Aquella Valladolid, un templo viviente

Una banda de cornetas y tambores precede al paso titular del Sermón de las Siete Palabras en los años 50./Archivo municipal
Una banda de cornetas y tambores precede al paso titular del Sermón de las Siete Palabras en los años 50. / Archivo municipal

Durante la Semana Santa de los años 40 y 50 se suspendían los espectáculos profanos –como los estrenos de cine– y se perseguían los malos comportamientos para crear un ambiente de devoción y recogimiento

Enrique Berzal
ENRIQUE BERZAL

«Los extranjeros, especialmente, quedan sobrecogidos por este silencio religioso, que es el mismo silencio de nuestro paisaje de llanura, y así advertimos en él hasta qué punto la tierra y el hombre se compenetran y se funden en una aspiración religiosa que, durante unas horas, hace que la ciudad se convierta en templo». Era la resaca del Viernes Santo de 1953 y El Norte de Castilla no podía por menos que ensalzar el imponente espectáculo de fervor, devoción, silencio y recogimiento que caracterizaba a la Semana Santa vallisoletana. Las calles se convertían en templos y la estampa silente de la ciudad, transida de una piedad vivida pero también inducida, hacían de Valladolid, en palabras de Dionisio Ridruejo, un auténtico «sermón viviente».

Cualquier joven que viajase en el tiempo y aterrizase en aquellos días nazarenos a buen seguro que se quedaría pasmado. No tanto por el esplendor de los pasos, que nunca se ha apagado, sino por el inflamado y sobrecogedor ambiente devocional, marcado por el fervor y el recogimiento. Como ha escrito Enrique Gavilán, autor de sugerentes análisis de la Semana Santa como representación teatral, el impulso recibido tras la Guerra Civil explica su nueva edad dorada. Fue entonces cuando se fundaron la mayor parte de las cofradías actuales, cuando se incrementó el número de procesiones y cuando se afianzó el prestigio de la celebración vallisoletana como arquetipo de devoción austera y profunda.

Inflación devocional

Javier Burrieza, que lo ha recogido en numerosas publicaciones, resalta la vitalidad de la Semana Santa en una sociedad que, conmovida aún por el recuerdo de la Guerra Civil, «tenía de nuevo mucho de sacralizada». En efecto, aquella inflación devocional de postguerra, en el que el tiempo se detenía y las calles se convertían en templos y museos, no puede entenderse sin reparar en el predominio social y político del nacionalcatolicismo. Es lo que Mary Vincent, refiriéndose a la Semana Santa vallisoletana, describe como claro ejemplo de «rito de victoria», o, lo que es lo mismo, «una tradición inventada que encarnaba el colapso del tiempo histórico para evocar una España católica e imperial», a la vez que servía para recordar «los sacrificios de la Guerra y los pecados del periodo republicano».

No es de extrañar, por tanto, que hasta la década desarrollista de los 60, las procesiones se erigiesen en puestas en escena deliberadas de la eterna España católica, con una clara función espacial y sacralizante que transformaba las calles céntricas en templos vivientes. De ahí la impactante comparación que El Norte de Castilla hacía de la Plaza Mayor en dos épocas bien distintas: durante el famoso Auto de fe de 1559 contra los erasmistas y con ocasión del Sermón de las Siete Palabras de 1953; en ambos casos, destacaba el decano, la ortodoxia religiosa abarrotaba la Plaza.

Aquella puesta en escena exigía fomentar y vigilar el obligado cumplimiento de los deberes de piedad, devoción y recogimiento. No solo se pedía sacar los aparatos de radio a los balcones para sintonizar Radio Valladolid, cuya programación era acaparada por la celebración nazarena, sino que se colocaban altavoces donde fuera posible y la iluminación se revelaba como un elemento clave: el alumbrado público se apagaba durante las procesiones nocturnas para que la oscuridad y el silencio acentuasen el sentido del espectáculo religioso.

Porque el silencio era un ingrediente fundamental: «A medida que el paso se acercaba todo el mundo debía agachar su cabeza y hacer la señal de la cruz, y, por supuesto, rezar», señala Vincent. O, como apuntaba El Norte de Castilla el 4 de abril de 1953, «es de notar hasta qué punto es el carácter castellano el que, al quitar a las procesiones pintoresquismo, las da el tono severo que corresponde a nuestra tierra, y sobre la belleza artística de imágenes y pasos, constituye un elemento estético el silencio y la quietud de las multitudes, que abren el cauce del desfile».

Silencio, recogimiento y, por supuesto, decoro. La forzada recatolización de España, emprendida por la Iglesia en comunión de intereses con la dictadura, exigía evitar comportamientos erróneos como hacer mal la señal de la cruz o alzar el brazo ante las sagradas imágenes. A su vez, los bandos municipales reforzaban las medidas coercitivas que velaban por el buen comportamiento, sobre todo entre las mujeres, pues tanto su vestimenta como la forma de desenvolverse eran considerados símbolos de la salud moral de la sociedad. De ahí, por ejemplo, las exhortaciones a llevar medias negras, y densas, incluso cuando iban descalzas, durante la procesión de la Soledad, y a no ser molestadas por los hombres en sus actos devocionales.

Los bandos edilicios de mediados de los años 40 amenazaban con multas a quienes perturbasen los actos litúrgicos u ofendiesen «los sentimientos de los concurrentes a ellos», pues los vallisoletanos, durante la celebración de la Semana Santa, debían comportarse en la calle como si estuviesen en el interior de una iglesia. Por algo en 1955, este periódico afirmaba en portada que «fervor y arte hacen de Valladolid una nueva Jerusalén en Viernes Santo».

Los espectáculos profanos quedaban suspendidos hasta el Sábado de Gloria, día en que cines y teatros programaban grandes estrenos. Nada, en efecto, debía perturbar el recogimiento ni impedir a los vallisoletanos preparar el espíritu para los días nazarenos. A lo más que se llegaba, como demuestran las carteleras que publicaba la prensa, era a solazar los ánimos con películas religiosas, autos sacramentales o conciertos sacros. Un ejemplo: durante la Semana Santa de 1953, el Teatro Pradera ofrecía 'El mártir del calvario', que recreaba la vida de Jesús, y el Teatro Calderón hacía otro tanto con el tercer concierto sacro a cargo de la Orquesta y Orfeón Pamplonés, bajo la dirección de Ataúlfo Argenta.

Cierre de bares

Los bares cerraban antes de su horario habitual y, como recuerda José Miguel Ortega, «al paso de las procesiones entornaban la puerta para que no se les tratara de irreverentes»; jueves y viernes, además, «los hombres jugaban a las chapas y comían ensaladas de bonito y bacalao con tomate, porque se respetaba lo de la abstinencia, y las mujeres se vestían de negro y con mantilla, de 'manolas', para visitar devotamente las iglesias», señala este mismo autor. La veda se levantaba el Sábado de Gloria, día en que se anunciaban grandes estrenos de cine y teatro, bailes con cena de cotillón, fiestas amenizadas por orquestas en locales como el Círculo de Recreo y el Hostal Florido, y magníficos espectáculos taurinos para el domingo.