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Molino que no anda, no gana

La ribera del río Duero a su paso por Quinantilla de Onésimo. /Agapito Ojosnegros Lázaro
La ribera del río Duero a su paso por Quinantilla de Onésimo. / Agapito Ojosnegros Lázaro

Algunas de las antiguas instalaciones molineras se han convertido en lugares de esparcimiento

Agapito Ojosnegros Lázaro
AGAPITO OJOSNEGROS LÁZAROValladolid

No son contra los que con enajenado arrojo se enfrentó don Quijote tras una ventolera, pero los viejos molinos de agua de esta otra Castilla son también un prodigio que ahora se enfrentan a un reto gigante: sobrevivir; saliendo airosos del envite en muchos casos reconvertidos, transformados en lugares de cuyo nombre no olvidarse, pues su encantamiento seduce a andantes damas y caballeros.

Aguas abajo del río Duero, en Quintanilla de Onésimo, abre sus puertas y compuertas Fuente Aceña, un hotel boutique de altas prestaciones inaugurado en 2002, cuyo atractivo edificio, que data de 1700, lo subraya el gran azud que encauza el agua y se convierte en todo un espectáculo fluvial. Se trata de un antiguo molino restaurado, en el que se han respetado los materiales de origen, la piedra y el ladrillo. Cuenta con un coqueto restaurante que selecciona y trata cuidadosamente los productos de la zona, incluidos los vinos de la Ribera del Duero. Los platos de la carta son creaciones modernas elaboradas con productos de temporada. Destacan el cochinillo confitado con manzana, la lasaña de morcilla de Burgos, los garbanzos negros con pulpo, sepia y chipirones; y, el lechazo a la sal.

De Palacios, un molino con apellido

Molino de Palacios fue bautizado así al convertirse en un atractivo restaurante en 1995, porque a su comprador le gustó ese apellido que ostentó uno de los pretéritos propietarios de este imponente molino harinero sobre las aguas del Duratón, en el corazón de la localidad vallisoletana de Peñafiel. Se trata del sueño de un hostelero peñafielense pionero en el sector: José Bocos. Un sueño cumplido del que disfrutó apenas un mes, pues tras ese tiempo con el local en marcha José falleció de forma repentina. «Por lo menos pudo verlo hecho realidad», explica su hija, Emilia, quien se hizo cargo del negocio.

La primera mención escrita de esta aceña que se adosa a los restos de la muralla medieval que cercaba la localidad, aparece en 1573. Se trata de unas importantes instalaciones molineras, declaradas Bien de Interés Cultural (BIC), donde laboraron cinco ruedas. En la actualidad se conservan cuatro, aunque solo una de ellas es el atractivo del restaurante cuando se pone en funcionamiento. Otra de sus peculiaridades es que disponía de una gran cuadra para el descanso de los animales de carga que traían el cereal y luego partían con la harina. Una estancia abovedada a cañón, de sillería, bajo el nivel de la calle, que ahora es un espectacular comedor del que la gente dice «que era un sitio demasiado señorial para las bestias, pero claro, había que cuidarlas bien porque eran el medio de transporte», señala Emilia, que destaca que la filosofía del proyecto de recuperación del molino quemado –como también se le conoce popularmente, pues sufrió dos incendios– era el máximo respeto a la arquitectura y a su interior fabril, ya que eso aporta el encanto de este restaurante con capacidad para 130 comensales.

Al estar muy por debajo del nivel de la calle, «lo primero que ve la gente es el tejado; y es muy grato que se sigan sorprendiendo cuando descienden por el túnel de acceso, entran y lo conocen», anota Emilia. Otro de sus comedores se alarga paralelo a las muelas y junto a las exclusas, y un tercero está en el segundo piso –el viejo granero–, con unas bonitas vistas de la ribera, donde una isla delimitada por los cauces que distribuye la pesquera se convierte en una terraza fluvial en la que abandonarse a placenteras sobremesas.

Aguas arribas, también dentro del pueblo, otro molino –del Tato– se rehabilitó hace años como vivienda y aporta a la localidad otro bonito rincón.

Aurelio y José Manuel Pesquera.
Aurelio y José Manuel Pesquera. / Agapito Ojosnegros Lázaro

Aula Museo de la Harina y la Miel

La idea surge como un atractivo más de las casas rurales que tienen los hermanos Herrera, Javier y César, en la pedanía peñafielense de Mélida. En 2001 adquieren un molino en ruinas aguas arriba del arroyo Botijas y de Mélida, en la localidad de Olmos de Peñafiel, «y no sin pocas vicisitudes lo abrimos en 2004», explica Javier. El molino es de 1750, y está restaurado con mimo. Conserva rehabilitada toda la maquinaria, lo que le convierte en una auténtica máquina del tiempo donde se puede ver todo el proceso de la vieja molienda. Además, en el segundo piso y perfectamente integrada, en un aula se enseña cómo las abejas fabrican miel. Es todo un homenaje al municipio de los Herrera, Mélida, cuyo nombre proviene del dulce alimento.

La visita es a la carta, previa concertación, y sin un tiempo fijo de duración, tanto para sus huéspedes como para quienes lo soliciten, incluidos colegios, colectivos y asociaciones; con precios que oscilan entre 3 y 5 euros (con cata) para los adultos pues los niños entran gratis.

El último molino

Zona de molinos en la localidad segoviana de Membibre de la Hoz, donde sobrevive uno de agua que dejó de serlo cuando en los años 70 las perforaciones para el riego redujeron el acuífero que hacía aflorar los manantiales. Así que, sin agua, hubo que recurrir a la electricidad para seguir moliendo. Las actuales instalaciones son de 1946, cuando el padre de Aurelio Pesquera las construyó. Aurelio, jubilado a los 76 años, dejó en manos de José Manuel, uno de sus hijos, la aceña, con lo que se completa una tercera generación, el equivalente a 150 años moliendo. Ahora, cereales ecológicos, algo de lo que son pioneros desde los años 80. En los 90, Aurelio cerró la panadería que tenía junto al molino para centrarse en la molienda.

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