El Norte de Castilla

Feliciano Martín cara a cara con una de sus cientos de creaciones artísticas a base de madera.
Feliciano Martín cara a cara con una de sus cientos de creaciones artísticas a base de madera. / JORGE HOLGUERA

El silletero de Cantalpino aún pone en práctica la artesanía de sus abuelos

  • Feliciano Martín Cascón: Artesano silletero

  • Dedica horas a la fabricación de objetos y esculturas que nacen de piezas de madera, de donde las extrae de forma totalmente manual

La provincia de Salamanca está repleta de sorpresas. Una de estas mañanas de niebla, en el momento en que las nubes empezaron a alzar y dejar ver claramente las calles de Cantalpino, varios vecinos aprovechaban las primeras horas del día para barrer la puerta de casa, y no sólo eso, sino que todo lo largo de la fachada. Ese afán trabajador es innato en los cantalpineses y también se hace patente en la historia del artesano silletero.

Historias como la de Feliciano Martín Cascón hacen de la provincia un gran cofre cargado de tesoros por descubrir, o mejor dicho, ocultos. Se trata de un vecino que ya está jubilado, pero no retirado de su vocación, que es la artesanía. Aprendió el oficio de silletero que aprendió de su padre y abuelo. A los 17 años de edad se fue al País Vasco, pero años más tardes, circunstancias de la vida le hicieron volver a tierras charras.

Fue a parar a Babilafuente, a un lugar natural, cerca de los manantiales tenía su casita, donde entre reparar sillas y lo que le daba el huerto podía sobrevivir. No hay que olvidar que los cantalpineses también son habilidosos hortelanos. En el lugar que vivía este hombre, que ahora si reside en su pueblo natal, había olmos (negrillos) que se vieron afectados por la grafiosis. Aquel hongo les hacía caer y este habilidoso artesano se encargaba de convertir cada trozo de madera en utensilios, en muebles e incluso en esculturas.

La casa de Feliciano Martín es un museo cargado de objetos tallados en madera. La creatividad de este habilidoso cantalpinés se puede ver reflejada en numerosos utensilios que han sido íntegramente fabricados a mano. «No tengo nada de herramientas», declara. Tiene desde peines habilidosamente fabricados en maderas de diferentes especies de árboles, pasando por utensilios de cocina, pequeñas esculturas, e incluso muebles.

El arte de Feliciano Martín es especial, pues no piensa lo qué quiere fabricar sino que una vez que comienza a trabajar la pieza de madera en cuestión, saca de la misma lo que naturalmente esta da de sí. De ahí que sus obras de arte se puedan considerar únicas y exclusivas.

Sus herramientas son la azuela de labrar de carpintero, el hacha, las cuñas y otros elementos que han de ser accionados con las manos.

A Feliciano Martín no le gusta denominar a lo que hace ni afición, ni hobby, porque «esto tiene mucho trabajo», justifica, aunque reconoce que «no se puede de vivir de ello, porque a la hora de hacer algo si tuviera que valorarlo no merecería la pena». Un ejemplo de esta imposibilidad de poner precio a sus objetos es que dedica horas indeterminadas a cada pieza, por ello dice, «aquí hay miles de horas metidas».

Feliciano Martín es hijo y nieto de silleteros, él también sabe el oficio. Su hijo, Carlos Martín, quiso dedicarse a la madera, que es su pasión, pero hoy día, a causa de la crisis, no se puede vivir de la profesión. Carlos Martín estudió carpintería en la Diputación, incluso tuvo carpintería propia pero la falta de trabajo le hizo buscarse la vida en Valencia.

Feliciano Martín considera que si fuera en el País Vasco, no se dejaba perder un oficio así, como el que desaparecerá con él en Cantalpino y otros artesanos en toda la región.

En estos momentos los oficios artesanales que daban identidad a las localidades están en vías de extinción, Feliciano Martín es el último silletero de Cantalpino. Otros pueblos también están viendo morir su artesanía; Villoruela, la mimbre y Cantalapiedra la alfarería, entre otros.

Espadaña

Volviendo al oficio familiar de Feliciano Martín, este relata que los artesanos silleteros reparaban las sillas, y lo que se deterioraba con más frecuencia era el asiento que estaba fabricado de espadaña. Precisamente el asiento de espadaña sólo se puede hacer a mano, quizá por eso ya no se fabrican las sillas de espadaña.

Asimismo, Martín explica que en los meses de julio y agosto iban a buscar la espadaña: «se segaba, se extendía hasta que se secaba, luego se guardaba y antes de utilizarla la teníamos que ablandar durante 24 horas». No obstante, «eso no daba para vivir, era una forma más de ayudar a la casa, porque cuando venía la época de la siega, había que trabajar allí», explica.