Literatura contra la ultraderecha

Seguidores del movimiento antiislámico PEGIDA, en una manifestación en enero de este año en Colonia. /Wolfgang Rattay-reuters
Seguidores del movimiento antiislámico PEGIDA, en una manifestación en enero de este año en Colonia. / Wolfgang Rattay-reuters

La industria editorial apuesta por novedades y reediciones de textos clásicos para formar mentes críticas prevenidas frente a las derivas antidemocráticas

Samuel Regueira
SAMUEL REGUEIRAValladolid

La ultraderecha y las políticas fascistas ganan fuerza alrededor del mundo. El antiinmigracionismo, que no es otra cosa que política más racismo, o el antifeminismo, que no es otra cosa que política más machismo, son solo algunas de las manifestaciones con las que nos obsequia la propaganda de agrupaciones nostálgicas de un ideal pasado (varonil, patriarcal y de raza pura) que aprovecha la desconfianza y la inseguridad generadas por un sistema imperfecto en el mejor de los casos, y corrupto en el peor. En esta tesitura se desarrollan mecanismos que denuncian aparentemente un discurso antielitista y antipolítico mientras se llega a acuerdos con las más grandes fortunas que se traducen en repartos nuevos, mismas desigualdades, previsibles avances en dinámicas tiránicas e imprevistas pérdidas de avances conseguidos por los distintos colectivos sociales. Es una guerra, y es pura ideología, que no es otra cosa que política más cultura.

Brasil ha sido otra clamorosa derrota. A Estados Unidos se le mira con la desconfianza que despierta un líder nacionalista que confunde patriotismo con progreso. Esa corriente ha llegado también a Europa: Hungría y Polonia vienen regidas por un partido extremista en solitario, mientras que diferentes coaliciones conforman o han conformado los gobiernos de Italia, Austria, Dinamarca, Bélgica, Holanda y Finlandia. La ultraderecha llega a tercera y a veces hasta a segunda fuerza parlamentaria, y supone una combativa oposición (en cuyas manos descansa la agenda política y mediática) o, peor aún, un tentador socio potencial para conformar los ejecutivos en Francia, Reino Unido, Alemania, Suecia, Noruega, Estonia, Grecia… y, ahora, también España. La consolidación del 'movimiento' que el exasesor de Trump, Steve Bannon, prefiguraba como unión de populistas de derecha por todo el viejo continente ha advertido también en nuestro país el potencial de unos movimientos sin escrúpulos que engañan y enfrentan a sus votantes mientras propugnan por la nostalgia a un utópico pasado y la eliminación anticonstitucional y antidemocrática de unos derechos ya conquistados.

Frente a este panorama, la industria editorial ha puesto ya a disposición de todo tipo de público herramientas para tratar de frenar lo que muchos se esfuerzan por vender, de manera conscientemente engañosa, como algo inevitable. Buen ejemplo de una de estas propuestas literarias contra la ultraderecha es el novelón islandés 'Illska, la maldad', escrito en el año 2012 cuando el populismo xenófobo estaba aún emergiendo, y que el sello Hoja de Lata acaba de renovar en una segunda edición. En 'Illska', Eirikur Orn Norddhal habla de la atracción del mal, de la necesidad de creer en unos ideales y en algo abstracto pero sólido en un contexto de concreciones líquidas y de precariedad laboral y social que funcionan como caldo de cultivo a la reaparición de esa maldad que a principios de siglo llevara al continente hasta su máxima expresión: el Holocausto.

El libro alterna su trama, disculpada mínimamente por un triángulo entre un filólogo que subsiste a base de 'minijobs', una estudiosa de la ultraderecha y un neonazi, con explicaciones sobre el auge de las políticas extremistas que hoy, siete años después, rezuman plena actualidad: la apelación a los instintos más bajos y básicos de sus votantes, el intercambio de términos de distinta agresividad (la mesura de los extremistas en la retórica antiinmigración obliga a los partidos tradicionales a adoptar palabras más duras, con lo cual el eje del debate se desplaza por completo), el autoblanqueamiento del propio partido ultra al adoptar minorías en sus filas y, en definitiva, el 'antisemitismo' del siglo XXI, el señalamiento al nuevo 'judío', a la raza execrable y responsable de todos los males del nuevo milenio: el musulmán.

