Cuerpos extraños, extraños cuerpos

Cuerpos extraños, extraños cuerpos

El papel del médico forense es esencial en la investigación de delitos. La autora quiere hacer un homenaje al trabajo de estos especialistas de la medicina legal que permiten completar el puzzle del crimen, desvelando lo que cuentan los muertos y lo que no cuentan los vivos

M. J. PASCUALvalladolid

Siempre me estropean la partida y justo cuando mi compadre Antonio está en racha, que es como si una lengua de fuego del Espíritu Santo se colocara sobre su cabeza y le iluminara esa sabiduría que tiene y que pocas veces saca del pozo. ¡Con lo fresquito que se está en la cantina, en penumbra y con el suelo llenito de serrín! Dios, no veo la hora de jubilarme, atender mis tomates, el mus y, de vez en cuando, hacerle los honores a un pichón de esos que tan bien condimenta Cecilio con los boletus. Se pone de los nervios cuando hago que me encuentro el perdigón en el guiso y lo escupo delante de los clientes. ¡Hay que ver qué carácter tiene este hombre...!

Cosas peores se encuentra uno en los cuerpos humanos, vivos y muertos. Para que luego me digan los neorrurales que qué cosa mala va a pasar en Tierra de Campos, que es un paraíso Pues que le pregunten a la Guardia Civil, que le pregunten, que hay cada atestado que salta con la canícula estival y la luna llena... la España profunda, oiga.

Es verdad que sesenta años de profesión dan para mucho. De todo ha pasado por la morgue, como aquella delicada jarrita de porcelana china que tenía incrustada un impenitente solterón de la comarca justo donde la espalda pierde su casto nombre. De una bacanal que venía, me confesó, contrito y abochornado. Milagro era que pudiera andar.

¿Pero quién le ha hecho esto, hombre de Dios?

La señorita Petra. En pleno éxtasis amoroso. Tirando de la pastillita azul, ya sabe lo que es eso, doctor. Una cosa lleva a la otra, y la cosa se te va de las manos.

Fue un caso ciertamente aparatoso, sí, pero cosa de poco. Lesiones leves. No, no, qué dice usted hombre, la porcelana no me la quedé de recuerdo.

Y no es que me impresione a estas alturas de la película, pero es que, algunas veces, lo que traen... Da un poco de grima pensar que un hombre viva cuatro años con una bala incrustada en sus partes. Instintivamente, te llevas la mano a la bragueta. Cuatro años con una bala en la región perineo-escrotal, un milagro, un verdadero milagro de la Santa Muerte. Así se las gastan los taxistas en su país, si es que era verdad que le había disparado un taxista y no un sicario. ¡Como para no pagarles una carrera! Que hay mucho cártel y mucho narcocorrido por allá.

«Es que son mucho peor los vivos que los muertos», sentenciaba mi Carmen, pobrecilla, qué pronto le dimos tierra. Tal vez sea que yo estoy más cómodo con estos que con aquellos. Además, cuando les preguntas, los finados no mienten. Aunque es verdad que algunos te dejan más preguntas que respuestas cuando te imaginas quiénes eran, cómo eran, a qué se dedicaban, cómo amaban y porqué han terminado sobre el mármol de mi mesa. Como el de los doce tatuajes, mi misterio particular desde hace quince años y ya, lo confieso, mi hobby secreto.

 

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