25 años del gran timo del pop

Los Milli, en plena representación (nunca mejor dicho). Hay que reconocerles, como a Paulina Rubio, que cantar no catarían un pimiento, pero a posturas ganaban -de largo- a Bob Dylan. /
Los Milli, en plena representación (nunca mejor dicho). Hay que reconocerles, como a Paulina Rubio, que cantar no catarían un pimiento, pero a posturas ganaban -de largo- a Bob Dylan.

El exótico dúo Milli Vanilli pasó de tocar el cielo a hundirse en el barro en el peor ejemplo de la falta de escrúpulos de la industria discográfica

JOSÉ MARÍA CILLERO

«Nuestra contribución a la música pop es más importante que la de gente como Bob Dylan, Paul McCartney o Mick Jagger». Así de soberbio y desafiante se mostraba Rob Pilatus, la mitad de Milli Vanilli, en plena cumbre del éxito a la que el mestizo dúo se había encaramado en apenas dos años, de la mano del productor alemán Frank Farian, responsable, veinte años antes, del fenómeno Boney-M.

Pilatus, alemán nacido en Nueva York, hijo de soldado estadounidense y bailarina de club alemana criado en Munich, conoció a Fabrice Morvan, francés originario de la caribeña Isla Guadalupe, la otra mitad, cuando ambos eran bailarines de la italiana Sabrina Salerno (seguro que la recuerdan... sí, ésa). Sus dotes para el contorneo, sus pintas decididamente exóticas y, sobre todo, los pocos escrúpulos de Farian para fabricar productos musicales de éxito en los que lo de menos fuera el talento musical hicieron el resto.

Sabes que es verdad

Formaron el dúo en 1988, tomando el nombre de un club nocturno neoyorkino, vendieron gran cantidad de copias de su primer álbum en Europa, dieron el salto al mercado estadounidense, donde revalidaron su éxito, y en 1989 eran galardonados con el Grammy al mejor artista revelación. Nadie vio entonces que el título de su gran hit, Girl, you know its true (Chica, sabes que es verdad), iba a ser premonitorio.

El año 1990 echa a andar con Pilatus y Morvan sentados en la cima del mundo. Han vendido treinta millones de discos en todo el mundo cien mil de ellos en España, no nos hagamos de nuevas y alcanzan el número 1 del hit-parade de EE UU con cuatro canciones. La vida es una acolchada cuesta abajo en la que los lunes no existen por decreto y donde está prohibido todo lo que no sea, como mínimo, maravilloso.

No es extraño que Pilatus se comparase con Dylan, Macca, Morritos o quien se le pusiera en la gramola. Pero tanta petulancia caería por los suelos a la misma velocidad con la que había llegado el éxito. En un concierto en Bristol, Pennsylvania, en los primeros meses del 90, la angustiada reacción de los artistas en el escenario tras el fallo del play-back hace saltar los rumores. No ayudan las tensiones con su productor, al que reclaman que el próximo disco se grabe con sus voces. La situación se vuelve insostenible y Farian admite públicamente que Pilatus y Morvan no cantan ni uno solo de los temas. La fifteen minutes pop sensation el fenómeno pop de cuarto de hora cae con estrépito no exento de cierto ensañamiento, les obligan a devolver el Grammy. Pese a ello, el productor, con el grupo The Real Milli Vanilli, formado por los que sí cantaban, y los falsos cantantes, con la formación Rob y Fab y esta vez sí, cantando o lo que sea, tratan de hacer caja con los escombros del timo, pero el público les ha dado la espalda. Pilatus es un juguete roto que en 1998 aparece muerto en un hotel de Frankfurt. Diez años después, el cineasta Jeff Nathanson, especializado en fraudes (dirigió Atrápame si puedes) anuncia el rodaje de un biopic sobre la pareja, proyecto del que no se ha vuelto a oír nada.

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