución vital de sus dudas, los hay que solo aceptan el consejo de una frase prefabricada.

Uno de ellos fue Valle-Inclán, genio inconfundible de la palabra, que hacía girar su conducta en torno a una frase sucinta y tersa. Su máxima de vida llama la atención por su claridad y su atractivo inmediato, aunque, en cuanto fijas un poco la mirada, la idea rápidamente se complica y empantana. Seduce de inmediato por su rotundidad, pero luego pierde presteza y elegancia. Dice así: «Despreciar a los demás y no amarse a sí mismo».

Si por algo nos atrae esta máxima de Valle es porque nos propone una armonía difícil de alcanzar. Busca una solución intermedia entre superioridad y humildad. De la proporción de estos dos factores no nace la felicidad, pero sí algo relativo a la seguridad y el equilibrio. La concordia que nos propone compagina a su modo la sencillez personal con la desconfianza. Pretende bajar el listón tanto para uno mismo como para los otros. Ni yo me merezco una estima excesiva, pues ni me amo ni me gusto, ni en los demás observo nada elevado que me atraiga.

El problema, como sucede siempre en estos asuntos, es ser coherente con lo que se predica. En esta ocasión, pedimos que el autor ajuste su conducta a la máxima con que dice dirigirse. No sabemos si Valle lo hizo. Es difícil conocer las motivaciones hondas de un artista. Máxime si es escritor y de genio, pues el escritor no necesita mentir para disfrazarse. Le basta con el traje de palabras que cada día cose en torno de sí mismo. Si juzgamos por una de sus frases más celebradas, «las cosas no son como son, sino como las recordamos», no queda más remedio que fiarnos ciegamente de su memoria si queremos enterarnos de su verdad.

Esta astucia de Valle para ocultarse y defenderse de los demás, sin caer en la jactancia, me recuerda la de otro escritor hispano mucho más malicioso, barroco y decadente: Baltasar Gracián. A este le debemos una joya predicativa y conceptual que le sirve también de máxima. Dice así: «Que te conozcan todos, pero que ninguno te abarque». La fórmula encierra una solución mucho más jesuítica para garantizar el trato social y, por lo tanto, mucho más próxima a mi sensibilidad. Estoy entre los que prefieren darse a conocer antes que despreciar, igual que prefiero quererme a mí mismo con la condición de frenar la avidez de los curiosos.

El precepto cristiano de amar a los demás como a uno mismo es aceptable como metáfora, no como realidad. Llevarlo a cabo, además de imposible, es un acto de injusticia consigo mismo. Las dos máximas citadas son, desde este punto de vista, dos reacciones ante la amenaza. Una hace del desprecio una barricada, y la otra se dota de un núcleo infranqueable que nadie puede traspasar.