El ilustrador salmantino de las manos en llamas

Ricardo Cavolo, delante de 'conan', en su estudio de Barcelona. /Lunwerg
Ricardo Cavolo, delante de 'conan', en su estudio de Barcelona. / Lunwerg

Ricardo Cavolo publica 'Jumpry. Autobiografía', la narración ilustrada de su infancia y juventud jalonada por los demonios de la depresión y el antídoto de un hijo

Victoria M. Niño
VICTORIA M. NIÑOValladolid

La lista de las 23 casas habitadas, los reproches de escolares poco amigos, el refugio del dibujo, los viajes con su padre a Gredos, los compañeros 'comiqueros' de su soledad, la vida con los gitanos de Ciudad Rodrigo, la fría Salamanca y el confortable anonimato del mapamundi, los primeros contratos, dos lustros de adicción al trabajo, una depresión y una compañera que la aguanta y finalmente, un hijo. Brochazos de las 320 páginas de la autobiografía de Ricardo Cavolo que se despide con ella de Jampry, el niño que fue.

El ilustrador que ve tanto como sus personajes –dotados de cuatro ojos–, el que puebla de corazones y llamas todas sus creaciones, ha tenido que rebasar la treintena larga para sentirse, para dejar fluir sus emociones, como una parte más de su vida y de su trabajo. 'Jamfry. Autobiografía' (Lunwerg) es su último libro, tras el éxito de 'Periferias', '100 películas sin las que no podría estar vivo' y 'Historia ilustrada de la música', y el primero en el que prueba sus credenciales como escritor.

«No hay Cavolo escritor, solo que entendí que lo necesitaba para contar bien lo que tenía que contar. Cuando escribes, debes saber sobre lo que escribes y en este caso conocía bien la materia», dice. Dejar constancia con palabras de su historia fue un intento de aprehender su vida, «se me ocurrió durante la terapia y también por lo que me decía mi padre que cuando tienes un hijo vienen muchos 'feedbacks' a la cabeza. Algunos vuelven, otros los pierdes para siempre. Me di cuenta de lo importante que es lo que te pasa. Luego cuando lo escribes es como cuando estudias y haces esquemas, una manera de reescribir tus recuerdos que te lleva a aprenderlos mejor».

Melancólico

El libro lo abre una carta de su padre y otra de su novia, ambos artistas. A Álvaro le debemos la explicación de por qué Jamfry, «desde los primeros meses se te puso una mirada de chico duro en una cara sonriente», así que Bogart fue el referente. María Herreros, por su parte, advierte de que Ricardo «siempre llevará un niño triste dentro». Cavolo matiza, más que triste «melancólico» y la aceptación de la tristeza como parte de la vida. «No todos podemos ser tan triunfalistas, sonrientes y optimistas como la televisión, el cine o ahora las redes sociales nos obligan a ser», sostiene el autor en su libro. «Además la melancolía es oro para un artista». Este admirador de Conan, Indiana Jones y los Simpson es refractario a hablar de su obra, aunque tenga plena conciencia de su condición de artista, –«mi patria verdadera es el dibujo y la pintura desde que tengo uso de razón»–. Prefiere no buscar razones para las llamas, los ojos dobles, el barroquismo colorista que ahora tiende a aligerarse. «Quiero quitar verborrea. Voy directo a lo que quiero contar. Por otra parte, prefiero que el público genere su propia lectura sin dar explicaciones. La obra la recibes según tengas el día, el momento, me gusta esa variedad. No me considero con verdad absoluta, que cada uno reaccione como quiera».

Ese estilo se forjó a base de trabajo, al igual que su querido Dubuffet y el 'art brut', sin interferencias académicas, como alguna que vivió en la Facultad de Bellas Artes. Una Erasmus en Milán, un máster en Madrid, sancionaron un camino tomado hace tiempo que encandiló a compañías internacionales. Mudanzas y encargos encadenados que comenzaron en el Circo del Sol diluyeron la melancolía de Cavolo hasta convertirle en «un androide» productor. Salió de aquella gracias a María Herreros, a su padre, a Gredos. Dominó los demonios hasta poder nombrarlos y mantenerlos en un rincón del alma. «El libro no tiene afán de ayudar, es egoísta, para mí. Tampoco es conclusivo, no por contar los problemas quedan solucionados».

Cavolo ha aprendido a parar, a vivir el presente con la intensidad antes reservada al papel. Despide a Jampry, de aquel niño le queda la mirada y las ganas de dibujar –se tatuó las llamas en sus manos que recuerdan el deseo ardiente de comunicarse– y se concentra en un libro sobre su otra familia, los Simpson.