Unidad y pureza

Uno de los principales lugares comunes de toda propaganda fascista es la reclamación de la unidad y la pureza, especialmente en el ámbito ideológico y racial, donde quien piensa distinto, tiene una piel de color diferente o ha nacido en otro país simplemente «no es de los nuestros». La hostilidad al otro es narcisismo hacia uno mismo, decía Freud en 'El malestar de la cultura', y en una época de inseguridades, crisis políticas y económicas y sociales necesitamos mucho, pero que mucho amor propio. Adorno, el célebre filósofo alemán autor de 'La educación después de Auschwitz', apunta en sus magníficos 'Ensayos sobre la propaganda fascista' el ingrediente básico de un discurso que hoy corremos el riesgo de normalizar: el líder carismático y viril que es «como la gente normal», enfrentado a las élites de la política, la cultura o la dictadura de lo 'políticamente incorrecto', que «se atreve a decir las cosas como son» y cuyas palabras alcanzan aquellas zonas donde el resto no se atreven a llegar, apela a las emociones y construye esa imagen de lo 'otro', de la impureza, que reflejan como nadie los inmigrantes, las personas LGTBi o las mujeres feministas.

De esa división también se ocupa a fondo 'Facha', de Jason Stanley (ed. Blackie Books), si bien sustituye el odio por otro concepto igual de universal: el miedo al diferente, que aúna a las muchedumbres inseguras apaleadas por la crisis y que buscan una solución fácil, emocional y que alivie de alguna forma su malestar. La política de masas también es objeto de estudio en el ya texto clásico 'Anatomía del fascismo', de Robert O. Paxton, de inminente reedición bajo el sello Capitán Swing. El viejo antisemitismo, el objeto de odio, vino espoleado por estos partidos en un discurso que incluso asumieron los intelectuales afines de la época, en una estrategia de tres pasos: desacreditar el régimen previo, crear polos para la cólera y la protesta y normalizar la violencia fascista. Paxton analiza a lo largo de un muy estimulante texto las fases evolutivas, bien reconocibles, del fascismo: su creación, su arraigo, la toma del poder, el ejercicio del poder y su deriva a largo plazo, al que el autor solo brinda dos opciones: radicalización o entropía.

Posverdad populista

El ultranacionalismo populista, como también lo llama el autor, se ve abordado a su vez en 'Populismo: una breve introducción', de Cas Mudde y Cristóbal Rovira Kaltwasser, que miran con ecuanimidad uno de los conceptos estrella del panorama político reciente, sin dejar de percibir algunas concomitancias clave como el caudillaje viril o el llamamiento a soluciones emotivas en detrimento de la razón y la reflexión. En su última frase descansa la clave: no hay que acabar con la oferta populista, sino con su demanda. Otro de los términos estrella en esta atmósfera discursiva de los extremismos es la 'Posverdad', acometida en el libro homónimo de Matthew d'Ancona. El autor atina en dos verdades fundamentales: hoy ponemos nuestras creencias por delante de cualquier discurso y ajustamos, o permitimos que se ajuste, a nuestras ideas preconcebidas; y toleramos mejor el relato que el dato. De ahí a que cristalicen las manipulaciones que estimulen nuestros machismos, racismos y desprecios; un pequeño paso.

Pero si hay alguien que describa como nadie esta cultura de la crispación es la ensayista Carolin Emcke: en su libro 'Contra el odio' la autora identifica la doctrina del fanatismo como dependiente de «un pueblo homogéneo, una religión verdadera, una tradición original, una familia natural y una cultura auténtica». Lo feminista, lo LGTBi y en especial lo 'trans' cuestionan las masculinidades y roles de género tradicionales, y si buscáramos la homogeneidad en, por ejemplo, nuestro país, creencias y costumbres; solo la conseguiríamos expulsando aquello que es, por resumirlo en una palabra, 'antiespañol'.

