«Nuestras lágrimas en la lluvia por Rutger Hauer»

«Nuestras lágrimas en la lluvia por Rutger Hauer»

El actor que encarnó al replicante de 'Blade Runner' falleció el pasado 19 de julio

David Felipe Arranz
DAVID FELIPE ARRANZValladolid

Si no lo dijo alguien, lo diremos nosotros: el utrechtense Rutger Hauer es todo un cine. El actor rubio y de ojos azules, efectivamente, queda para siempre en el imaginario colectivo como el mercenario Martín de Los señores del acero, el caballero licántropo Navarre que amaba a la volátil Michelle Pfeiffer de Lady Halcón… y Roy Batty, el vehemente replicante que no paraba de hacerse preguntas ontológicas en Blade Runner, su rol por antonomasia. La suya era una cuestión de adecuación del personaje al cuerpo, del texto a la belleza: su rostro, de formas cuadrangulares y barbilla prominente, bien lo hubiese podido tallar Miguel Ángel en las canteras de Holanda. Hauer era el emisario de los dioses del cine, el soporte sobre el que el cineasta cincelaba sus personajes que después el actor trasladó al papel. Publicó en 2008 un magnífico ensayo de tono intimista en colaboración con Patrick Quinlan que todavía no ha sido traducido en España: All Those Moments: Stories of Heroes, Villains, Replicants and Blade Runners. Hijo de actores teatrales, poeta de cafetín y soldado ocasional en el Ejército de los Países Bajos, en sus memorias cuenta cómo su soporte fue el gran amor de su vida, la escultora y pintora Ineke Ten Cate, con quien estuvo casado desde 1985 hasta el final de su vida. Comprometido con el medio ambiente y luchador activista contra el SIDA –fundó la Rutger Hauer Starfish Foundation–, Hauer nos enseñó que el séptimo arte era una cuestión de estética, personalidad e inteligencia.

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Porque Hauer se despliega en el celuloide desde el gótico a Los Ángeles de un futuro que ya es presente. Nos ha dejado a los setenta y cinco años después de una «breve enfermedad» –dice su agente con esa parquedad misteriosa de los agentes– el formidable actor neerlandés, que se inició en filmes sobre el fondo común de picarescas hazañas, contando el amor a la holandesa en Delicias turcas o Flor al viento, e incluso las aventuras y proezas sexuales de la seductora Katty Tippel, cantadas y contadas primero por el novelista Neel Doof, y de Eric, oficial de la reina, cinta sobre la resistencia holandesa en la II Guerra Mundial y basada en el libro de Erik Hazelhoff Roelfzema, ambas dirigidas por su amigo Paul Verhoeven. Incluso protagonizó con la carnal Sylvia Kristel una magistral novela de Knut Hamsun, Misterios, dirigida por Paul de Lussanet, que lo consagró como el actor holandés de moda. En el tiempo de los Países Bajos dio así impulso ascendente a su carrera apoyándose en un cierto goticismo ojival, truhanesco y protestante que se llevó consigo a Hollywood. Sus grandes arrebatos eran propios de los héroes de novela calvinista, de un Guillermo de Orange que comenzaba a hacer las Américas.

En Estados Unidos su filmografía es irregular, abultada y barroquizada de títulos olvidables, pero salpimentada de obras maestras, en las que Hauer siempre ofreció sus recitales en plena madurez y en el otoño de su vida. Junto a los títulos arriba mencionados no podemos olvidar Clave: Omega, del maestro Sam Peckinpah, en el que interpreta a un agente de la CIA; la angustiosa Carretera al infierno, de Robert Harmon, en la que ofrece uno de los mejores autoestopistas psicópatas del séptimo arte desde la película de Ida Lupino; y un inolvidable papel secundario como espía letal en la maravillosa Confesiones de una mente peligrosa, de George Clooney, ese impresionante baño de acción y artificio basado en las memorias de Chuck Barris que sigue sin reivindicarse. De entre sus filmes italianos descuellan dos obras maestras: La leyenda del santo bebedor, de Ermanno Olmi, basada en el relato homónimo de Joseph Roth, y una joya de cine periodístico, Una noche de claro de luna, de Lina Wertmuller, que tiene mucho que ver con su batalla contra la expansión del SIDA y con una Nastassja Kinski más bella que nunca.

Rutger Hauer se robotizó en Blade Runner por obra y gracia de Ridley Scott para hacernos las grandes preguntas: eclipsó a Harrison Ford en sus apariciones y nos presentó su imponente esqueleto, su armazón de músculo, sangre y circuitos. Era el guerrero supremo que saltaba de azotea en azotea bajo la lluvia ácida castigando al detective, en busca desesperada de su propio origen. Fue un robot fibroso y seductor quien nos mostró nuestras hermosas miserias, nuestra necedad y nuestras contradicciones: fue un androide que mató a su padre en la cúpula de un zigurat del futuro, fábrica de cientos de hombres de circuitos y células que eran enviados a la explotación de minas siderales, pero que, contra todo pronóstico, desarrollaron alma. Hauer nos redimió de nuestras imperfecciones porque él también quería ser imperfecto; y nos sujetó de una mano antes de caer al vacío de nuestra soberbia. Para quienes lo admiramos, hoy sabemos gracias a él que todos esos momentos se perderán en el tiempo, como nuestras lágrimas por él… en la lluvia de un anochecer azul. Desde entonces, el mundo ocurre tal y como lo pronosticó aquel replicante. Es decir, Rutger Hauer.