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Gracias, Cuéllar, desde Londres

OPINIÓN

Gracias, Cuéllar, desde Londres

«Los encierros cuellaranos suscitan unas sensaciones tan emocionantes y profundas que son difíciles de describir»

03.09.12 - 10:27 -
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Tanto en mi país, el Reino Unido, como en España, existe la tradición de escribir una carta de agradecimiento después de haber sido invitado a la casa de alguien. Sin embargo, a lo largo de mis años como escritor de viajes, nunca me he sentido obligado a mostrar mi agradecimiento a toda una ciudad. Pero eso fue antes de conocer Cuéllar.
Vine enviado por el diario inglés internacional, the 'Financial Times', y llegué justo a tiempo para la ceremonia de inauguración de las fiestas, el pasado 26 de agosto. De pie, junto al bar La Taurina, en la plaza, observando cómo los jóvenes enloquecen de euforia mientras la Virgen se abría camino, intocable, entre la muchedumbre, fui testigo de una explosión de emoción menos anárquica de la que había vivido en la feria de San Fermín de Pamplona, en combinación con otra versión más civilizada de las tradiciones que también he presenciado en la Feria de Abril de Sevilla. Fue un buen cóctel.
Esa misma noche, mi amigo Bill Hillman –enviado por el 'Chicago Tribune' para escribir sobre la feria– y yo conocimos a uno de los grandes escultores taurinos, Dyango Velasco, que nos explicó la diferencia fundamental entre los encierros de Cuéllar y los de Pamplona. Los 'sanfermines' son un acontecimiento regulado, en el que los toros corren de un corral a otro. Cuéllar, con menos gente por las calles y los toros corriendo con los caballos, resulta diferente. En los encierros de Cuéllar, la técnica del recortador, nos dijo Dyango, es tan importante como las habilidades del corredor.
Cuánta razón tenía. Después de que hubiésemos presenciado la costumbre ancestral de la apertura de los corrales, regresamos a las calles y esperamos. Y vaya si esperamos. Nos habíamos juntado con otros dos viejos amigos de Pamplona, Larry Belcher, que reside cerca de Valladolid, aunque nació en Estados Unidos, y el 'loco' escocés Angus Ritchie, cuya camiseta de fútbol amarilla tanto ha salido estos días en los periódicos. Cuando los toros llegaron, fue el día más emocionante que ninguno de nosotros hemos vivido jamás. Los astados, sueltos, avanzaban por las calles hacia nosotros. Yo solía encontrármelos en el tramo que comienza hacia la mitad de la calle Las Parras. Al volver la esquina y ver que los cuernos estaban a punto de alcanzarme, me di cuenta de que, además de velocidad, iba a necesitar todo lo que había aprendido como novillero en Andalucía durante un año.
Entonces vi que los animales se acercaban a Larry, pero consiguió salir airoso gracias a la experiencia acumulada durante sus doce años en los rodeos americanos y a lo largo de sus cuarenta ferias de San Fermín. Luego le tocó a Bill enfrentarse a ellos, pero habiendo sido campeón de boxeo en Chicago, contaba con los reflejos necesarios para zafarse de los astados.
Me resultó irónico que los corredores de Cuéllar, tan disciplinados en comparación con los 'jugadores de rugby' de la Estafeta de Navarra, se disculparan por el encierro de ese día, en tanto que nosotros, los cuatro anglosajones, no podíamos ocultar nuestra alegría por la oportunidad de poder estar una hora entera en la calle disfrutando de esos magníficos animales.
Pero no es solo los toros la razón que me obliga a dar las gracias desde esta tribuna que me ofrece El Norte de Castilla. También le estoy agradecido a Cuéllar por su gente tan hospitalaria, generosa, siempre interesante y muy divertida. Allí estaba Rubén, en el Mesón San Francisco, con su hotel perfectamente situado –yo corría ese tramo todos los días siguiendo al gran Josechu, al que tomaba como referencia en la carrera– y su excelente lechazo, siempre regado con un espléndido Ribera del Duero. Y también Alberto y su bodega Carchena, oscura y fresca, y su padre Luis, que era como yo siempre había imaginado a Don Quijote. Y José María Yuste y su esposa, Aurora (que es enfermera en el hospital de Valladolid con la esposa de Larry, doctora Ana Cerón), cuya tienda de grabado se encuentra en el lugar donde en su día vivió José de Espronceda. Allí tomábamos Rioja y jamón después de cada encierro... Y, por supuesto, el Rincón Castellano, donde desayunábamos todos los días.
Dicho esto, creo que son los ocho siglos de historia los que hacen que Cuéllar sea un pueblo tan maravilloso. Sus encierros son incluso más antiguos que el encierro inglés de Stamford, que duró siete siglos, hasta 1839. Los encierros cuellaranos suscitan unas sensaciones tan emocionantes y profundas que son difíciles de describir, pues nos conectan con algo mucho más viejo que la lidia, algo más antiguo incluso que la propia España cristiana.
El pasado mes de julio, escribí para 'The Spectator', la revista en inglés más antigua del mundo, sobre el encierro que acababa de correr en Pamplona. En aquel artículo hablaba de las cuevas de Altamira, en Cantabria, y de cómo en esas prehistóricas paredes estaba plasmada la caza salvaje, cuando los hombres y sus antepasados, los neandertales, corrían con las bestias anteriores a los toros, los uros, los 'bueyes salvajes'. El de Altamira es el arte rupestre más antiguo del mundo que a su vez representa la práctica más antigua. No pensaba yo entonces que ese artículo era tan fiel a la realidad como ahora he podido comprobar en Cuéllar.
El año que viene les enviaré a más gente, personalmente y a través de mis artículos. Espero que esto que escribo no cambie demasiado las calles de Cuéllar como lo hicieron los artículos que Ernest Hemigway envió al 'Toronto Star', en la década de 1920, con las calles de Pamplona. Y volveré también para dar cuenta de la autenticidad y la gracia de Cuéllar, y para ver la escultura de Bill y mía corriendo el encierro que nuestro nuevo amigo Dyango ya ha comenzado, y que será exhibida en Pamplona y luego en Cuéllar durante las fiestas.
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Gracias, Cuéllar, desde Londres
Alexander Fiske-Harrison, en primer plano, con el 'Financial Times' en la mano, corre delante de los toros, la semana pasada en Cuéllar. / A. TANARRO
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