Jimena Parra: «Me moriré sin saber pasar, siempre veo hueco»

Jimena Parra lanza el balón oval en un parque de Segovia. /Antonio Tanarro
Jimena Parra lanza el balón oval en un parque de Segovia. / Antonio Tanarro

La segoviana, campeona de liga e internacional con España, se retira a los 28 años tras una corta pero intensa carrera

LUIS JAVIER GONZÁLEZSegovia

Jimena Parra deja el rugby de alto nivel a los 28 años como una pionera minimalista. Dos veces campeona de liga con el Olímpico de Pozuelo e internacional con España, no tiene ni el tiempo ni el físico para competir en un deporte con condiciones de voluntariado. Y lo deja con la misma humildad, siempre en segundo plano. «Yo estaba apuntada para pasármelo bien. Cuando ya es un poco obligación, un compromiso, no me renta. Me gusta, porque juegas contra gente buena. Nuestro club es una familia, pero al final siempre hay rollos, cambios de entrenadores y la gente no suele ser autocrítica. Igual dentro de dos años me apunto si me pica el gusanillo, pero para pasármelo bien».

Jimena no había hecho deportes de equipo. «Trabajaba los fines de semana de camarera y no me daba la vida. Cuando lo dejé, quería algún deporte de contacto para descargar». Opciones como el boxeo quedaron descartadas. «Mi padre me decía que si quería dos hostias ya me las daba él», sonríe. Así que a los 24 años subió un día a entrenar con las Lobas; esa misma semana ya jugó un torneo. En un deporte complejo, entró sin los vicios de otras disciplinas. «Si haces fútbol o baloncesto sueles estar delante del balón, y lo más difícil del rugby es mantenerte atrás».

Empezó jugando sin una posición definida. «Lo único que me dijeron es que corriera con el balón y placara. Iba como un pollo sin cabeza por el campo». Ya entonces identificó su punto débil: el pase. «Me moriré sin saber pasar, nunca veo el momento. Siempre veo hueco para mí».

Tras primera temporada con las Lobas (2014-15), sus entrenadores le dijeron que si quería mejorar debía salir. Fue al Olímpico de Pozuelo y su ascenso fue muy rápido. El primer año estuvo media temporada en el filial y subió al primer equipo, en División de Honor, la máxima categoría. Como en la cúspide del rugby femenino no hay sueldos, Jimena gestionaba sus ahorros veraniegos como monitora de ocio. Hasta que se afincó en Madrid, iba tres días a la semana a entrenar y llegaba de madrugada. ¿Fue una sorpresa verse en División de Honor? «No. A veces salía del partido con la sensación de no haber hecho nada. Como la gente hacía su trabajo, no me tocaba pegarme mil carreras».

Una vez en Madrid, se convirtió en una asidua del gimnasio y al rugby universitario. «Me puse fuerte rápido». La segoviana ha pasado por muchas posiciones hasta que encontró su hueco como 'flanker', en la tercera línea, el nexo entre el trabajo esforzado de los delanteros y la vertiginosa trasera. «Dicen que soy muy agresiva, placo bien y la paso poco. Es la posición que más me gusta, juegas de todo». Por eso muchos capitanes son terceras líneas. Tras cuatro años en el club madrileño, es autocrítica para evaluar que este año ha sido «fatal». Aun así, aprecia el camino recorrido. «No paras de aprender, al principio todas las jugadores que hay son mejores que tú. Sobre todo, mucha picardía. Eso te ayuda mucho a jugar y saber colocarte para cansarte menos, es un deporte explosivo y no puedes estar a la carrera todo el día».

Jimena ha sido testigo del auge del rugby femenino. En su primer año, el Olímpico estrenaba filial; cuatro años después, todos los clubes tienen el suyo y algunos hasta un tercer equipo. La imagen ganadora del club, campeón liguero en 2017 y 2018 campaña, completa el auge de licencias entre las jóvenes. El primer año que ganó la liga, contrataron un bus para llevar al segundo equipo al campo y compraron un bombo. «Fue muy guay, eso ponía los pelillos de punta».

Ello se tradujo en la llamada para la selección española. No pudo ir a todas las concentraciones porque el trabajo no siempre lo permite; las grandes espadas de la selección tienen el mismo contexto precario pero disfrutan de más flexibilidad. «Muchas están ubicadas por la selección es puestos más compatibles. Las más pringadas, no. Yo trabajo cuando el resto tiene vacaciones y no tengo carrera. Ahora están entrando muchas jóvenes que están estudiando y pueden estar ahí 24 horas, yo contra eso no puedo competir». Fue convocada al Europeo del año pasado apenas dos semanas antes.

España ha ganado el mal llamado Europeo en los últimos cuatro años pero no puede jugar en el Seis Naciones, una competición privada de la que fue expulsada porque los organizadores decidieron que debían ir las mismas selecciones en hombres y mujeres. España, que vence habitualmente a Italia y Escocia –presentes en el masculino– y está entre las 10 mejores del mundo, debe jugar ante potencias menores a las que arrolla. «Hasta que no mejoren los chicos, no podremos ir nosotras». En el último partido, en Madrid ante Holanda, asistieron 9.000 personas, un récord en el rugby femenino español. «Eso impone»

Viajaron a Edimburgo, aunque no pudieron jugar debido a una nevada –incluso calentaron– y disputaron un partido a 12 bajo cero en Bélgica. «No sentía las piernas», relata una jugadora que acaba los partidos con muy pocos recuerdos y que adora lo que hace. «No he conseguido engañar a mis sobrinos ni primos para que jueguen, pero es un deporte de respeto y disciplina. Sin contrincante no hay partido». Su carácter minimalista. «Sigue siendo pequeño, nos conocemos todas». Y su honestidad, desde el pasillo al perdedor o la solemnidad con el árbitro. «Como abras la boca te vas fuera. A diferencia del fútbol, el rugby sí que ha respetado sus normas».