Ignacio Martín Verona: «El demonio está tan lejos de los juzgados como puede estarlo Dios»

Martín Verona, ante el Monasterio de San Joaquín y Santa Ana, escenario de uno de sus relatos. Henar Sastre/
Martín Verona, ante el Monasterio de San Joaquín y Santa Ana, escenario de uno de sus relatos. Henar Sastre

El juez y escritor reúne en un libro cuatro relatos sobre el diablo ambientados en Valladolid y en diferentes épocas

Jesús Bombín
JESÚS BOMBÍNValladolid

Entre la asepsia mecánica de la redacción de sentencias y las tramas literarias se desdobla el titular del Juzgado de Primera Instancia Número 12. Siempre con su ciudad y sus personajes como protagonistas nucleares o colaterales, Ignacio Martín Verona (Valladolid, 1966) reincide en una mirada literaria de proximidad en 'Relatos del diablo' (Eolas), cuatro narraciones en torno a la figura de Satán campando por el Monasterio de San Joaquín y Santa Ana, un piso de la calle Pelícano y otro de la plaza de las Batallas, la Catedral, el Teatro Zorrilla... «Me reconozco como escritor local», presume sin rodeos quien antes ha publicado 'Crónica de una conspiración carlista' (2005), 'La corte de los ingenios' (2012) y 'La tabla de Himler' (2016).

–¿Tanto ha llegado a interesarle la figura de Lucifer como para dedicarle un libro de relatos?

–Ha sido un proceso de tiempo, una serie de historias que han ido convergiendo con el mismo hilo conductor. De hecho hay un buen número de leyendas de Valladolid relacionadas con el diablo.

–Aparece la iglesia de San Joaquín y Santa Ana como lugar donde se practican exorcismos. ¿Es un relato con base en una historia real?

–Sí, está basado en un procedimiento judicial que arrancó a partir de la denuncia de unos tíos de una menor de edad, que se archivó porque todos los implicados se desdijeron. Toda la historia me conmovió, me sirvió para relacionar el convento con un entorno propicio para manifestaciones de este tipo relacionadas con lo extrasensorial, algo que está documentado y de lo que hay referencias.

–¿Ha averiguado mucho sobre exorcismos?

–Todos tenemos en mente títulos como 'El exorcista' o 'La semilla del diablo' pero el tema no es para tomarlo a broma. Uno, cuando empieza a leer, a mirar contenidos en Internet sobre sobre sesiones de exorcismos, descubre que en Roma se forman exorcistas, te das cuenta de que el trato con el diablo es muy personal. Hay especialistas en la Iglesia que se enfrentan al demonio con las armas de las creencias católicas.

–¿Cree en el diablo?

–En la iconografía católica, no. Creo que existen otras realidades que no podemos percibir con nuestros sentidos en nuestro limitado ámbito de conocimiento sensorial. Igual que se habla de los multiversos desde la perspectiva científica de que pueden existir varias realidades paralelas, y de las teorías que aún la ciencia no ha sido capaz de conciliar, pienso que existe una realidad al margen de lo físico. El diablo como referencia de maldad es una forma de explicar las cosas desde un punto de vista espiritual. Por eso dedico el libro a las personas que iluminan, que abren otras perspectivas, ángeles que te hacen abrir los ojos.

–En un tiempo donde lo material y lo instantáneo son corriente dominante ¿hay tiempo para pensar en el diablo?

–El diablo ocupa el mismo sitio que Cristo en una persona católica que va a misa todos los domingos. Es una referencia cultural heredada y muy formal de lo que puede significar el mal. Creo que la gente no lo asume de una manera profunda, sino como realidad muy tangencial y rutinaria. Suele decirse que la gran victoria del diablo en el siglo XXI es hacernos creer que no existe.

–¿Usted lo cree así?

–Estamos en el albur de una etapa distinta de la humanidad. Tarde o temprano tiene que abrirse paso una forma distinta de ver la vida con una perspectiva más trascendente, y no hablo en términos de ponernos a rezar y hacer ritos, sino desde el punto de vista íntimo y personal, dándonos cuenta de una realidad que no somos capaces de ver porque vivimos acelerados.

–¿Frecuenta el diablo más los juzgados que otros lugares?

–En los juzgados tratamos de aplicar leyes y muchas veces las leyes están lejos de la justicia. El diablo está tan lejos de los juzgados como puede estarlo Dios. Vivimos en un positivismo de querer resolver los problemas de manera inmediata y falta la reflexión profunda de saber para qué hacemos las cosas.

–Un vallisoletano que publica en una editorial de León es una anécdota refrescante en un ambiente de enfrentamientos provincianos.

–Me encanta haber publicado con Eolas. Cuando coincidí con Héctor, el director, y le ofrecí el libro, conectamos de inmediato a nivel personal, en gustos literarios y perspectiva de vida. Todo lo demás son temas superficiales, Castilla y León tiene mucho que ofrecer en el ámbito cultural.

–¿Ha pensado novelar su día a día en el juzgado?

–La verdad es que no. Hay personajes e historias inspiradoras, pero por allí pasan muchos temas de bancos, de reclamaciones de todo tipo que dan poco margen para la poesía y la literatura. Me llena de alegría cuando llega al juicio una persona de un entorno rural y te salta una expresión que te ilumina un poco.

–¿Cómo se ve la sociedad desde la mesa de su juzgado?

–Veo una parte pequeña, pero es un balcón privilegiado. Tengo la sensación de que los conflictos humanos se siguen reproduciendo como las tragedias griegas: hermanos que se pelean por una herencia, la mujer que trata de que la amante no se beneficie de los bienes del marido, los socios que acaban discutiendo por una empresa que no sale bien... son los temas de siempre reproducidos en versión moderna, en definitiva, las pasiones humanas de siempre.

–¿Es activo en redes sociales?

–No, y cada vez menos. Tengo Facebook para cotillear y enterarme de cosas a nivel profesional y sobre literatura. Y me he borrado de la mayoría de los grupos de wasap; al final es como si hubiéramos convertido nuestra vida en el patio de vecinos que siempre hemos criticado.