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Regreso a los orígenes

Amparo muestra con orgullo un plato de cecina y otro con un llamativo chuletón. /A. D. S.
Amparo muestra con orgullo un plato de cecina y otro con un llamativo chuletón. / A. D. S.

Ámparo Fernández, ejemplo de vuelta al mundo rural a través de la hostelería, con su Restaurante Casa Pepe

ANDREA D. SANROMÁCastronuño (Valladolid)

Aunque uno no siempre puede estar de acuerdo con la expresión «una imagen vale más que mil palabras» en el caso de Castronuño, sus colores, su sonido, su aire, su ambiente constituyen un emblemático ecosistema donde dejarse llevar para disfrutar de la naturaleza. El tramo del río Duero comprendido entre las localidades de Tordesillas y Castronuño, declarado patrimonio natural invita también a disfrutar en este último, un pequeño municipio vallisoletano de 871 habitantes, de una buena gastronomía.

Amparo Fernández, propietaria de Casa Pepe, no se lo pensó dos veces, cuando vio la oportunidad de reabrir el que había sido durante casi veinte años el negocio de su familia y que cerró sus puertos hace tres años. Ahora, ha decidido dejar Valladolid y volver a su pueblo. «Mi primer trabajo fue éste y siempre he estado aquí», comienza.

Abrió sus puertas un renovado Casa Pepe a principios de marzo de este año. El estilo andaluz con azulejos en tonos amarillos y los cuadros de Extremadura, representativos de la tierra de sus padres, han dado paso a un estilo más moderno.

El éxito de las raciones

Además de las raciones en carta de sepia, calamares, pulpo, cecina y boquerones adobados, también hay pastel de salmón, lasaña de berenjena, carpaccio de langostinos con zumo de naranja y de limón, endivias con queso azul y frutos secos. Y entre los segundos: solomillo de cerdo, secreto a la plancha, bacalao a la muselina y boquerones adobados. Y en lo relativo a los postres –caseros–, conviene probar las natillas o las fresas con nata.

El salón comedor tiene capacidad para una treintena de personas y aunque de momento solo abre los viernes, festivos y fines de semana, su objetivo es «ir asentándose y creciendo poco a poco».

De su decoración llama la atención un enorme reloj, que simula el de las antiguas estaciones de trenes. «Mi padre era trabajador de Renfe y le ofrecieron Castronuño como destino, así que llegamos aquí cuando era pequeña», señala. Además de este guiño familiar, la silueta de una cara que se aprecia en la carta «es la de mi padre, que falleció hace unos años. Es un pequeño homenaje», explica. Ahora, con la ilusión de volver a ejercer en la hostelería, Amparo apuesta por el medio rural y por lanzar su negocio.

 

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