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Y una vez más, gracias, Cuéllar, desde Londres

OPINIÓN

Y una vez más, gracias, Cuéllar, desde Londres

«En los encierros de Cuéllar también entran en juego la fraternidad, el sacrificio y el arriesgar la vida por los demás si es preciso»

02.09.13 - 22:38 -
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«Si hubiera podido conseguir que este libro fuera realmente un libro, habría procurado que lo contuviese todo». Así es como Ernest Hemingway, mi maestro y mentor en el mundo taurino, comienza el último capítulo de su magistral reflexión sobre la fiesta de los toros, 'Muerte en la tarde'. En esta obra describe Hemingway, a través de frases cortas pero emocionalmente duraderas –como un trincherazo de Morante–, las cosas que había visto en España durante la década de 1920.

Bien, pues, fueron las cosas que yo vi en Cuéllar durante las fiestas del año pasado las que me movieron a escribir una carta de agradecimiento a la villa, mensaje que envié al regresar a Londres y que fue publicado en este periódico bajo el título 'Gracias, Cuéllar, desde Londres'. Escribí aquel artículo como si se tratara de una carta de agradecimiento de un invitado después de haber estado en casa ajena, porque así es como yo me sentí la primera vez que estuve en Cuéllar, como un invitado, si bien había sido enviado por el 'Financial Times'. Ahora vuelvo a escribir otra carta, con la esperanza de que estas líneas sean suficientes para expresar todo lo que tengo que expresar, aunque me temo que no lo serán.

En 2012 llegué a Cuéllar con mi 'hermano de armas' –es la única manera que tengo para referirme a él, porque es como un guerrero– 'Buffalo' Bill Hillmann, excampeón de boxeo en Chicago –la ciudad del mismísimo don Ernesto-, que acabó convirtiéndose en un corredor de encierros que admiro y en un escritor que respeto. Y en Cuéllar conocimos a Dyango Velasco, cuellarano de pro y excelente escultor, que literalmente nos entregó las llaves de la villa.

Este año, Bill y yo hemos regresado con una docena de amigos y Cuéllar ha vuelto a abrirnos sus puertas, más aún si cabe. Y allí hemos disfrutado de la hospitalidad de sus gentes, en el hotel donde nos alojamos, donde pudimos encontrarnos con toreros y forcados, y en el Mesón San Francisco, de Rubén Salamanca, que sirve el mejor cordero lechal asado de la villa. Este lugar ha sido nuestro refugio ideal.

Y de nuevo, como el año pasado, el viejo Luis Quevedo, su bella esposa Soco y su hijo Alberto nos han cuidado extraordinariamente bien a base de solomillo de toro bravo y Ribera del Duero, rico caldo que todas las noches refrescaba nuestros gaznates en La Carchena, el corazón medieval de Cuéllar, donde terminábamos la jornada hablando y hablando hasta altas horas de la madrugada. Y una vez más, José María Yuste, su mujer, Aurora, y sus encantadores amigos nos premiaron con un almuerzo en su casa, la misma en la que vivió y escribió el poeta Espronceda durante su destierro cuellarano. Tampoco ha faltado mi padrino taurino en Cuéllar, el doctor Larry Belcher, el único hombre que pasó de montar los toros en los rodeos de Texas a ejercer como profesor universitario en España –en la vecina Valladolid–, ni Ana Cerón, su encantadora esposa. Pero no quiero repetir la carta del año pasado, aunque sí debo dar las gracias al padrino de todos los extranjeros que hemos pasado por estas fiestas, Joe Distler, depositario de esa sabiduría que brota de casi medio siglo corriendo cada encierro de San Fermín.

En esta ocasión ha venido a Cuéllar por primera vez el veterano fotógrafo de EPA Jim Hollander, después de más de cincuenta años en Pamplona y en lugares remotos sacudidos por la guerra. Durante los encierros, Hollander no ha dudado situarse en el campo, en medio de los pinos, cuando los toros atraviesan el pinar en estampida, experiencia que le ha permitido reencontrarse con los encierros que dejó de correr hace tiempo, cuando él había comenzado antes incluso que Joe (Hollander publicaba entonces las vivencias y sensaciones de esos momentos en 'The Wall Street Journal' y en 'Los Ángeles Times').

También ha estado con nosotros el conde de Westmorland (de joven fue chófer del gran Ordoñez, quien lo bautizó como 'Antonio II'), que ha podido disfrutar de su profundo amor por los toros, los caballos y los lugares más salvajes del mundo viendo a cientos de jinetes conducir las reses desde los corrales, a través del bosque, en esa formidable explosión de polvo, locura y gloria que define el encierro cuellarano. No debo olvidarme tampoco de Richard Dunwoody, campeón de todas las carreras de caballos más importantes de mi país; ni del 'cohete escocés', Angus Ritchie, ataviado con su característica camiseta amarilla de su equipo de fútbol, Partick Thistle.

Pero más importantes que la gran cantidad de extranjeros que han gozado de estas fiestas son las personas de Cuéllar, desde sus pastores, como Enrique Tantano, cuyas patillas me recuerdan a mi viejo amigo Juan José Padilla, a corredores de la talla de Josechu López o Jokin Zuasti. En Cuéllar no se corren los toros con el objetivo de buscar la gloria personal; en Cuéllar también entran en juego la fraternidad, el sacrificio y el arriesgar la vida por los demás si es preciso.

Este año he vuelto a correr los encierros. Y en una ocasión, mi falta de destreza me puso delante de la muerte: los cuernos de un toro de El Canario, a cada lado de mi pecho, y mi cuerpo contra la barrera. Pero nada pasó. Creo que fue el mismo toro el que me indultó. Así que gracias también a los toros –sin los cuales no habría nada–, a la Virgen del Rosario, señora de la feria, que frenó el cuerno izquierdo, y a San Fermín –su imagen va bordada en mi pañuelo–, que detuvo el derecho. (El pañuelo me lo había dado Nicolás Osorio, hijo mayor del actual duque de Alburquerque, cuyo famoso castillo domina la villa).

Agradezco asimismo al alcalde de Cuéllar su generosidad y amabilidad. Jesús García Pastor hace honor a su apellido. Y, por supuesto, mi admiración y respeto para los maestros de la fiesta, los matadores, que aportan la bravura: el austero y elegante El Cid, que cortó dos orejas de un imposible encaste Núñez. (Viéndole torear en Sevilla, allá por el 2007, me aficioné a los toros); y el valeroso Javier Herrero, que demostró honor y generosidad, recibió tres orejas y salió por la puerta grande en la villa que lo vio nacer.

Al final son las cosas intangibles las que más prenden en la memoria: el estado de ánimo, el color de la luz de la mañana, el momento en que se enfría el sudor acumulado durante la carrera y el corazón se desacelera poco a poco, mientras compartes con los amigos las primeras sensaciones y sujetas, con la mano aún temblorosa, una cervecita fresca... O la visión de los jóvenes novilleros, con quienes coincidí en el ascensor del hotel minutos antes de la corrida, incapaces de articular palabra porque tienen las bocas secas, sensación que yo mismo experimenté cuando tuve que enfrentarme a un novillo de Saltillo de tres años. O los alegres peñistas, que nos ofrecían pañuelos y bebidas... Todo esto es lo que atraerá a más gente a Cuéllar, gente que acabará regresando con más gente todavía. Hemingway, con quien comenzó mi afición, también llevó a muchas personas a Pamplona. Nosotros, ahora, vamos a traer a los mejores. Por lo menos, lo intentaremos.

'Thank you', Cuéllar.

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