Manolo Royo: «Todo el mundo sabe que el hombre ni ha estado en la luna ni se le espera»

El humorista maño Manolo Royo. /El Norte
El humorista maño Manolo Royo. / El Norte

El cómico, descubierto por José María Íñigo para la pequeña pantalla en 1977, suma ya 48 años sobre los escenarios. Este domingo acerca al Teatro Zorrilla su último espectáculo, 'Alucinante'

Luis Miguel de Pablos
LUIS MIGUEL DE PABLOSValladolid

Aunque los más veteranos empezaron a saber de él en el año 77 a raíz de una «feliz» llamada de José María Íñigo, para encontrar sus orígenes hay que remontarse a 1970 y a un jovencísimo que se ganaba la vida como tornero y que completaba el sueldo haciendo galas en salas de fiestas y discotecas de la época. Pero un buen día llamaron desde el Pirulí y su vida dio un vuelco. Primero fue el malogrado Íñigo, luego Chicho y su inolvidable 'Un, dos, tres' y más tarde José Luis Moreno los que convirtieron su humor en un clásico en las casas de los españoles. «No había otra cosa, así que te veían 25 millones de personas», advierte hoy.

Manolo Royo (Caspe, Zaragoza, 1951), regresa este domingo a Valladolid (19 horas en el Teatro Zorrilla) con su nuevo espectáculo 'Alucinante' y sin ganas de bajarse del escenario. Escribe -acaba de presentar su decimonoveno libro, 'Setenta docenas de pensamientos'-, pinta, reflexiona como avezado viñetista y, además, sigue haciendo reír a su público más fiel.

Ha llovido bastante desde aquellas galas en el Paladium....

–Pues casi ná. Resulta que aquellos jovencillos que venían a verme allí, me vienen a ver ahora al Zorrilla. No es que pase lista pero sé que son ellos porque el cariño del espectador se nota desde el escenario.

Su humor, entonces, es como un legado que va de padres a hijos.

–Bueno, conmigo ya se han reído gentes de tres siglos distintos. Mi abuelo era del siglo XIX, mi madre del XX y mi hijo del XXI.

Pues al XXII ya no llegamos...

–Pues se nos va a hacer muy largo éste, aunque no te creas, partidos del siglo hay uno cada tres meses.

. Otra de las aficiones del humorista aragonés es el dibujo. Aquí tres de ejemplos de sus viñetas.

En estos 48 años su sello es fácilmente identificable porque no ha cambiado en nada.

–Bueno el que ha cambiado soy yo, que soy una especie de bufón que conecta con el público. Básicamente es comunicación. Fíjate que acabo de presentar mi último libro y está hecho a modo de greguerías tipo 'Si no trabajo, ¿de qué sirven los días de fiesta?', 'Se tragó un yoyo e hizo la digestión varias veces' o 'Los que tienen mucho cuento, ¿viven en La Moraleja?'.

¿Cuáles fueron los ídolos de Manolito Royo o los espejos en los que se refleja hoy Manolo?

–La gente de ahora no tienen porque no creen en nada. En mi caso no tengo ningún inconveniente en decirlo porque lo tengo muy claro. Soy hijo de Tonetti, con lo cuál soy payaso a mayor gloria del circo porque empecé con ellos. Soy hombre de circo.

De ahí pasó a las salas de fiestas, caso de Paladium.

–Pues fíjate si tenía amistad con el desaparecido Esteban Rodríguez, dueño de Paladium, que fue padrino de mi hijo. Siempre he estado muy cómodo en Valladolid. De hecho lo de Valladolid es para pedir asilo gastronómico porque tenéis un lechazo espectacular y coméis de lujo.

¿Cuáles son las líneas rojas que no traspasa su humor?

–Las líneas rojas son no molestar. Ahora bien, no hay que olvidar que el señor Dario Fo recibió el Nobel de Literatura por cumplir la función del bufón, que es hacer reír al pueblo metiéndose con los de arriba.

El italiano metía bastante el dedo en el ojo.

–Bueno yo también lo hago, aunque es mejor hablar de cintura para arriba que de cintura para abajo. Sabes aquellos que se encuentran por la calle y uno le dice al otro: «Ahora a los etarras jubilados, ¿qué les queda de jubilación? Y responde el otro: '4,26 muertos al mes'». Lo mio es hacer reír pero también reflexionar. Mi humor es social... Por ejemplo llego y digo '¿Qué le echarán los de Gibraltar al agua que no se les acerca una sola patera?'. Lo dice un cómico pero tiene carga de profundidad e invita a la reflexión.

Y después de 48 años, ¿todavía sin fecha de caducidad?

–Tengo 67 años, 66 en Canarias, y es edad de jubilado pero ¿por qué me voy a jubilar si me gusta lo que hago?

Es mejor estado que el de permanente cabreo en el que viven hoy los pensionistas.

–¡Y con toda la razón! No me importaría pertenecer al club, sobre todo si fuera el señor Teddy Bautista, presidente de la SGAE, que cuando era presidente se firmó una jubilación de 24.500 euros al mes.

Vamos que Arturo Fernández es la rueda buena.

–Como sabes que me encanta la bicicleta. Suelo salir a la una hasta las dos y media para comer a las tres con las cosas que cuenta el telediario. Debes saber que estoy federado por la Madrileña de ciclismo en Máster 60.

¿Y con qué alucina M. R.?

–Que conste que no soy yo el de los sobres. Mira, el espectáculo se llama 'Alucinante' porque hablo de la luna, donde el hombre ni ha estado ni se le espera. Todo el mundo lo sabe.

Pues me deja muerto.

–Totalmente mentira.

Pero si Jesús Hermida nos dio todo tipo de detalles...

–Náaaaaa. Créame. Él era un locutor que tenía delante una pantalla como la teníamos los demás.

Ya que hablamos de televisión, ¿qué nota le pone a la que se hace ahora? ¿Le convence?

–No me gusta. Claro, que cuando uno viene desde tan lejos te hace saber mucho. Y no me convence, no.

Usted se dio a conocer en otra tele, ¿eran otros tiempos?

–Correcto. Mi pelotazo llegó gracias a José María Íñigo. Él me hizo famoso el 2 de agosto de 1977 en su programa 'Martes fiesta, noche', donde fui a cantar el «Te has pasao, macho te has pasao...». A ese programa entré cobrando una cantidad y salí cobrando otra astronómica. Me hablas del 'Un, dos, tres', año 87, y entonces la televisión la veían 25 millones de españoles, y salir en el Canal Internacional me llevó a viajar por Venezuela, Colombia, Chile,... ¡Y actué en Viña del Mar! Y luego estuve con José Luis Moreno ocho años seguidos en televisión española.

No se le acaba la cuerda, ¿cuál fue el último reloj que adquirió?

–(risas) Ya no, ya no. Me he quitado porque era un vicio absurdo. Cuando uno llega a cierta edad, hay que 'destener'. Me encuentro más liberado no teniendo cosas que teniéndolas. Ya no soy el dueño del castillo, ¡que le den por saco al castillo! He sido coleccionista de relojes porque cuando me inicié en el mundo del espectáculo, un día un representante que sabía mucho me dijo: 'Un artista tiene que ir bien vestido y llevar buen reloj, Manolo'. Ahí empecé el vicio.

 

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