Pesquisas sobre el trance de vivir y morir en la necrópolis visigoda y medieval de Prado Guadaña

Alumnos de varias universidades españolas, durante las labores de excavación en la necrópolis. El Norte/
Alumnos de varias universidades españolas, durante las labores de excavación en la necrópolis. El Norte

El I Curso de Arqueología Forense en la necrópolis de Prado Guadaña, en Villalba de los Alcores, esclarece modos de vida, muertes violentas y por enfermedad entre los siglos VII y XII

JESÚS BOMBÍNValladolid

«Un individuo visigodo sufrió importantes lesiones provocadas por un arma cortante en el hombro, mandíbula y huesos de la cara que causaron su muerte. Esas son, por el momento, las únicas pruebas de un fallecimiento violento en la necrópolis» de Prado Guadaña, en la localidad vallisoletana de Villalba de los Alcores.

La descripción, de tinte casi policial, aparece extraída entre las conclusiones del estudio realizado a partir de las excavaciones desarrolladas el pasado verano en el yacimiento de Prado Guadaña, en la finca Coto Bajo de Matallana, donde se ha desarrollado el I Curso de Arqueología Forense

Dieciocho alumnos de las universidades de Valladolid, Valencia, Autónoma de Madrid, Cantabria, Castilla-La Mancha y Tarragona han participado en uno de los campos de trabajo que se vienen realizando desde 1998 a instancias de la Diputación Provincial de Valladolid y el Departamento de Prehistoria y Arqueología de la UVA.

Las excavaciones se han centrado en el cementerio asociado a la antigua aldea medieval de Mataplana, cuyos orígenes se remontan a época visigoda (siglos VII y VIII) y que se mantuvo viva hasta la fundación del contiguo cenobio cisterciense de Santa María de Matallana a finales del siglo XII. En las cuatro campañas de excavación efectuadas en 2004, 2005, 2006 y 2018 se ha logrado exhumar 64 sepulturas (12 visigodas y 52 medievales) con los restos de 67 personas.

Enterramietno medieval infantil en una tumba de lajas (siglos X-XII).
Enterramietno medieval infantil en una tumba de lajas (siglos X-XII). / El Norte

Los trabajos han puesto de manifiesto los cambios en las formas de enterrar a los difuntos a lo largo de la existencia del cementerio. Así, se aprecia que mientras los enterramientos visigodos consisten en simples fosas cubiertas con grandes losas de piedra en las que el difunto descansa tumbado de espaldas y con los brazos extendidos en paralelo al cuerpo, las tumbas medievales se vuelven más elaboradas al construirse en una caja rectangular a base de lajas de piedra en cuya cabecera se disponen dos pequeñas piedras llamadas orejeras para sujetar la cabeza del difunto. «Además, los cadáveres se colocan en posición orante, con las manos cruzadas sobre el pecho y desaparecen por completo los adornos personales», sostiene Manuel Crespo, arqueólogo director de las excavaciones.

Más allá de las creencias y costumbres relacionadas con el más allá, el primer Curso de Arqueología Forense ha permitido establecer una distribución demográfica del cementerio, en el que el 56% de los cuerpos exhumados corresponden a niños y adolescentes que aún no habían completado su desarrollo físico. «Estas cifras son indicativas de una alta mortalidad infantil, propia de sociedades preindustriales en las que la falta de higiene y vacunas convierten esta época de la vida en un momento altamente peligroso», alega Crespo.

Fallecidos entre 19 y 45 años

El análisis de los restos humanos ha permitido averiguar que en los primeros meses de vida fallecieron 13 de los 31 niños estudiados. Y en el informe referido a población adulta, se aprecia que la mayoría de los pobladores de Matallana falleció entre los 19 y los 45 años, con pocos individuos que superaron esa franja de edad, lo que representa una esperanza de vida muy baja.

El estudio revela que muchos sujetos muestran evidencias de problemas en su desarrollo físico durante la infancia, «como se aprecia a partir de la hipoplasia del esmalte dental –pequeños surcos horizontales en el esmalte de los dientes causados por detenciones en su desarrollo– y la criba orbitalia –poros en el interior de las cuencas orbitales de los ojos– patologías que pueden relacionarse bien con una alimentación inadecuada durante la infancia, bien con enfermedades gastrointestinales que impidieron una buena asimilación de nutrientes».

Sobre la estatura media de la población, se fija en 1,65 metros para los hombres y 1,55 para las mujeres, «medidas que encajan con las de otras poblaciones medievales estudiadas en nuestro entorno», alega Germán Delibes, catedrático de Prehistoria de la UVA y coordinador de las excavaciones.

Aunque la talla de los esqueletos llevaría a calificar como «bajitas» a las personas enterradas en la necrópolis, «Crespo añade que los restos ofrecen pruebas de un importante desarrollo muscular en brazos y piernas, «que poseen fuertes inserciones musculares, relacionadas con el duro trabajo campesino que caracterizó sus vidas; también se han hallado pruebas de lesiones relacionadas con el trabajo en el campo, como es el caso de un individuo visigodo que presenta una fractura en el cúbido izquierdo y los dedos del pie derecho, fracturas producto de algún accidente a las que sobrevivió a juzgar por la recuperación y soldadura de los huesos».

Como colofón, las investigaciones dibujan a un grupo humano campesino «que vivió bajo unas duras condiciones de vida, marcadas por una elevada mortalidad infantil, corta esperanza de vida, malas condiciones higiénicas y una pobre alimentación».

 

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