La calidad de los días

«Lo ideal sería perfeccionar el cálculo de nuestra calidad de vida incorporando indicadores que aún no ponderan en las estadísticas»

La calidad de los días
José Ibarrola
Juan Domingo Fernández
JUAN DOMINGO FERNÁNDEZValladolid

A la hora en que camino, sorteando obstáculos, el sol ilumina la acera derecha del paseo de las Acacias, en obras desde hace meses. Ando con precaución y procuro no salirme del itinerario señalizado. Sin embargo, tropiezo de repente y durante unos segundos, en pleno trastabilleo, vuelvo la cabeza para descubrir dónde se me ha enganchado el zapato. Un resalte del pavimento tiene la culpa. Medio recuperado del traspié, aún con esa sensación de ridículo que se le queda a quien arriesga su verticalidad con tan poca compostura, observo que avanza hacia mí un viejo amigo, testigo fortuito del ejercicio de evolución tierra-aire-tierra: «Tropezar y no caer, ganar terreno es», recita sonriendo mientras me sujeta por el brazo, no sé si con ingenio cómplice o convencido de que aún no había recuperado totalmente el equilibrio tras el tropezón.

Entro en un bar cercano para tomar café. Observo que en la barra, junto a varios clientes, hay un ejemplar del principal diario de la comunidad. Extiendo el brazo y pregunto al que tengo más cerca:

—«¿El periódico es de la casa?».

—«Sí, claro», asiente, alargándome el ejemplar. «Y si fuera mío, era suyo», apostilla con una sonrisa.

Apuro el café y pienso en esos intangibles que nos hacen la existencia más grata: la cordialidad, la educación, los gestos afectuosos, el sentido del humor… Tengo la impresión de vivir un día de suerte. Crece en mí el optimismo y el buen rollo. Supongo que el episodio del traspié o el de la gentileza –también bienhumorada– de un desconocido en la barra del bar, me lleva a asociar ideas sobre ciertos valores que no calculan las estadísticas o, si los registran, tal vez no reparemos demasiado en ellos.

Por ejemplo, para medir la calidad de vida de nuestra sociedad, el Instituto Nacional de Estadística maneja una serie de indicadores tales como el trabajo, la salud, la educación, el ocio y hasta el hecho (subjetivo) de si nos hemos sentido felices o con emociones positivas durante las últimas cuatro semanas. Con todas esas variables, con ese conjunto de pinceladas, el INE perfila la imagen 'constatable' de algo que ya no es pura estadística, simple abstracción; aunque el retrato, formado a partir de letras y cifras, quizás se asemeje más a un holograma vaporoso que a un cuadro de Antonio López. Quiero decir que acaso se trate de una aproximación más emparentada con el texto publicitario de cualquier solapa de un libro que con el dictamen de un crítico riguroso.

Yo creo que lo ideal sería perfeccionar el cálculo de nuestra calidad de vida incorporando indicadores que aún no ponderan en las estadísticas. Por ejemplo: la duración de las obras públicas, cuya finalización casi nunca se corresponde con la fecha prometida; el porcentaje de promesas electorales que termina cumpliéndose; el tiempo preciso para resolver las cuestiones que nos interesan a todos; la vigencia real de los pactos políticos, o el precio exacto de los famosos «¡y también dos huevos duros!». Puestos a especificar: hasta la pasta que pagará el Real Madrid por Hazard, o lo que nos está costando, en realidad, el proceloso 'procés'.