Emcke denuncia la arbitrariedad de este odio aplicado a la vida política, que defiende el sesgo de derechos en función de diferencias sociales, sexuales o culturales, donde las palabras reducen la realidad ('la comunidad islámica', 'el movimiento feminista', 'unos detenidos de origen extranjero') y favorecen esa creación del Otro, de un enemigo que no es de los nuestros (cuando es de los nuestros es o bien un «loco» o simplemente alguien que «ha cometido un error») y que, como tal, representa a todo el grupo foco de nuestro desprecio.

Responsabilidades

Emcke es, pese a todo, optimista: «Describir el proceso exacto que activa el odio y la violencia entraña siempre la posibilidad de mostrar cómo ambos pueden ser interrumpidos y delibitados». Como Hannah Arendt en 'Los orígenes del totalitarismo', la autora no exime de responsabilidades a quienes, con su voto, propician que se consoliden políticas fascistas, aquellas personas que ceden a sus inseguridades y bajos instintos para compensar sus limitaciones con el más cómodo racismo o fanatismo por bandera contra la trinchera de enfrente. Unos patrones que, muy convenientemente, disfrazan el verdadero problema: las cuestiones sociales y precariedades laborales que impiden movilizaciones de clase. Y los poderosos nos ayudan a enemistarnos, «utilizando nuestro odio para aplacar nuestro vacío y destruir aquello que envidiamos», escribe Marcia Tiburi en 'Cómo conversar con un fascista' (ed. Akal).

Con todo esto, cabe recapitular de nuevo con ejemplos de nuestro país: en los últimos meses ha habido una crisis política en la derecha española (descrédito del régimen previo) que ha propiciado la defraudación de sus votantes tradicionales en tres conceptos innegociables. Por un lado; la unidad del país, tambaleada, a ojos de los conservadores, al prosperar una moción de censura de izquierdas con el apoyo de los independentistas. Por otra parte están las políticas antiinmigratorias: se perciben peores los problemas relacionados con los top manta que con los desahucios, y los mecanismos para frenar los mal llamados 'efectos llamada' no parecen suficientes. Finalmente existe la familia «de toda la vida», arraigada en el matrimonio entre hombre y mujer y con el papel de esta última enrocado en la tradición franquista de 'ángel del hogar'; conceptos que se ven 'amenazados' por movilizaciones como el Orgullo Gay o el 8M, donde ambos partidos conservadores consolidaron la traición al proclamarse a última hora partidarios de la huelga feminista de 2018 y lanzar guiños legislativos y sociales a colectivos LGTB 'ultrasubvencionados'.

A ese odio capitalizado cabe añadir la inseguridad social y, no menos importante, la nostalgia del franquismo. Muy en esta línea cabe recomendar la estupendísima 'Los osos que bailan', del periodista polaco Witold Szabłowski, que conversa con toda clase de personas por Europa del Este que añoran vivir bajo la tiranía autoritaria con argumentos paralelos a los de los gitanos búlgaros para con sus osos amaestrados: les quieren, les hacen bien, saben lo que les conviene. Los osos lo agradecen, se enfrentan a otros osos por defender al amo, las hembras quedan para procrear… y, al final, pese a que las autoridades obliguen a los dueños a soltar a los animales, estos siguen poniéndose en pie para bailar frente a los humanos... aunque ya sean libres.

Esta añoranza del pasado, en definitiva, unida al llamamiento de la emoción y al odio a lo diferente y al Otro, compensa la falta de programa de unos movimientos en torno a un adalid de la virilidad, de la unidad y la pureza que destaca únicamente porque «se atreve a decir las cosas como son». Y ni siquiera es así. Mientras señala para otro lado, obvia los verdaderos problemas sociales y laborales que crean el malestar de quien ve en este relato, y no en los datos, la solución mesiánica que nunca llegará.

Y está, realmente, en manos de cada uno de los potenciales votantes defender su democracia de los peligros que la acechan de estos peligros, vayan en solitario o en coalición. Pero nos dejamos convencer porque es más cómodo, porque es más fácil odiar que (auto)cuestionarse todo. Y nuestra será la responsabilidad. Porque no es cuestión de frenar la oferta, sino la demanda. Es una guerra: la de política más odio, o la de política más razón. Elijan bando.