Clasificaciones sospechosas

«Cuando queremos violentar a alguien o maniatarle en alguna cárcel de papel, indefectiblemente le clasificamos o, lo que es peor, le ponemos un mote, que es la forma más baja y ruin de ordenación»

Clasificaciones sospechosas
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Fernando Colina
FERNANDO COLINAValladolid

Sostuvo Aristóteles que para conocer había que clasificar, y no hay razón suficiente para dudar de su veredicto. Pero todas las clasificaciones son sospechosas. Guardan una discriminación entre los pliegues de su ropa que de cuando en cuando asoma. Toda clasificación traza una línea de marginación y deshonra, de diferencia que expulsa o rechaza a quien cae en sus listados. En esa frontera que separa las casillas de un fichero, residen los inconvenientes de la inteligencia, que también los tiene. No es gratuito poner a unos dentro y a otros fuera de donde sea.

Sin embargo, hay clasificaciones que son enteramente morbosas. Y no me refiero con esto a la empanada mental de los diagnósticos psiquiátricos, aunque podría hacerlo, sino a una clasificación que leo en un curso de Foucault sobre 'los anormales', que me parece en sí misma asombrosa. Comenta el autor un manual de confesión de la primera mitad del siglo XVII, redactado por Thomas Tamburini, teólogo siciliano de inflexible dogmática, donde se ordenaban y clasificaban las faltas que el creyente debía contar en buena confesión y las preguntas que el confesor podía formular sin excederse en su curiosidad y contravenir el pudor. Hacía referencia al pecado de sodomía, y aclaraba que, si se trataba de dos hombres que buscaban el placer por esa ruta nefanda, había que preguntar ante todo si lo lograban mezclando los cuerpos y agitándolos, pues en ese caso se trataba de 'sodomía perfecta'. En el caso de dos mujeres, se debía interrogar sobre si la conjunción se debía a la simple necesidad de descargar la libido, pues entonces el pecado no era muy grave y se llamaba 'molicie', o si la reunión se debía a la atracción por el mismo sexo, pues entonces era más grave, pero se trataba aún de 'sodomía imperfecta'. Por último, en el caso de sodomía entre hombre y mujer, la cuestión a dirimir era si se debía a deseo por el sexo femenino, lo que le convertía en simple 'copulación fornicadora', o si se debía al gusto particular por las partes posteriores, pues entonces era también 'sodomía imperfecta'.

Supongo que queda claro. En casos como este, la imaginación no ofrece dudas. El esfuerzo del eclesiástico merece nuestro aplauso y nuestro recuerdo, aunque el interés despierte la risa, indigne por su control y su desmembrada casuística o cause sufrimiento a la razón con sus distingos.

Todas las clasificaciones tienen algo de Tamburini. Las necesitamos para entendernos, pero deberíamos acompañarlas siempre de un esfuerzo simultáneo para debilitarlas. Nos alienan y, lo que es peor, alienan al otro, a los demás y a todas las víctimas potenciales de nuestra catalogación. Cuando queremos violentar a alguien o maniatarle en alguna cárcel de papel, indefectiblemente le clasificamos o, lo que es peor, le ponemos un mote, que es la forma más baja y ruin de ordenación.

El hombre solo es libre cuando es inclasificable.