La lucha contra el narco por unas tortugas

Óscar Aranda. /R. C.
Óscar Aranda. / R. C.

Óscar Aranda abandonó su México natal por denunciar el consumo indiscriminado de huevos y carne de estos animales protegidos

Daniel Roldán
DANIEL ROLDÁNMadrid

De Puerto Vallarta a Alicante. De biólogo a jardinero. Un viaje vital que ha hecho Óscar S. Aranda (León, México, 1974) contra su voluntad, provocado por una de las lacras que asolan al país norteamericano: el narcotráfico. Aranda metió «el dedo en la llaga» y tocó una «vena sensible» que provocó que cambiara el Pacífico por el Mediterráneo junto a su mujer española. Esa sensibilidad se llama tortuga marina, objeto de deseo de los narcotraficantes y de aquellos a los que les gusta flirtear con el otro lado de la ley.

Porque comer estos animales, aunque están protegidos y atacarlos conlleva penas de cárcel, se ha convertido en una manera de mostrar un estatus especial. «Es el plato de los machos, de los tipos duros», explica Aranda, de aquellos que no tienen miedo a servir en un banquete este tipo de comida. «Pero es que además no es una carne rica. La sirven con mucho picante y lima para darle sabor», añade el conservacionista.

Pero da igual. Es una costumbre que han visto a sus padres y a sus abuelos y la siguen repitiendo. Como el comer huevos de tortuga. «Creen que les dará más virilidad, que es afrodisiaco. Como los que creen en los poderes del pene de tigre o el cuerno de rinoceronte. Ese tipo de hombre necesita comerse sus cinco huevos de tortuga diarios para sentirse hombre. Es flipante pero es verdad», incide Aranda, que vivió con amenazas y tuvo que negociar con los narcos cuando la caza de tortugas y el robo de sus huevos fue a más. «Si te los llevas, déjame la mitad», les decía.

Aranda denunciaba esta práctica, que iba en aumento, en los medios de comunicación. «No les venía nada bien», recuerda con ironía. «México es un lugar muy peligroso para denunciar, para abrir la boca», señala. El día a día se estaba complicando. Las amenazas aumentaban. Pero el punto de inflexión vino por parte de un sector que está para defender al más débil. «Denuncié que la policía también estaba involucrada, que se usaban vehículos oficiales para recoger tortugas. Y eso, no gustó. Cabreé a mucha gente», indica con total tranquilidad. Los amigos le dijeron claramente que se tenía que marchar, que la situación era insostenible. Ya eran dos enemigos: los narcos y los policías corruptos. «Yo decidí vivir. Hay mucha gente que no tuvo esa oportunidad». Cogió un avión y se marchó para España. Era 2012. Intentó volver en 2014 para trabajar en defensa de los animales para el Gobierno mexicano. Solo duró cinco meses. Desde entonces, si viaja a su país solo es «de turismo y para ver a la familia». Nada más.

Ahora trabaja como jardinero ante los problemas para convalidar sus estudios. «Sigo al aire libre», dice risueño. Y escribe. Su primer libro es 'El lenguaje secreto de la naturaleza' (Plaza & Janés), donde describe su amor por la naturaleza y algunos pequeños secretos, como la gaviota que se coló en su boda. «Hay una concienciación medioambiental que no se ha visto en la historia. Pero por otro lado está la desconexión que sufrimos día a día. Ya no miramos al cielo para ver si está nublado o no, miramos a la aplicación del móvil. En vez de ver el atardecer o las nubes, los buscamos en internet. Nos estamos olvidando de mirar», reflexiona Aranda.

Más información