Vacaciones: etiqueta y urbanidad en alojamientos hoteleros

El verano, en todas sus vertientes, es una estación de obligada ligereza en muchas cosas, pero no ha de serlo en el seguimiento de unas normas de educación convencionales y sencillas

Vacaciones: etiqueta y urbanidad en alojamientos hoteleros
Vicente Díez Llamas
VICENTE DÍEZ LLAMASValladolid

Muchos hemos regresado ya del reciente 'kit-kat' estival que nos permite a los más privilegiados un retiro de las obligaciones y quehaceres diarios en nuestras respectivas vidas. Otros, los más inteligentes, todavía se aprestan a estrenar sus vacaciones en este septiembre, un mes del que los expertos en la materia de viajes tildan, junto a mayo y junio, como auténticos períodos paradisíacos a la hora de desplazarse, realizar planes y reservas. Para ellos y para los ya mencionados mis mejores deseos de felicidad, descanso y tranquilidad con sus seres queridos. Unos y otros hemos padecido, a buen seguro, la esperpéntica situación de la convivencia hotelera -toda incluida-, de la que las familias españolas con pensión completa 'plus' pueden disfrutar estos días en un buen número de playas europeas y aledañas en las que se relajan las formas y la vestimenta, se relativizan los tiempos y las prisas pasan a ser patrimonio de otros.

En la mayoría de establecimientos hoteleros de nuestra España playera el ritmo y los horarios los marcan la ingesta necesaria de alimentos. Desayuno, almuerzo y cena son el punto de encuentro de los clientes y es entonces cuando el denominado 'buffet' es asaltado ante las dudas de los comensales. Pero: No es algo que nos plantearíamos al acudir a un restaurante en pleno invierno con amigos o familiares, pero si es crucial a la hora de respetar los mínimos criterios de urbanidad y civismo que deben acompañarnos en una época de relax sin marcadores, pero con los termómetros en alza. Forma parte de un código no escrito que nuestros padres debieron inculcarnos y que hoy brilla por su ausencia en esos hoteles vacacionales de pulsera y tobogán acuático. Y no es un reproche a las personas sino a la época en la que nos encontramos, tan deslavazada de valores básicos de respeto; me diréis que es una exageración, pero es, en sí misma, la tónica de un desorden que raya lo higiénico y necesario. s a la hora de servirnos son las características más comunes y graves.

Acontecimientos básicos, casi automáticos, cuyo esfuerzo es pírrico y que sin embargo pueden favorecer al clima de convivencia normal y exigible de un establecimiento estival son, entre otros, el cambio de ropa antes de comidas y cenas, diferenciando nuestra asistencia a playas y zonas acuáticas del momento de acudir al restaurante. El correcto lavado de manos (incluso ahora con máquinas dispensadoras de gel para el enjuague en seco de éstas a la entrada de los comedores). Otra buena forma de actuar consiste en no perfumarnos con fragancias muy pesadas y recoger el cabello largo para evitar la caída del mismo en cualquier fuente o plato ajenos. Los más pequeños pueden esperar en la mesa o ir acompañados de los adultos al cargo, con el fin de evitar carreras y tropezones mientras se transita cargado de comida de un lado al otro. Y no olvidemos que un buen gesto de cortesía es ceder la prioridad a las personas más mayores, con algún tipo de lesión o reducida movilidad. Es fácil si en el propósito de relajarnos actuamos conforme a cómo nos gustaría que lo hicieran los demás sin cegarnos por las prisas o el afán de saciar el apetito tras las olas. Sólo es cuestión de proponérselo. El verano, en todas sus vertientes, es una estación de obligada ligereza en muchas cosas, pero no ha de serlo en el seguimiento de unas normas de educación convencionales y sencillas. Como sencillo es el teorema que reza que para ser respetados debemos respetar antes y para generar polémica o tendencia debemos ser pioneros en imponerla, desde el impulso a esa tendencia que dejará huella en los más próximos, observadores necesarios e interesados en ese arte que significa marcar la diferencia, también en nuestro comportamiento.

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