Teloncillo: 50 años regalando sonrisas

De izquierda a derecha, Ángel Sánchez, Miguel Ángel Pérez 'Maguil', Lola Baceiredo, Ana Gallego y Carmen González. /Henar Sastre
De izquierda a derecha, Ángel Sánchez, Miguel Ángel Pérez 'Maguil', Lola Baceiredo, Ana Gallego y Carmen González. / Henar Sastre

La compañía vallisoletana, la más longeva de Castilla y León, celebra su 50º aniversario con la ilusión intacta y una 'mala salud de hierro' tras sobrevivir a crisis, censuras y penurias

Luis Miguel de Pablos
LUIS MIGUEL DE PABLOSValladolid

Fue aquel un año revuelto. Alborotada la sociedad, agitado el mes de mayo –algo más que el resto de meses–, e inquieto el panorama artístico y cultural, que bullía en un caldo de cultivo propicio para la aparición de nuevas corrientes. En 1968, las cañas costaban tres pesetas, el Seat 124 irrumpía presumido en las carreteras españolas, los cómicos lloraban la muerte de José Luis Ozores, y la música celebraba el triunfo eurovisivo de Massiel. Otro cantar eran los artistas, más proclives al 'Soy rebelde' de Jeanette que vería la luz en 1971. También fue el año de la vuelta de Juan Antonio Quintana a Valladolid tras su periplo madrileño. Corrían aires de cambio, y el espíritu represor que invadía cada esquina empujaba a alistarse en pequeñas revoluciones. Había que agruparse, daba igual el motivo. Lo relevante era ponerse de perfil y protestar contra las políticas del dictador. En los ambientes culturales, el enemigo era la censura, de ahí que los grupos de aficionados –que no compañías– improvisaran espacios de forma semiclandestina. Unas veces eran casas particulares, otras salas cedidas por sindicatos y en no pocas ocasiones escenarios montados en las parroquias de los barrios.

«Fue teatro, pero podíamos haber sido un grupo de música»», recuerda Ángel Sánchez, uno de los más veteranos de la compañía. Él era uno de los que brujuleaba por los escenarios de la época, pero no uno de los cuatro que aunaron voluntades para constituirse en compañía. Había que hacer frente al teatro oficial (Candilejas, ligado a la Obra Sindical Educación y Descanso; y Corral de Comedias, a Información y Turismo), y Mercedes Vallejo, Isabel Fernández, Ernesto Calvo y Eduardo Usillos dieron el paso para apadrinar y legalizar El Teloncillo. En cierto modo era un canto al sol porque los actores amateur iban y venían sin ningún registro de entrada. De hecho, en años sucesivos por allí asomaron la cabeza Javier Semprún, Eduardo Gijón, Tomás Salvador, Javier Martínez Varillas, Pancho Salvador, todos ellos procedentes de Vírgenes necias, pero también Tomás Martín, Jesús Martín Basas,Manolo Sierra, el mismo Ángel Sánchez,... El ambiente cultural estaba inquieto. Un resorte servía de acicate. «Había un caldo de cultivo antifranquista que te animaba», recuerda Ángel, quien más de cuarenta años después no olvida las peripecias que jalonaron los inicios de la compañía. Y es que había que llevar montera para lidiar con la censura. «Cada actuación tenía que pasar ineludiblemente por Gobernación. Se requería de un permiso y debíamos llevar previamente el texto para ser revisado», apunta Miguel Ángel Pérez. Se refiere Maguil, por ejemplo, a la primera obra representativa que llevó Teloncillo ante los censores. Se trataba de 'El retablo del flautista', de Jordi Teixidor, una farsa que critica los manejos y la corrupción del poder. «Tuvimos que hacer un pase de censura en la parroquia de La Victoria con dos policías, uno delante y otro al fondo, que iban siguiendo la obra libreto en mano», relatan al alimón. «En realidad hacían lo que te dejaban hacer», interrumpe Ángel, «y eso lo convertía también en atractivo ¡y hasta excitante! Fíjate qué miedo un día que viajábamos a León que no pudimos ni bajar del autobús porque estaba la policía esperándonos».

1976, año de la profesionalización

No dejaba de resultar paradójico que el hombre ya hubiera puesto un pie en la luna, y que en la tierra no se pudiera pisar según qué callos. Habría que esperar a ver morir el año 75 para abrir nuevas puertas, en el caso de Teloncillo la de la profesionalización. «Nos movíamos mucho porque la sociedad estaba muy viva, pero está claro que el año del despegue fue 1976», matiza Ángel Sánchez. Con la muerte de Franco, hasta la temática toma un giro. «Se pasa del teatro político al teatro moderno y rompedor que admite otros lenguajes», señala Ana Gallego en plena reconstrucción de la vida de Teloncillo. «Es entonces cuando lo estético sustituye al político», añade.

En el país se empiezan a leer otros autores –antes proscritos–, y en la escena surgen nuevas dramaturgias. La censura salta por la ventana al tiempo que el destape llama a la puerta. «Por fin se respira la libertad en una sociedad que iba muy por delante de los planteamientos políticos», sostiene Maguil. El debate en el cambio de década alcanza a Valladolid, donde se habla de castellanos en los mismos términos que en Toledo, Madrid o Albacete.

Los 'teloncillos' se reunieron en 2013 con motivo del Premio Nacional de las Artes Escénicas para la Infancia.
Los 'teloncillos' se reunieron en 2013 con motivo del Premio Nacional de las Artes Escénicas para la Infancia. / El Norte

Estamos ya en 1980, y mientras el grupo Candeal graba su primer disco y comienzan las obras del Nuevo Estadio José Zorrilla, a Teloncillo se le abre un nuevo horizonte. «En mi caso, llegaba de Peñafiel con la idea de prosperar –apunta Ana–. Todos queríamos formar parte de ese paisaje». Con lo que se había dejado atrás, todo lo que se avecinaba era para mejorar. Concretamente en Valladolid –que cifraba en medio millón de pesetas su presupuesto para fiestas– se daba la bienvenida a la concejalía de Cultura y, por lo tanto, a su primera concejala en democracia, Pilar García Santos.

En ese camino que había por hacer participaría también Teloncillo, un modelo de planificación pero también de sensatez y coherencia en sus inversiones. «En la compañía ha habido siempre trabajo, pero aun en precariedad siempre hemos pensado que debíamos tener gente trabajando en la oficina», reconocen. «¡Y claro que lo hemos pasado mal!, y que no teníamos ni para comprar un periódico», añade Ana, «pero aún así, siempre hemos pensado en el equipo, en la especialización, en contar con gente con bagaje y peso específico en cada parcela. Y afortunadamente nos ha salido bien, pero hay muchos compañeros que también lo han hecho y no han tenido suerte, y o ya no están o malviven». Y en esa ruleta, la moneda mostró más caras que cruces. De hecho, la apuesta que hicieron en 1996 les ha salvado de la última crisis. «Cuando todo el mundo decía que trabajar con niños era de cuarta y un teatro ñoño, cursi y reaccionario, nosotros apostamos por ello y ha pasado a ser teatro bueno o malo», sentencia Ana. El tiempo les ha dado la razón y ese teatro para la primera infancia del que han sido pioneros se salda hoy con una media de 4.000 espectadores por año.

Un proyecto que hoy tiene sello propio –El Desván ha cumplido su sexto año de la mano del Teatro Calderón–, y que marca un nuevo hito en la historia de la compañía. «Seguimos siendo unos privilegiados en el filo de la navaja», concluyen.

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