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Yogur: sano, sabroso y desintoxicante

Yogur: sano, sabroso y desintoxicante

El yogur ha sido un elemento esencial de la cocina árabe, turca, india y rusa durante siglos

Ana Santiago
ANA SANTIAGO

El yogur se convirtió en el alimento básico de los pueblos nómadas por su facilidad de transporte y de conservación. Su origen parece casual, por una fermentación espontánea. Después, acompañaría a la humanidad a lo largo de su historia hasta convertirse en un imprescindible y fundamental a cualquier edad, en particular en el caso de los niños y los ancianos.

Sano, sabroso, recomendable. Y no solo –entero o desnatado– o con frutas o miel, sino también para preparar aliños de ensaladas bien mezclado con aceite de oliva, algo de vinagre de moras o manzana o combinado con mostazas, ofrece una alternativa sabrosa y personal. También es un buen sustituto de la nata en mucha de la repostería que reclama tal presencia, mantiene la textura y rebaja considerablemente las calorías. O sabroso es calentar un poco de una buena mermelada casera y taparla con yogur muy frío. Es un rico contraste de sabores y de temperaturas.

Los pueblos nómadas transportaban la leche fresca que obtenían de sus ovejas o cabras en sacos generalmente de piel de cabra. El calor y el contacto de la leche con la piel de cabra propiciaba la multiplicación de las bacterias ácidas que la fermentaban. Luego se convertía en una masa casi sólida y coagulada, en yogur en definitiva. Una vez consumido el fermento lácteo contenido en aquellas bolsas, éstas se volvían a llenar de leche fresca que se transformaba nuevamente en líquido fermentado y, poco a poco, espesado por los residuos precedentes. Pronto su consumo demostró sus cualidades. Unos siglos más tarde se descubriría su efecto calmante y regulador intestinal. Iliá Méchnikov, que recibió el premio Nobel en 1908, fue el primer científico en intuir los efectos del yogur en la flora intestinal. Demostró que el yogur contenía bacterias capaces de convertir el azúcar de la leche, la lactosa, en ácido láctico que hacía imposible el desarrollo de bacterias dañinas en el intestino derivadas de la descomposición de los alimentos. También descubrió la enorme cantidad de vitaminas del grupo B que contiene el yogur.

El reconocido científico ruso, fundador de la ciencia de la inmunología, describe el yogur como un excelente agente antienvejecimiento. El yogur ha sido un elemento esencial de la cocina árabe, turca, india y rusa durante siglos.

También los griegos son unos grandes aficionados a este fermento que incluyen en numerosas recetas. Los escritores turcos mencionaban con frecuencia en la época Medieval el yogur como un tipo de alimento saludable. La palabra podría provenir de la expresión búlgara que significa cuajar o espesar. Hoy puede verse escrita como 'yogur', 'yogurt' o 'yoghourt', aunque la primera es la más habitual en España.

Favorece la flora bacteriana intestinal, ayuda a la recuperación tras un tratamiento antibiótico y disminuye la incidencia de las diarreas infantiles, entre otros muchos beneficios. La vida comercial del yogur estando en refrigeración es de tres semanas. Con la finalidad de mejorar la capacidad de conservación del mismo se crea el yogur pasteurizado o de larga duración, que tiene un periodo de conservación de meses y no necesita refrigeración.

Además, ayuda a atajar el sobrepeso, la obesidad y la cadena de enfermedades que conllevan, como la diabetes. Después de temporadas, como la navideña, de mucho consumo y grandes comilonas, el yogur ayuda a desintoxicar, volver a la senda de la comida saludable y ligera, especialmente si es desnatado.