Manual de la fragmentación

El sábado de reflexión, un conocido me abordó en la calle por este asunto. Quería saber qué tenía que hacer para no fragmentar su voto

Urnas electorales durante el 28-A. /Efe
Urnas electorales durante el 28-A. / Efe
Ángel Ortiz
ÁNGEL ORTIZ

EL Partido Popular ha estado toda la campaña de las elecciones generales dándole vueltas a la cacareada fragmentación del voto. Y sigue. Casado se refería a ello este mismo martes: «Analizamos en qué nos hemos equivocado, qué debemos mejorar y qué consecuencias tiene la fragmentación del voto para el futuro de España». El diputado Rafael Hernando lo hacía así un día antes: «La fragmentación del voto en el Senado le da mayoría absoluta al PSOE. Casi seis millones de papeletas con votos a Cs y Vox tirados a la papelera. Y los independentistas celebrándolo. ¡El centro derecha inútil!».

Desde un plano meramente práctico, creo que si el PP sigue insistiendo en ello, se equivocará. Por cinco razones, a saber. Una: cada minuto que gasta hablando de la fragmentación del voto es tiempo que no invierte en comunicar su proyecto político ni en ilusionar a su electorado. No puede ser que a veces parezca que es más importante para los españoles la fragmentación del voto que el paro, las pensiones, los impuestos, el medioambiente o los desafíos territoriales. Dos: casi nadie entiende de verdad qué es eso de la fragmentación del voto. Menos aún, que tal cosa signifique que millones de votos acaban en la basura. Es falso –por un lado– porque cada voto cumple su papel en democracia. Por otro, porque siempre hay votos que no acaban asignados a escaños, o sea, según la lógica del portavoz popular, desperdiciados. Al final se consigue que muchas personas se acaben preguntando por nuestro sistema electoral, por el sistema D'Hont, por los restos, por los divisores... El sábado de reflexión, un conocido me abordó en la calle por este asunto. Quería saber qué tenía que hacer para no fragmentar su voto. O para que su voto no fragmentara algo. No lo tenía muy claro. Le preocupaba especialmente la lista del Senado, en donde hay que señalar a candidatos, hasta tres, no necesariamente del mismo partido. No hubo manera de que me hiciese caso y dejara de ocuparse de esas cuestiones. No conseguí que se quedara tranquilo del todo votando –o no– como siempre había hecho por la lista o los políticos que prefiriese. Eso sí, dedicamos un rato a discutir sobre matemáticas… Ridículo. Tres: cada vez que un político pide al electorado que no fragmente su voto, lo que hace es pedirle un imposible. Está claro que nadie puede partir su papeleta en trocitos, pues lo que consigue no es un voto fragmentado, sino nulo. Ni puede dar medio voto a un partido y medio a otro. Como tampoco se puede usar un sufragio para restar y que un partido lo pierda, en negativo. Es por tanto un contrasentido pedirle a alguien que no haga algo que nunca podría hacer, aunque quisiera. Mayor si cabe cuando se reclama en beneficio de un concepto tan genérico y abstracto como «el centro derecha». Una persona vota a líderes, unas siglas, pero no corrientes políticas ni ideologías sociales. Vamos a ver, ¿no se ponen de acuerdo los políticos, que se dividen en varias candidaturas de centro derecha, y somos los ciudadanos los que debemos unirlos y coordinarnos, con votos secretos para más inri, para salvar las opciones de gobierno de, en este caso, ese mismo centro derecha? ¿Incluso votando a un partido que no querríamos votar? Cuatro: previenen de la fragmentación del voto los partidos que pierden votos. No hay más. ¿Esto no lo saben en Génova? Como consecuencia de esta evidencia, un político que alerta constantemente sobre ese supuesto desastre solo consigue hundirse aún más y más en el pernicioso círculo de un mal ciclo electoral o una mala estrategia de campaña. Cuanto más alerta, más señal de debilidad, más votantes que huyen y más fragmentación… Y cinco: puede que los que entienden el asunto, pero desde la perspectiva del voto útil, decidan apostar por caballo ganador y que ese no seas tú.

El martes conversé un rato con un fiel votante del PP en un acto en Madrid de la candidata a la Alcaldía de Valladolid, Pilar del Olmo. Me confesó su tristeza por los pésimos resultados del domingo. Lamentó la fragmentación del voto –faltaría más–, pero poco después me dijo que cara a las autonómicas dudaba si no cambiarse a Ciudadanos, a la vista de que los de Rivera habían pasado de 1 a 8 escaños en Castilla y León. ¡Atiza! En política hay que tener cuidado con los efectos bumerán y el del problema de la puñetera fragmentación podría ser un magnífico ejemplo. En resumen. Un partido que, por cierto, en diciembre pasado no puso objeción alguna a la fragmentación del voto de centro derecha en Andalucía, se escurre las meninges para mostrarse atractivo ante el electorado y seducirle de sus bondades; pero en lugar de aplicarse con mensajes claros, esperanzadores, propios, una lluvia fina que identifique su identidad y valores, que los tiene, se aferra a un argumento complejo, impracticable y sintomático de sus debilidades que, reversible como un calcetín, acusa al votante como culpable y necio por no saber votar y, paradoja, acaba volviéndose en su contra.