La Academia de Caballería, pasto del fuego

Página de 'La Esfera' dedicada al incendio de la Academia de Caballería el 6 de noviembre de 1915/
Página de 'La Esfera' dedicada al incendio de la Academia de Caballería el 6 de noviembre de 1915

Conocida popularmente como 'el octógono' por su peculiar forma, el edificio fue devorado por un terrible incendio en la madrugada del 26 de octubre de 1915

ENRIQUE BERZAL

Ocurrió de madrugada hace ahora cien años. Los gritos del cadete resonaron en el histórico edificio militar situado frente a la Plaza de Zorrilla: «¡Fuego!, ¡Hay fuego!». No estaba soñando ni era una broma de mal gusto: la Academia de Caballería, conocida cariñosamente en Valladolid como «el octógono» por su singular planta, estaba siendo engullida por las llamas.

El Norte de Castilla se adelantó a dar la noticia y reservó un hueco de última hora en la página 3 de la edición del 26 de octubre: «Cuando comenzamos a escribir estas líneas (tres de la madrugada), el edificio donde se halla instalada la Academia de Caballería, arde casi en su totalidad. Gigantescos penachos de fuego y colosales columnas de humo coronan el antiguo Colegio de cadetes y difunden su luz por la población, que ofrece a estas horas, envuelta en la siniestra luz, un aspecto fantástico».

El dramatismo del plumilla estaba más que justificado: uno de los edificios más representativos de Valladolid estaba siendo engullido por las llamas. A la una y media de la madrugada, el centinela de guardia de la puerta falsa, que comunicaba el patio del picadero con la calle de San Ildefonso, se percató de la presencia de fuego en el pequeño local destinado a almacén, fatalmente repleto de bancos de madera.

Avisó de inmediato al cabo de guardia, quien a su vez se lo comunicó al oficial de servicio, teniente Arcay, para que diera cumplida cuenta al capitán Ibarrola. Conscientes de la gravedad del siniestro, rápidamente procedieron a desalojar el dormitorio y amontonar en el patio contiguo toda clase de objetos, camas, colchones, ropa de aseo, etc.

La familia del coronel director, Marcelino Asenjo, ausente en esos momentos de Valladolid, también fue desalojada de sus habitaciones particulares; pese a los denodados esfuerzos del capataz del servicio de bomberos, señor Elósegui, el fuego apenas tardó una hora en propagarse a los tejados de la fachada posterior.

«El servicio de incendios, como casi siempre, llegó demasiado tarde, a las tres de la madrugada», se quejaba El Norte de Castilla. Al menos los cadetes pudieron poner a salvo los caballos, que fueron trasladados al Cuartel del Conde Ansúrez. Alertada por las campanas de la parroquia de San Ildefonso, la población no tardó en agolparse para contemplar el triste espectáculo.

A las cuatro y cuarto de la madrugada, toda la zona que miraba a la calle de San Juan de Dios era ya pasto de las llamas; los vecinos de las casas colindantes no ocultaban su temor ante una repentina propagación del fuego y El Norte de Castilla alertaba sobre la posibilidad de que éste afectara peligrosamente al laboratorio del doctor Cea.

Soldados del Regimiento de Isabel II ayudaron en las tareas de salvamento de muebles, equipos y demás enseres; el Teatro Pradera, el Cuartel de Intendencia y el Colegio de Santiago fueron convertidos en depósito improvisado para los objetos rescatados. Entre ellos, la documentación oficial, la rica biblioteca compuesta por cerca de 6.000 volúmenes, el cuadro de Morelli La carga de Treviño y, desde luego, el estandarte de la Academia, «heroicamente salvado» por el teniente Balmori.

La imagen de la Virgen del Carmen, por su parte, pudo ser sacada de la capilla y depositada en los locales del Diario Regional merced al ofrecimiento de su director, Justo Garrán, que hizo otro tanto con los demás objetos del culto.

La situación era tan alarmante, que hasta el arquitecto municipal, Juan Agapito y Revilla, que había acudido para comprobar los daños, tuvo que ser sacado de urgencia a causa de un «síncope» causado por el asfixiante calor. No fue el único susto: las labores de rescate dejaron cinco heridos y el famoso teniente Clavijo, convaleciente de una enfermedad en su casa de la calle de Miguel Íscar, sufrió un ataque al ver cómo las llamas devoraban su amada Academia, de la que solo se salvaron los dos picaderos.

El resto, sus amplias clases, «el gabinete de telegrafía y ferrocarriles, de agricultura e hipología, de topografía, de física y química, de fortificaciones, y de armas portátiles (). Su biblioteca suntuosa (), su notable guadarnés, las salas de armas y de esgrima, el internado, el gimnasio, los baños, la enfermería», era ya parte de la historia.

Los alumnos tuvieron que ser trasladados al Colegio de Huérfanos de Santiago. Los vallisoletanos tendrían que esperar seis años para ver el comienzo de las obras del magnífico edificio actual, cuya ocupación efectiva tendría lugar en la segunda mitad de 1929.

Una prisión fracasada

La construcción de la Academia de caballería comenzó en agosto de 1847 pero no como edificio militar, sino como futura Prisión Peninsular. De hecho, la mano de obra estaba formada por presidiarios residentes en el ex convento de San Pablo estuvo. Sin embargo, cuando la terminaron, en 1850, las autoridades competentes se percataron de que las características de su construcción, su ubicación en el centro de la ciudad y su distribución interior desaconsejaban aquella finalidad primigenia.

Fue entonces cuando, aprovechando la precaria situación en que se encontraba el Colegio de Caballería de Alcalá de Henares, el teniente general Ricardo Shelly, director general de dicha Arma, tomó la decisión de trasladarlo a Valladolid. Era 1852. Nueve años después, el edificio ya funcionaba como Colegio Militar de Caballería. Su apodo obedecía a ese doble octógono que trazaba. Poseía pabellones interiores radiales, un patio octogonal y ocho trapezoidales, y si por algo se caracterizaba su exterior no era por la belleza actual, sino por una austeridad extrema.

 

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