Duelos interpretativos

Javier Cámara/
Javier Cámara

Dos consagrados como Tim Robbins y Javier Cámara y dos secundarios de lujo, Felipe Vélez y Manolo Solo, compiten por el Goya al Mejor actor de reparto

JAVIER AGUIAR

Como suele ocurrir en los premios divididos en categorías, concurren en alguna modalidad candidatos que perfectamente podrían ser los ganadores de otras. Es el caso de Tim Robbins y Javier Cámara dos artistas más que consagrados, uno a nivel nacional y el otro, internacional, que aunque engrosan la lista de actores de reparto bien podrían llevarse de calle la de protagonistas. El riojano, de hecho, ya se la llevó en 2013 y esta es su sexta nominación a un Goya. El californiano, por su parte, posee un Oscar de secundario y, mucho más importante, un curriculum envidiable en el que repiten algunos de los directores indispensables de las últimas décadas. Con ellos compiten dos secundarios de gran mérito, Felipe Vélez y Manolo Solo, que no por menos conocidos quedan eliminados de un concurso en el que siempre hay un lugar para la sorpresa.

Tim Robbins es uno de esos actores que, sin dejar de coquetear con Hollywood, ha sabido labrarse una carrera al margen que incluye el cine independiente y el teatro. Amigo de dejarse caer por la piel de toro, es un profesional comprometido que hace oír su voz allá donde la cree necesaria. La víctima de Mistyc River o el héroe de Cadena perpetua, dos papeles extremos que, sin embargo, no marcan sus límites, comparte protagonismo con otro grande, Benicio del Toro, en esta Un día perfecto que Fernando León de Aranoa basa en la novela de Paula Farias Dejarse Llover.

Interpreta a uno de los cooperantes empeñados en la delirante tarea de sacar un cadáver de un pozo para poder abastecer a las poblaciones cercanas en una guerra de los Balcanes que se extingue. Es un personaje entre cínico y perplejo, un veterano de muchas misiones que teme más tener que regresar a casa que los peligros que afronta en un terreno tan hostil.

Olvidada ya hace tiempo su vis cómica, en la que estuvo a punto de quedar encasillado y a la que de vez en cuando regresa, Javier Cámara vuelve a echar mano de su registro más humano y profundo en un papel tranquilo, sin estridencias, pero que alcanza cotas emocionales de gran altura. En otro duelo de titanes, en esta ocasión junto a Ricardo Darín ambos tocaron la gloria en San Sebastián con este Truman da vida a Tomás, un hombre que visita de forma sorpresiva a un viejo amigo al que hace tiempo que no ve en el que ha de ser su último encuentro, que ayuda a convertir en un momento pleno y feliz lleno de diálogos brillantes y situaciones de un humor plácido y entrañable, componiendo una de esas amistades que quedan guardadas en el cajón más sentimental de la memoria.

Felipe García Vélez, sin el García para el mundo del cine, es un veterano intérprete bregado en cientos de papeles secundarios tanto en la pantalla grande como en la pequeña o sobre el escenario. Su rostro de hombre duro, curtido en mil batallas, le ha permitido recrear personajes tan dispares como policías y ladrones, victimas o verdugos, pasando por el inefable Don Quijote. En el primer largometraje de Daniel Guzman, A cambio de nada, da vida a Justo Caralimpia, el propietario de un taller mecánico que acoge en su seno a uno de los adolescentes que protagonizan el filme, trasunto del púber conflictivo que fue el realizador de este filme respaldado por la crítica y que suma seis candidaturas para los Goya de este sábado.

De indolente a paternal

Indolente y distante al principio, a medida que transcurre esta historia para algunos almibarada en exceso, Caralimpia, en realidad un perdedor con aires de experimentado, va adoptando un tono cada vez más paternal hasta casi prohijar a esta joven víctima de la marginalidad de un barrio de la periferia madrileña. Decepcionado tras la separación de sus padres, el protagonista encuentra en este mecánico de oscuro pasado la figura paterna que precisa y demanda para dar el salto a la edad adulta.

La sin duda apasionante declaración de Luis Bárcenas, el famoso despedido en diferido, ante el juez Pablo Ruz es la esencia de B. La película, el filme por el que Manolo Solo, metido en la piel del magistrado, opta al Goya al Mejor actor de reparto. Se trata de otro duelo interpretativo con Pedro Casablanc en el que, al margen de las cualidades actorales de los contendientes, se pone de manifiesto el cine sirve, entre otras cosas, para poner cuerpo y así hacer más reales a los personajes de la actualidad, que en las noticias resultan más difuminados y escurridizos la verdadera magnitud de la corrupción, que se muestra desnuda al desvelarse en sus más pequeños y mezquinos detalles.

Manolo Solo defiende a un juez serio y minucioso en su trabajo, que no deja una rendija para que se escurra el acusado, pero que tampoco puede evitar sorprenderse por la espontaneidad con la que relata un comportamiento tan indigno, así como por las auténticas implicaciones de la trama que gestionó.

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