Una red solidaria en Valladolid para acompañar a personas enfermas y que viven solas

Carmen y Santiago acompañan a Manuela en una visita a su hogar. /RODRIGO JIMÉNEZ
Carmen y Santiago acompañan a Manuela en una visita a su hogar. / RODRIGO JIMÉNEZ

Trescientos voluntarios forman en la ciudad el comando diocesano de la Pastoral de la Salud

Víctor Vela
VÍCTOR VELAVALLADOLID

Un timbre. La puerta que se abre en un tercer piso de Santa Clara y un piropo para empezar.«¡Pero qué guapa estás hoy!», dice Carmen Legido (72 años) cuando Manuela (90 años, «el día 28 cumplo 91») le invita a pasar. «Uy, hija, no te creas. Si todavía estoy con el mandil», responde mientras avanza por el pasillo camino de una salita con ventana, cama nido, vaso de agua en la mesa camilla.

«Hacía ya unos días que no nos veíamos», cuentan Carmen y Manuela a punto de comenzar la conversación. Carmen y su marido, Santiago Ferrero (81 años), son dos de las cerca de trescientas personas que conforman el batallón de voluntarios de la Pastoral de la Salud, el grupo de benefactores que, con el apoyo de 37 parroquias, se encarga de visitar y acompañar (en su casa o en las residencias de ancianos)a enfermos y mayores como Manuela. Su labor cobra hoy especial protagonismo, cuando la Iglesia Católica celebra este 11 de febrero el Día Mundial delEnfermo. Yhay tanta gente, dicen, que necesita compañía...

«Hace años, la mayor parte de las visitas eran a personas con enfermedades físicas. Ahora, cada vez son más mayores, más Alzhéimer, muchísimas más personas que viven solas», dice sor María Teresa Peña, hija de la caridad de San Vicente de Paúl, delegada diocesana de la Pastoral de la Salud. «A través de las parroquias, estamos en contacto con asociaciones, con residencias de ancianos, con vecinos que nos cuentan si hay personas que viven solas a las que acompañar», cuenta sor Teresa, quien desde hace más de treinta años se encarga de coordinar este comando solidario de visitadores. «El objetivo es promover cauces para que la parroquia conozca a sus enfermos, se acerque a ellos y les acompañe en su enfermedad», asegura sor Teresa, quien defiende los valores de «seriedad, apertura, respeto, fidelidad y constancia» entre las personas que dedican parte de su tiempo a acompañar a los demás «en nombre de la comunidad cristiana».

Carmen y Santiago forman parte de la parroquia de San Pedro-Santa Clara, junto a la del Salvador y Santiago, una de las más comprometidas de la capital. Hay 22 voluntarios implicados. El primer lunes de cada mes se reúnen para coordinar su actividad, las visitas que han hecho, las que tienen pensado hacer, si hay que llamar a alguien porque hace tiempo que no saben nada de él. Su ayuda a veces es providencial.

«En una ocasión, don Miguel Gallego, el párroco, se dio cuenta de que hacía dos días que no veía a una vecina, que vive sola y solía ir a misa. Contactamos con una prima suya que nos abrió la puerta. La encontramos, pobrecita, en el suelo, entre la cama y la pared, porque se había caído, llevaba así dos días y no se podía levantar», desvela Santiago.Durante casi veinte años, trabajó como auxiliar de ayuda a domicilio y ahora, ya jubilado, sigue «con la vocación». «Me gusta, me sale ayudar a los demás. Tengo tiempo y puedo dedicárselo a otras personas. Si no, sería demasiado egoísta», asegura. Su mujer, Carmen, se ganó la vida como peluquera y todavía hoy peina a algunas de las mujeres a las que visita en su hogar («en las tijeras también está Dios», asegura con humor).«Aunque, para qué engañar, cada vez vamos a menos casas y más a las residencias de ancianos», desvela.

«Hay que procurar ser un amigo fiel que da conservación, si es que la persona la necesita, porque a lo mejor le ayuda más el silencio o la escucha. En ocasiones, les gusta desahogarse, y el visitador ha de escucharles sin cortarles, aunque repitan muchas veces lo mismo», indica sor Teresa y recoge la guía de los visitadores, con consejos sobre cómo deben actuar, «siempre con prudencia, sin fingimiento». La iniciativa del secretariado diocesano apela a una visita «que no se hace a título personal, sino como enviado de la Iglesia», aunque no está cerrada, «ni mucho menos», a aquellos que no son creyentes. «En ese caso, hay que huir de todo proselitismo y quedarse en un plano humano, de amistad y servicio, de ayuda fraternal y cordial», indica el manual.

«La mayor parte de las personas a las que visitamos necesitan alguien que las escuche. Tú no puedes ir a contarle tus problemas. Lo mejor es que se desahogue, atender a lo que te cuenta, comprender su situación», dicen Santiago y Carmen, quienes comienzan a tirar del hilo de la vida de Manuela. Cuenta que nació en la calle Teresa Gil, que fue bautizada en la iglesia delSalvador y que pasó luego su infancia en La Bañeza, de donde era su madre. Volvió a Valladolid al cumplir los 14 años para estudiar corte y confección en un taller de la calle Gallegos. «Aunque aquello no duró mucho. Luego empecé a trabajar en La Isabelita, una fábrica de galletas que había en el Paseo de Zorrilla a la altura de la calle Tres Amigos». Allí trabajó año y medio. «Hasta que me casé». Con Francisco, ferroviario durante 30 años. Los últimos 14 de su vida laboral como vigilante e la Feria de Muestras. Tuvieron diez hijos «en nueve partos».«Ahora me viven siete hijos, tengo 14 nietos, ocho biznietos», cuenta a sus visitas, mientras hace gala de su buena memoria y repasa los recuerdos que guarda de los sacerdotes que durante los últimos años pasaron por las parroquias de San Pedro ySanta Clara.

La compañía no se limita a una visita al hogar, sino que se puede completar con un paseo por el barrio, la oración conjunta, en algunos casos, incluso, con la supervisión del párroco, la comunión de aquellos mayores que no pueden salir de casa.

Durante toda esta semana, la Pastoral de la Salud en Valladolid celebra un curso monográfico dirigido a sus colaboradores, con charlas y formación específica sobre demencia senil (impartida por la asociación de Alzhéimer), ejercicios para reforzar la memoria, recursos de la dependencia (a cargo de trabajadores sociales) y talleres de oración.

 

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