Los veranos de la abuela

Con mi hermana, en el centro, y la nieta de una vecina, a la izquierda. /Elvira Gil
Con mi hermana, en el centro, y la nieta de una vecina, a la izquierda. / Elvira Gil

Los veranos de los noventa los pasamos entre el bochorno del Mediterráneo, en el pueblo o en el barrio de La Rondilla, pero siempre con los abuelos

M. E. García
M. E. GARCÍA

Querida hermana:

solo te escribo porque desde que ha llegado la ola de calor –así lo llaman ahora– echo de menos aquellos veranos de nuestra infancia más que nunca y quería recordarlos por escrito.

Corrían los noventa. Ya sabes que para mí, más que para ti, el sinónimo de aquellos meses de calor eran los abuelos. Los pasaba entre el asfalto muy poco apetecible de la Rondilla, el mar y la arena de Torrevieja y entre los mosquitos y la vegetación a orillas del Tera, en el pueblo de mamá. ¿Recuerdas?

Torrevieja, contigo en el mes de julio, claro. En agosto ese rincón cada vez más inhumano de Levante rebosaba gente y calor. Demasiado para casi cualquiera que pueda disfrutar de sus vacaciones allí en cualquier otra época del año. Y aún así... bueno, la verdad es que ni nos enterábamos del calor ni de la gente. Los abuelos siempre tuvieron una capacidad envidiable para tenernos entretenidas todo el día.

El recuerdo menos grato con diferencia, por lo menos para mí, fueron las malditas cuentas de dividir después de desayunar. ¿Por qué nunca me mandaría leer?

Y después de la tortura, la diversión. Horas y horas de playa con el abuelo. Desde las diez, quiero recordar, hasta la hora de comer. Y qué rica estaba la comida de la abuela. Los berberechos con arroz ¿Te acuerdas? Nos tirábamos las horas muertas con las manos rebuscando entre la arena a la orilla del mar. El ronchar después era lo de menos. Lo demás, la satisfacción de ayudar. Esa sensación tan infantil de sentirse satisfecho por 'ser mayor'.

La hora de la siesta nunca me gustó. Entonces, ¿por qué ahora me encanta? Cosas del ser humano. Siempre se desea lo que no se tiene. Pero ya se sabe «tienes que hacer la digestión que si no se te corta». Todo eso que los que nacimos antes del 2000 sabemos porque todos tus familiares adultos te lo repetían una y otra vez, como lo de la vitamina C del zumo de naranja. Seguro que ahora también lo hacen aunque solo sea para disfrutar de un par de horas de relajación.

Después, otra vez a la playa. Otra vez a los baños de horas, otra vez a jugar en la arena, otra vez a hacer amigos que ya no recordamos. ¿Te acuerdas de alguien? Tengo mala memoria para las personas. Después nos llevaban al parque. Aquel lugar ya no tiene nada que ver. Solo le queda el nombre: 'Doña Sinforosa'. Y los ponis de al lado. Pobres bichos, menos mal que ya no están. Algo dirían los animalistas. Nosotras, ni nos dábamos cuenta de que los animalitos se tiraban horas y horas caminando en círculos bajo el sol.

Seguíamos caminando al borde de aquel edificio en el que si te descuidabas era chichón seguro. Los balcones, a metro y medio de altura. No sé a quién se le ocurría. Después llegabas al paseo marítimo y los helados. Aunque de helados siempre fue más papá. La semana que venían ellos era diferente, pero la abuela era la que seguía controlando la logística doméstica comidas y la casa. Cualquiera le llevaba la contraria.

Y ya por la noche, a la plaza. No he conocido a mujer más calurosa que la abuela. Era incapaz de dormir, así que allí nos íbamos las tres, al bochorno mediterráneo porque allí lo de la fresca no se llevaba. Si había niños para jugar, fantástico. Si no la abuela contaba sus historias de cuando fue emigrante en Alemania o cuando era niña en el pueblo.

Y allí nos marchábamos, si había suerte. Unos días de agosto en el pueblo. La casa vieja de adobe, sin baño, sin bañera. Solo el río Tera para lavarse y lavar la ropa. Ese olor a río, pero a río limpio, no como el Pisuerga. Tan divertidas aquellas tardes en las que huíamos al atardecer para que no nos comieran los mosquitos. Y sin tele. Se hacía raro, aunque de niñas nunca la vimos mucho. Mejor en la calle que en casa. ¡Ja! Cuánta razón tienes cuando dices que quieres acabar con los móviles y las 'tablets'.

Siempre quería subir al sobrado. Ese sitio lleno de polvo y trastos viejos era un aventura. Pero echaba de menos la bici. Nos hemos pasado la infancia sobre una y llegar a un pueblo sin ella se me hacía raro. Aún así, disfrutábamos de la alameda a la hora de la siesta y nos intentábamos perder por el pueblo. La abuela nos enseñaba las tierras de su familia. Era la única que sabía cuáles eran. Encinares y algún trocito en cuesta que servirían para huerto.

Cuando nos cansábamos de la alameda y del carro viejo volvíamos a casa, al corral. Nada de patio o jardín. Cazábamos moscas para dejarlas en las telas de araña. Aburrimiento y un poco de crueldad. El cóctel perfecto de la infancia. Las noches al fresco con las vecinas y a la hora de domir era imposible charlar o moverse. Sonaban todas las tablas.

También he chupado asfalto veraniego en La Rondilla. He pasado semanas en las calles de ese barrio yendo a comprar a la plaza, y 'ayudando' en las tareas domésticas. Me gustaba hacer la compra (lo curioso es que me sigue gustando) y me gustaba quedarme con la abuela mientras cocinaba o fregaba los cacharros de la comida para que contara adivinanzas.

Los días no vuelven, los veranos tampoco. Mucho menos, la infancia. Es complicado no ser feliz cuando eres niño. Ya lo dijo el poeta: «La única patria es la niñez».