Richard Stallman: «Estamos acostumbrados a usar programas que nos tratan injustamente y lo vemos normal»

Richard Stallman, ayer en Valladolid./A. MINGUEZA
Richard Stallman, ayer en Valladolid. / A. MINGUEZA

El programador y fundador del Movimiento por el Software Libre advierte de los peligros para la libertad de la acumulación de datos personales y sistemas de vigilancia

Vidal Arranz
VIDAL ARRANZValladolid

Fundador del Movimiento por el Software Libre y creador del sistema operativo GNU, Richard Stallmann pasó ayer por Valladolid, en el marco del programa La ciudad imaginada, para advertir a la ciudadanía de los peligros para la libertad de la acumulación de datos personales y sistemas de vigilancia.

–Persisten confusiones de concepto que quizás convenga aclarar, porque software libre no se opone a software de pago, sino a software privativo. Puede explicarlo.

–Libre no significa gratis. El problema moral principal no es cómo consigues tu copia, sino cómo te trata: ¿respeta tu libertad o te priva de ella? La gente está acostumbrada a usar programas que le tratan injustamente. Le parece normal y acepta muchos males.

–¿Por ejemplo?

–El primer mal es que los usuarios no tienen el control del programa, sino que el programa (y el desarrollador o el amo a través de él) tiene el control de los usuarios y estos no lo pueden cambiar. Ni siquiera los que saben programación. Por ejemplo, algunos programas espían al usuario y transmiten datos personales a un servidor sin que el cliente pueda evitarlo. Otros están enlazados a un servidor de modo que, si la compañía decide cerrarlo porque ya no le compensa, el programa deja de funcionar. Google lo hizo con el programa Nest, de control de dispositivos domésticos. En otros casos, como los programas de manejo de obras publicadas (libros, cine, música…) existen grilletes digitales que bloquean la copia de los datos. Son funcionalidades malévolas e injustas.

–¿Qué son las puertas traseras?

–Esto significa que el programa trabaja con comandos manejados a distancia que implican un uso sucio del programa que se impone al usuario. Por ejemplo, el lector de libros de Amazon tiene una puerta trasera para borrar cualquier libro de los dispositivos de sus clientes. En 2009 Amazon borró miles de copias de un libro en un acto orwelliano. Era justamente '1984' de George Orwell. Y luego están las puertas traseras universales, que permiten cambiar a distancia el código mismo del programa. Por ejemplo, Windows contiene una que ni siquiera es secreta y que anuncia con orgullo como Autoactualización, pero implica el poder de imponer cambios de software al usuario sin que éste lo sepa, ni sea consciente. ¿Qué puede haber más injusto?

–Todo esto servirá lógicamente para la censura…

–Apple fue pionera en la censura de aplicaciones en su teléfono IPhone. Eso fue una innovación. Rechazo la innovación como meta porque a menudo son las compañías las que nos las imponen, no permiten que seamos nosotros los que las elijamos libremente. Si no tenemos la opción de elegir, y si un producto combina varias innovaciones –algunas agradables y otros que dañan nuestro libertad– es una manera de manipular a la gente para que ceda su libertad. Durante casi una década Apple aplicó la censura por intereses comerciales y políticos, y en 2017 China le obligó a bloquear aplicaciones particulares y no podía negarse porque se había dotado de ese poder de bloqueo.

–Los teléfonos inteligentes ¿son más o menos respetuosos?

–Son aún peores porque es incluso más difícil intervenir. Los Smart phones son teléfonos espía. Todos ellos cuentan con una puerta trasera universal que permite convertirlos a distancia en un dispositivo de escucha que puede transmitir todo el tiempo las conversaciones de su entorno. Y no es posible apagar el teléfono. Una vez que se ha activado esta opción sólo finge apagarse, pero sigue escuchando y emitiendo. Y gracias a Snowden sabemos que todos podemos estar siendo espiados, no sólo los que cometen delitos. Y algunos estados abusan de su poder para perjudicar a movimientos sociales democráticos.

–Además el teléfono puede usarse para saber dónde está el usuario en cada momento….

–El teléfono delata tus movimientos, porque, cada pocos minutos, emite una señal de ubicación para conectar de forma eficiente con la red. El problema es que esos datos se pueden guardar durante bastante tiempo –supuestamente para esclarecer crímenes o para evitar actos de terrorismo– y eso puede suponer un atentado contra los derechos personales.

–¿Cómo podemos protegernos de este control?

–El único modo de protegernos del poder peligroso del Estado es contenerlo mediante leyes que limiten la acumulación de datos y que sometan su uso al filtro de los tribunales. Pero van cambiando las leyes para debilitar la protección y así ponen en peligro la democracia. La Ley Mordaza española es un ejemplo. O, en otro nivel, el sistema de pago de estacionamiento de Valladolid que acabo de descubrir que impone al usuario introducir el número de la matrícula del vehículo, lo que permite vigilarlo. Debería obligarse por ley a suprimir un sistema así. Hace falta unas leyes mucho más estrictas que las de la Unión Europea para evitar la acumulación de datos personales. No sólo por los programas privativos, sino por las cámaras en las calles. Hay que asegurarse de que esa información no se retenga salvo que se trate de personas señaladas por un tribunal.

 

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