Asesores

Ahora hay gobiernos que quieren la ayuda de escritores de ciencia ficción

El escritor Ian McEwan. /Efe
El escritor Ian McEwan. / Efe
Ciro García
CIRO GARCÍA

Este verano he leído con sorpresa que algunos gobiernos están reclutando escritores de ciencia ficción a modo de consejeros. No sé si es una mejora con respecto al vilipendio, a veces injusto, otras no tanto, que ha sufrido siempre el género. Esa negación pertinaz de algunos autores a reconocerlo, hasta el punto en que cuando escriben ciencia ficción, niegan hacerlo. El último es Ian McEwan, que acaba, o está por publicar cuando escribo estas líneas, una novela sobre robots, o inteligencia artificial. Nabokov también se escandalizó cuando se sugirió que 'Ada o el ardor', cuyos personajes tienen cuernos y alas y viven en otro planeta, podía ser ciencia ficción. Nabokov, muchos de cuyos cuentos y novelas están salpicados de elementos fantásticos, o son directamente fantásticos. No creo que estos autores, y otros tantos reluctantes, hayan tenido en cuenta el aserto de Sturgeon: Cierto que el 90% de la ciencia ficción es mierd a, pero es que el 90% de todo es mierda, es el 10% restante lo que importa.

Pero, como decía, ahora hay gobiernos, que quieren la ayuda de los escritores de ciencia ficción. Resulta curioso, porque, por ejemplo, en los Estados Unidos, no hace tanto, el FBI los vigiló estrechamente, no fuera a ser que, dado a lo justo y avanzado de algunas sociedades que describían, o por esa manía suya de denunciar problemas sociales presentes vistiéndolos de futuros, fueran todos o casi todos, una panda de criptcomunistas. Pero ahora, algunos políticos piensan que la respuesta está, no soplada en el viento, sino en libros de ciencia ficción. Sobre todo esos catastrofistas, distópicos los llaman, que tanto venden ahora, y tanto me cansan. Será prejuicio mío, pero estimo que la mierda cubre más del 90% de estos, aunque hay muchos magníficos. Sin embargo, ni se plantean la búsqueda de soluciones sensatas. Les sería muy útil, por ejemplo, leer a Kim Stanley Robinson.

Robinson, que no es tonto, es también un tanto catastrofista, pero esperanzador. Lo que es más, lleva décadas apuntando posibles soluciones. Soluciones factibles, al alcance de la gente, de la gente de ahora, y de la gente de hace veinte años y treinta. Sus dos últimas novelas, 'Nueva York 2141', y 'Luna Roja', apuntan más o menos en la misma dirección. Robinson siempre ha pensado que el capitalismo es el centro de todos los problemas. Y el último capitalismo, el neoliberal, ese del que Teacher dijo que era lo único que funcionaba, afirmación a la que todos asintieron sin chistar, incluso las izquierdas democráticas – la misma Teacher dijo que Blair, el laborista, era su mayor logro, podría decirse lo mismo de Felipe González y sus herederos, de cualquier socialdemócrata europeo–, sería el peor de todos. Bajo su égida vamos todos, juntos de la mano, a la destrucción. Lo estamos viendo, pero no acabamos de creérnoslo. Lo mismo que los habitantes de Nueva York 2141, que han sufrido crisis tras crisis, desastre tras desastre. La novela, de forma muy divertida, y con muy mala leche, nos explica, clarito, cómo el sistema nos esquilma, como este capitalismo moderno no es otra cosas que una gran estafa piramidal. La solución que finalmente hartos, la venda caída, adoptan los protagonistas, es simple. Nada de revoluciones armadas. El dinero real está en la gente de a pie. Basta con que la gente de a pie deje de pagar. Y se apoye entre sí.