«Se levantaron muros de pladur en horas para los espacios 'sucios'»

El cirujano José Ignacio Blanco, que ha tenido a su hermana mayor ingresada doce días por el coronavirus, acerca la dura realidad en el Río Hortega durante la crisis sanitaria

José Ignacio Blanco Álvarez, especialista en Cirugía General y del Aparato Digestivo del Río Hortega. A la derecha, Carmen Blanco, hermana del doctor Blanco, contagiada por la covid-19. /
José Ignacio Blanco Álvarez, especialista en Cirugía General y del Aparato Digestivo del Río Hortega. A la derecha, Carmen Blanco, hermana del doctor Blanco, contagiada por la covid-19.
Ricardo Sánchez Rico
RICARDO SÁNCHEZ RICO

Quienes le han tratado, al menos como pacientes o familiares de enfermos, dicen que detrás de ese invisible muro protector que le hace tomar distancia, roto en ocasiones por su humor ácido, no solo hay un profesional de valía, sino también una persona empática, capaz, por ejemplo, de coger el móvil el día de Navidad estando de descanso y llamar al hijo de un hombre de 84 años en la REA para saber cómo evoluciona su padre, que está muy grave. O de, en el momento más triste para esa familia, cuando está próximo el final de su ser más querido, hacer de sus consejos consuelo, por duros que sean.

Ahora, con la crisis sanitaria, el doctor José Ignacio Blanco Álvarez, especialista en Cirugía General y del Aparato Digestivo de la sección Esofagogástrica y Endocrino del Hospital Río Hortega, ha estado a ambos lados de la trinchera, como médico y familiar de paciente. Ha visto a sus compañeros (intensivistas, anestesistas, internistas, enfermeras, auxiliares, celadores...) trabajar sin pausa para frenar al virus, y anda aún pendiente de cómo evoluciona su hermana mayor, Carmen, que el día 8 recibió el alta, aunque sigue siendo positivo, razón por la que se ha recluido catorce días en su piso del Paseo del Hospital Militar y ha alejado a su marido a una casa del matrimonio en una urbanización en el Camino Viejo de Simancas próxima al domicilio del doctor Blanco, que es el menor de cinco hermanos.

«El 28 de marzo, en torno a las 14:00 horas, me llamó mi sobrino y me dijo que había dejado a mi hermana de 76 años, su madre, en las Urgencias del Río Hortega, en la zona destinada a los pacientes sospechosos de padecer coronavirus, pendiente de que le hicieran la prueba para ver si era positiva o no. Me dijo que llevaba con décimas de fiebre toda la semana hasta el viernes por la noche, que llegó a tener 38,5º y una importante falta de aire al respirar. Siendo médicos los dos (su sobrino es el jefe de servicio de Ginecología del Río Hortega), ya sabíamos que teníamos todas las papeletas del sorteo», comenta el doctor Blanco.

«Ese día tuvimos la suerte y la coincidencia de que yo estaba de guardia en el hospital, así que me decidí a hacerle compañía el rato libre entre mis quehaceres. Sabía de antemano que Carmen estaría asustada, sola a la fuerza, y a la espera del resultado de los análisis y la radiografía del tórax, pero la auscultación pulmonar era compatible con neumonía. También sabía que me tenía que 'disfrazar' con el EPI y que me estaría esperando como agua de mayo, aunque solo fuera para tranquilizarle, sin poder agarrarnos de las manos ni mucho menos abrazarnos», apunta el doctor Blanco, que incide en que el EPI «no es agradable de vestir».

«Y eso es un piropo, porque el plástico impermeable de la bata no deja traspirar la piel del cuerpo pero las gafas se van empañando hasta que no puedes ver, a la vez que se van clavando en la piel. De la mascarilla no hablo, después de ver las heridas que tiene el personal obligado a portarla en los nuevos turnos de doce horas, en vez de las ocho de antes», continúa el doctor Blanco.

Con aguja e hilo

Durante las dos guardias de 24 horas que hizo mientras estuvo su hermana ingresada, tuvo la oportunidad de personarse en Urgencias, en reanimación, en la sala del despertar, en la UVI y en los quirófanos ya destinados a pacientes entubados por la covid-19. «Pude comprobar con asombro cómo las enfermeras y auxiliares más mayores estaban en las trincheras confeccionando botas de plástico y verdugos para aislar piernas y cabezas de todos los compañeros, recortando lo que antes fueran campos quirúrgicos de plástico, dándoles forma con aguja e hilo, mientras las más jóvenes atendían a los pacientes contagiados», recuerda el doctor Blanco, que destaca también al personal de mantenimiento.

«Habían levantado muros de pladur en cuestión de horas para acotar los espacios 'sucios' respetando los limpios y realizar una circulación del personal acorde a las necesidades actuales», agrega.

Volviendo a su hermana, el doctor Blanco la encontró «triste, nerviosa y apesadumbrada, porque con las semanas que ya llevábamos de pandemia y los casos de personas que han fallecido por el virus, prácticamente de un día para otro, o a lo sumo a los dos o tres días de ingreso, ya se veía con la mortaja puesta».

«En el sistema informático de Urgencias encontramos una habitación individual que se acababa de quedar libre. Solo le pude acompañar hasta la entrada del Bloque 2, ya que a partir de ahí se considera zona 'sucia' y tienes que volver a ponerte el EPI», añade el cirujano, que señala que los primeros días en el Río Hortega fueron duros para su hermana.

«Obviamente, por el cansancio extremo, la fatiga al respirar, los ataques de tos, la falta de apetito, el reseco que produce el oxígeno en la garganta 24 horas seguidas, le hacían estar más débil cada día. Pero, sobre todo, el aislamiento de acompañantes es lo que más pesa en estas situaciones. La soledad y la preocupación de no contagiarnos las pocas veces que nos ha dejado entrar, le sumieron en una pequeña crisis de ansiedad y depresión», añade el doctor José Ignacio Blanco, que incide en que los días en que ha estado su hermana ingresada han sido «los peores de su vida y del resto de la familia».