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De vuelta al pueblo

INVESTIGACIÓN

De vuelta al pueblo

Un estudio antropológico sobre población impulsado desde el CSIC constata una tendencia de retorno de emigrantes a Castilla y León

16.09.13 - 00:19 -
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En Castilla y León, paradigma de tierra golpeada por la despoblación, se está apreciando una tendencia de regreso de quienes marcharon hace años a otras regiones o al extranjero y optan por volver al pueblo que en su día decidieron abandonar. Un proyecto de investigación impulsado desde el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) pone el foco en los retornados al campo en Castilla y León y alude a esta «contratendencia» a la despoblación, aportando claves sobre quiénes son los que retornan y por qué razones lo están haciendo.

Este trabajo, coordinado por el antropólogo Luis Díaz Viana junto a los profesores universitarios Óscar Fernández, Pedro Tomé y Ángeles Valencia, verá la luz a final de mes con la publicación del libro 'Dónde mejor que aquí? Dinámicas y estrategias de los retornados al campo en Castilla y León', en el que se recoge esta idea y se reflexiona sobre la emigración y el retorno. «En antropología estimamos como relevante estudiar lo raro, lo singular y en ese contexto apreciamos que según las cifras desde 1950, la diáspora de Castilla y León ha sido continua, pero hace tiempo que se da una contratendencia, esa cosa mínima, rara pero real de gente que vuelve. Y queríamos ver si ese fenómeno podía darnos las claves para paliar una situación en una región como la nuestra, en la que ha predominado el abandono del campo, estudiando casos concretos que nos enseñaran claves de cómo se vuelve exitosamente al campo», explica Luis Díaz Viana.

El estudio toma como referencia comunidades del mundo rural de León, Ávila y Valladolid y no es su fin principal ofrecer una descripción numérica ni estadística. En este contexto, se alude a un fenómeno común de jubilados que al finalizar su etapa laboral en las grandes ciudades inician el camino de vuelta al pueblo del que salieron en su juventud. «Es un fenómeno constatable y hasta lógico; hemos hecho numerosas entrevistas y la respuesta que nos daban a por qué volvían era la misma: 'Me preguntaba qué hacía yo allí (en Madrid, Barcelona o Bilbao en muchos casos) si ya no tenía que trabajar'».

A la hora de apostar por el retorno, esa idea –según los autores del estudio– suele verse reforzada por el hecho de que la vida resulta más barata en el medio rural, con posibilidades de disfrute añadidas que una gran ciudad difícilmente ofrece, por ejemplo, si se quiere disponer de un huerto. «Pero hay una razón última –abunda Díaz Viana–, y es la de la comunidad en cierto modo ideal e invisible, que es una comunidad de vivos y ausentes. Y en estos últimos están los fallecidos pero también los que no están pero pueden volver en un momento dado. Mucha gente nos responde eso, que vuelven porque dónde mejor que al sitio en el que pueden ser enterrados con los suyos». Se trata, en su opinión, de una razón cultural que es preciso tomar en consideración. Tanto, estima, como el hecho de que cuando los emigrantes marcharon a la gran ciudad subyacían motivaciones vitales de tanto peso como las económicas. «Hemos encontrado testimonios interesantes de gente que reconoce que cuando algunos decían 'Vámonos a Alemania' iban a la casa del pueblo donde se apuntaban y lo comentaban con esa banalidad. Por supuesto que primaba la razón económica, el afán de mejorar, pero no solo eso: yéndose tenían más posibilidades de encontrar un trabajo pero también una pareja. Este argumento a veces se desdeña y contribuye a que las políticas de rejuvenecimiento del campo fracasen, pues hay mucho que cambiar en la percepción del mundo del campo para que los jóvenes no vean que se les cierran posibilidades».

En el estudio que se publicará dentro del catálogo del Instituto de Estudios Europeos de la Universidad de Valladolid, se reseña que quienes retornan poseen una gran capacidad de atracción, de arrastre que hay que hacer fructificar. «Esa gente es un motivo para que puedan volver hijos y nietos siempre que encontraran condiciones favorables para ello; hay casos donde es más fácil, con gente que tiene casa en la ciudad y en el pueblo, y lo bueno de esos regresos es que se mantienen las viviendas, se reconstruyen, se ponen en funcionamiento locales, las fiestas patronales se reactivan e incluso se reinventa alguna... en definitiva, hay vida, pues en no pocas ocasiones esos retornados con experiencia de haber vivido fuera crean asociaciones y aportan ideas nuevas con relación a los recursos que ya existían en el campo, abren negocios, en algunos casos casas rurales o vinculados a la agroalimentación».

La investigación coordinada por Luis Díaz Viana desmonta tópicos como que el contingente de retornados esté formado en exclusiva por ancianos o que el progreso está en las ciudades y por tanto hay que dejar morir los pueblos. «El futuro está más en repensar las relaciones entre el campo y la ciudad, de modo que el mundo rural no sea el patio de atrás de las urbes y se pueda habitar en él sin sentirse en desventaja».

El rol activo de las mujeres

Frente al argumento económico que habla de lo costoso que resulta mantener los pueblos, el antropólogo sostiene que «según y cómo». En este ámbito, apunta al caso paradójico de las urbanizaciones, «que nos han resultado carísimas a costa de una ingente cantidad de obra pública, conexiones y carreteras; eso sí resulta más oneroso».

Otro de los aspectos al que apunta el análisis es el papel de la mujer en el regreso al pueblo, reticente al principio por una razón cultural relativa a su rol: «Piensan, y no les falta razón, que al volver al mundo rural tendrán más limitaciones que en el lugar donde vivían, donde trabajaban, salían, se relacionaban y tenían sus círculos de amistades; se lo piensan más, pero una vez que dan el paso suelen ser más activas que los hombres en esa reincorporación, y con más iniciativa a la hora de buscar recursos o poner en marcha negocios».

La percepción del valor del tiempo es uno de los elementos más apreciados por quienes regresan. «Estamos viviendo un cambio de era. Por efecto de las innovaciones tecnológicas hemos perdido la consciencia del tiempo, que casi no existe porque vivimos en la inmediatez; hay como un desnortamiento de tiempo, de lugar y de memoria que la gente que vuelve piensa que recupera o puede recuperar».

En definitiva, dice Díaz Viana, «es una bendición poder anclarse a una realidad y de nuevo poder decir que vives en un lugar en el que conoces a los que te precedieron, que había gente allí con una historia antes de tí de la que eres consciente, una memoria que une el tiempo con el espacio. Hay gente que te puede contar de dónde venimos, qué somos y hemos sido y todo esto ha hecho quiebra en el mundo actual hasta el punto que muchos desasosiegos y enfermedades psicológicas tienen que ver con ese desnortamiento, que además hace a la gente manipulable y olvidadiza».

En el estudio se consideran los pueblos como lugares de progreso y de retorno, y se apela a poner en marcha estrategias institucionales para aprovechar el aporte de esta emigración de ida y vuelta que haga del retorno una elección de futuro.

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