Serpenteo entre naturaleza

Corzos en la Sierra de la Culebra. /Pedro Uribarri
Corzos en la Sierra de la Culebra. / Pedro Uribarri

Un paisaje sorprendente entre flora exuberante y fauna salvaje y playas fluviales, culminado por una gastronomía sencilla y sabrosa

Antonio G. Encinas
ANTONIO G. ENCINASValladolid

A la derecha de la carretera aparece un enorme encinar, la Dehesa, que antaño fue centro de trabajo para muchos. A la izquierda hay, aún, algunos campos trabajados, mezclados con encinas, jaras y robles que se yerguen impresionantes junto a la ribera de un arroyo seco en verano, el Castrón. Enfrente, pasado el pequeño repecho de la carretera, surge la imagen de la sierra de la Culebra con sus pinares reforestados. Atrás han quedado 'los valles' de Benavente, con sus choperas cuadriculadas colocadas de mayor a menor como 'matrioskas' destinadas a la producción maderera.

A veces es solo el paisaje. Una carretera secundaria tranquila en esa España vacía que se rellena en agosto, sobre todo en torno al día 15, y en la que un vistazo alrededor invita a aparcar. Se puede seguir, cruzar la Nacional y culebrear por la Sierra. Se puede respirar, coger moras si es tiempo, disfrutar del verde. Se puede palpar el tiempo repetido, el día anterior y el siguiente, sin alteraciones, con pausa.

Para no perderse

La ruta
Entre Tábara y Sanabria y con el límite del río Tera en el norte.
Recomendable
Espectacular para ir en moto, agradable para ir sin prisa con el coche y dejarse embaucar por el paisaje.
Las sorpresas
Las playas fluviales, limpias, con chiringuitos bien acondicionados y sin masificar.
Otras épocas
A finales de septiembre se puede escuchar la berrea de los ciervos, incluso observarlos si se va acompañado de algún experto de la zona.

O se puede comenzar la búsqueda de las sorpresas. Si se empieza por Tábara, al sur de lo que es una reserva de caza sembrada de corzos, ciervos, jabalíes y lobos, la carretera lleva de bruces a la torre imponente de su iglesia, que alberga en su interior un centro de interpretación de los beatos, códices que tuvieron allí, en un monasterio hoy desaparecido, un enclave fundamental. La arquitectura tradicional comienza allí a derivar desde el adobe creador de casas-botijo que son un oasis en verano hasta la piedra sanabresa, ya más al noroeste.

El río Tera y los embalses proporcionan otra de las grandes sorpresas, las playas fluviales que jalonan la zona. Desde Camarzana de Tera, municipio pegado a la autovía, hasta la playa de Los Molinos, en Villaderciervos, o la de Cional, camino de Codesal, o la poza natural de Santa Croya. O, por supuesto, las cuatro zonas de baño del Lago de Sanabria. Lugares en los que refrescarse en sentido estricto, porque el agua, eso sí, es para valientes. Destinos a los que llegar sin prisa, disfrutando de las curvas de la carretera, despistando al GPS para acabar en lo alto de una presa en Manzanal de Arriba (embalse de Cernadilla).

La Sierra de la Culebra abarca cuatro espacios geográficos de la provincia zamorana: Sanabria, Carballeda, Aliste y Tábara. Lo que equivale a decir, todo lo demás al margen, gastronomía. Desde lo aparentemente más simple, como esas hogazas de pan de Mombuey –o de Manganeses de la Polvorosa, que también se distribuyen en la zona–, con sus dos kilos de peso que empequeñecen esas barras raquíticas de 200 gramos de los supermercados, a las carnes, con esa ternera alistana que es una delicia. Son muchas las carnicerías que fabrican sus propios embutidos en los pueblos de la Sierra de la Culebra, como la carnicería Blanco, de SantaCroya. Y hay restaurantes escondidos por los que merece la pena preguntar. El de Litos, pueblo orillado en el camino de Tábara a Ferreras de Abajo, con su carne asada y su inaudita carta de vinos. Casa Pepa, en Ferreruela de Tábara (pata de terneta); El Empalme, en Mombuey (especialidad en setas); O Careto, cerca de Rihonor pero en el lado portugués, en Varge, ya en Portugal, casi en la frontera, con su bacalao a la brasa...