Una sangrienta 'primavera árabe' iraquí

Manifestantee iraquíes llevan a un hombre herido durante un enfrentamiento con las fuerzas antidisturbios./EFE
Manifestantee iraquíes llevan a un hombre herido durante un enfrentamiento con las fuerzas antidisturbios. / EFE

Casi 100 muertos y más de 3.000 heridos tras cinco días de protestas en Bagdad y el sur del país contra la corrupción y el paro

MIKEL AYESTARANJerusalén

El enemigo ya no una secta. Ni el grupo yihadista Estado Islámico (EI) o las fuerzas estadounidenses. Las calles de Irak claman contra la corrupción y el desempleo, dos males que fortalecidos con el paso de los años en el sistema levantado tras la caída del régimen de Sadam Husein. Y la única respuesta del Gobierno es la represión. Al menos 93 personas han perdido la vida, según la comisión gubernamental de derechos humanos del Parlamento, y hay más de 3.000 heridos en las movilizaciones que empezaron el martes en Bagdad y que pronto se extendieron a ciudades del sur como Amara, Diwaniya, Nasiriya o Hilla. Tras 48 horas de toque de queda, las autoridades lo levantaron ayer para tratar de recuperar la normalidad, pero las protestas no cesaron. Se restringió Internet y las unidades antiterroristas de élite están desplegadas por Bagdad con luz verde para abrir fuego contra unos manifestantes que protestan sin responder a órdenes de partidos o sectas y que piden a gritos «la caída del régimen», el famoso eslogan de la 'primavera árabe' que recorrió Siria, Yemen, Egipto, Túnez o Libia en 2011.

«No me gusta la expresión 'primavera árabe', ni establecer comparaciones, pero se podría considerar como tal ya que estamos ante un movimiento que surgió de forma espontánea por parte de jóvenes independientes, no afiliados a partidos. Jóvenes frustrados», piensa el abogado iraquí Hayder Al Shakeri. El primer ministro Adel Abdel Mahdi se enfrenta a su primera gran crisis desde que llegara al poder y el jueves por la noche dirigió a la nación un mensaje televisado en el que aseguró que «las demandas de la calle son un prioridad», pero fue sincero a la hora de admitir que «no podemos hacer milagros». Abdel Mahdi, un economista de 77 años que entre 2005 y 2011 fue vicepresidente del país, ha tenido un año para aplicar reformas para combatir una corrupción endémica, pero no lo ha hecho y la insatisfacción le ha explotado en las manos.

El ayatolá Sistani, máxima autoridad religiosa chií, se sumó el viernes a las críticas a un Gobierno que «debe mejorar los servicios públicos, suministrar empleos a los que no lo tienen, evitar el clientelismo en el sector público y terminar con la corrupción» y denunció los «ataques inaceptables contra manifestantes pacíficos y también contra policías». El religioso pidió la formación de «un comité de tecnócratas independientes» que puedan atender con rapidez las exigencias de la calle, pero los dirigentes políticos no han sido capaces ni de ponerse de acuerdo para una sesión de emergencia en el parlamento. Abdel Mahdi se queda solo y el clérigo chií Moqtada Al Sadr pidió su dimisión «para evitar nuevos derramamientos de sangre». El partido de Al Sadr forma parte del mismo Gobierno que quiere descabezar.

«Hasta 2003 la corrupción de Estados se concentraba en manos de la élite privilegiada del partido Baaz, pero desde entonces el sistema coercitivo de corrupción centraliza se ha reemplazado por una forma más amplia de corrupción que en árabe llamamos muhassasa y que se basa en partidos y sectas. Irónicamente, la corrupción se ha democratizado», explica Sarwar Abdullah, académico de la Universidad de Suleymania, en un artículo sobre la lucha contra la corrupción que recoge 'The Washington Institute For Near East Policy'. En este tiempo tampoco ha sido capaz de generar un plan que abra una puerta a la esperanza a los jóvenes parados y la tasa de desempleo juvenil supera el 25 por ciento.

La chispa de la protesta

Irak no vivió un proceso como el de la 'primavera árabe' de 2011, pero son habituales las protestas y en mayo de 2016 un grupo de manifestantes llegó incluso a asaltar el parlamento, situado en la Zona Verde, en señal de protesta por los mismos motivos que ahora les llevan a las barricadas. En este caso, la chispa que encendió el enfado popular fue la destitución del general Abdul Wahab Al Saadi, considerado uno de los hombres clave en la derrota del grupo yihadista Estado Islámico (EI), que fue relevado de su cargo al frente de las unidades antiterroristas de manera sorpresiva.

Al Saadi es chií, pero no está alineado con ninguno de los grandes partidos de esta secta y su destitución fue interpretada como una medida ordenada por Irán, que le vería como un oficial cercano a Estados Unidos. «Esta destitución fue la chispa que prendió un enfado que crece día a día. Los jóvenes son los protagonistas, jóvenes que quieren trabajar. De momento es absolutamente no sectario, pero desde luego que hay países que intentarán usar las movilizaciones en su propio interés», adelanta el analista del canal kurdo Rudaw, Lawk Ghafuri.

Desde la invasión estadounidense de 2003 el poder de Bagdad vive en equilibrio entre Washington y Teherán. La puesta en marcha de un sistema de voto democrático, llevó al poder a los partidos religiosos chiíes, secta mayoritaria en el país. Irán es la gran potencia regional chií, es el país que protegió a muchos de los actuales líderes durante la etapa de Sadam, y ha logrado una enorme influencia política, pero también militar. Teherán apoya a los grupos paramilitares que tiene cada partido, que en su momento se convirtieron en la columna vertebral de las fuerzas de seguridad nacionales tras la decisión de Estados Unidos de acabar con el Ejército y el Baaz, y en los últimos años esta cooperación se ha reforzado gracias a las Fuerzas de Movilización Popular, las milicias chiíes que se formaron para combatir al EI.