Bajo la 'alfombra' inca

La búsqueda de Vilcabamba ha supuesto un reto a la altura de los grandes exploradores de las selvas amazónicas. /Equipo Santiago del Valle
La búsqueda de Vilcabamba ha supuesto un reto a la altura de los grandes exploradores de las selvas amazónicas. / Equipo Santiago del Valle

Después de doce expediciones, el historiador Santiago del Valle localizó Vilcabamba la Grande, el último bastión inca que cayó en manos españolas. Tupac Amaru la defendió hasta 1572. El explorador gallego intenta ahora mapear una ciudad devorada por la selva

ANTONIO CORBILLÓN

La Historia es una gruesa alfombra a la que ha habido que darle la vuelta muchas veces, a cada momento, y en todas partes para que dejara de tapar los hechos relevantes de la humanidad. La perseverancia del periodista e historiador gallego Santiago del Valle ha permitido levantar lo que el llama «otra esquinita». Un trozo muy relevante del último mito que nos queda por conocer del imperio inca: Vilcabamba la Grande.

Se trata de la última ciudad libre de la conquista española. Hermana de Machu Picchu (misma altitud y orientación, similar relevancia), situada de ella a 80 kilómetros en línea recta, y el escenario en el que las tropas españolas pusieron fin el 24 de junio de 1572 al foco tardío de resistencia indígena. El nombre de su líder postrero, Tupac Amaru, ha dado nombre, hasta hace bien poco, a grupos de lucha por la liberación de pueblos de toda Sudamérica.

En 1533, cuando Francisco Pizarro ya domina el imperio inca, Manco Inca construye un reino rebelde al abrigo de las montañas peruanas. Sus sucesores, cuatro hasta el liderazgo terminal de Tupac Amaru, mantuvieron en jaque a los españoles durante cuatro décadas. Tupac Amaru ordenó incendiar su ciudad cortesana antes de claudicar. La conquista imperial tuvo como aliado posterior al más formidable 'ejército del silencio': la selva que todo lo engulle.

Desde entonces, Vilcabamba la Grande (Hatun Vilcabamba, para los locales) cae en el olvido y se convierte en uno de los grandes misterios de la arqueología. Hasta el punto de que el explorador estadounidense Hiram Bingham localiza Machu Picchu en 1911, cuando lo que trataba de encontrar era este último bastión indígena.

Desde finales de junio, Santiago del Valle ha vuelto, como todo los años, a los escenarios de los reyes incas para dar charlas y conferencias de sus hallazgos y tratar de avanzar en su último sueño. «Un mapa realizado con las más modernas técnicas que permitan tener un plano de todo el conjunto. Es decir, el terreno que ocupaba Vilcabamba sin la vegetación que lo tragó todo».

Sería el colofón del sueño al que se ha entregado durante los 22 años que lleva bregando en la búsqueda de esa ciudad. Un objetivo, una «locura personal», que le ha llevado a explorar a la antigua usanza: a uña de caballo cuando se podía, escalando trochas y descendiendo barrancos y abriéndose paso a machetazos las más de las veces.

Es el trabajo de muchos años. De búsqueda en todo tipo de fuentes documentales. De negociar permisos de expedición. Y, una vez sobre el terreno, de «días y días de selva, acampando a veces a jornada y media del campesino más cercano -rememora el historiador-. Machu Picchu sería un lugar cómodo comparado con aquellos parajes».

Resistencia y azar

Han sido doce expediciones en las que sus equipos han ido descartando, casi palmo a palmo, otras teorías. Ahora parece llegado el tiempo de proceder a la lectura de los misterios que esperan aún bajo gruesas capas de vegetación y cuatro siglos y medio de abandono.

Una labor que nació de la casualidad. En una vida anterior, Santiago era un periodista en su tierra gallega que lo más cerca que había estado del mundo inca era por la «fascinación» que le dejó el cómic 'Tintín en la Puerta del Sol' (la película animada sobre el cómic de Hergé cumple medio siglo). «Eso y las excursiones a los Ancares, cuyo parecido con las lomas peruanas descubrí tiempo después».

En sus tiempos de corresponsal de TVE en A Coruña, le tocó asistir en 1987 a la presentación de 'Suma y narración de los Incas', relato de la conquista española a cargo del cronista Juan Díez de Betanzos, un texto que estuvo desaparecido durante 437 años y que fue recuperado por la doctora en Historia de América Carmen Martín Rubio. «Me abrió los ojos y quise hacer un documental en Perú», recuerda hoy Del Valle.

El texto, aparecido en la biblioteca de la Fundación Juan March de Palma de Mallorca, contenía toda la genealogía inca y era el más completo tratado etnográfico de esta cultura. El documento acababa con la despedida de Betanzos, que parte como mediador para negociar la pacificación del reino de Vilcabamba, entonces liderado por Sayri Tupac, en lucha permanente por su independencia.

El cronista llegó a entrevistarse con Sayri en la cercana Pampaconas. Aunque nunca llegó a conocer Vilcabamba, sus explicaciones fueron claves para el logro final de su paisano Del Valle.

Ha sido una carrera de fondo para él. Una demostración de algo que ya dijo otro gallego universal, Camilo José Cela: «El que resiste, gana». Tras cada expedición, aunque fuera sin la 'pepita de oro' de encontrar Vilcabamba, Santiago se consolaba con que «cada año llegaría un nuevo atractivo y la certeza de un posible descubrimiento de repercusión mundial». Si no había patrocinios, siempre quedaba el 'crowdfunding' o la venta de camisetas.

Y luego estaban las dificultades orográficas o los permisos. A los que se añadieron durante años los rescoldos de las guerrillas (coletazos finales de Sendero Luminoso), las supersticiones de la población local sobre aquellos lugares o el tráfico de pasta de coca. «Aún queda mucha gente a la que no le gusta que vayan los extranjeros por allí», confiesa.

El explorador echa la memoria atrás y se acuerda de aquellos años. Expediciones de 25 personas y cerca de un mes sin suministros. La carretera más cercana, a cuatro días de caballo. «La convivencia con los porteadores y sus familias ha convertido aquello en mi segundo hogar. Recuerdo escuchar el rugido del puma, aprender a reconocer los excrementos de un oso...». Pero eso llegó con el tiempo. Al principio, admite su temor cerval a las serpientes. «Íbamos cargados de sueros antiveneno a sabiendas de que, ante cualquier picadura, no había tiempo para un rescate fiable».

Los temores del novato y la inexperiencia dieron paso al aventurero a la antigua usanza, capaz de arrastrar a alpinistas españoles a sus proyectos para vencer pasos complejos o de transitar a caballo junto a barrancos sin fin. «Uno de los peligros acaba siendo el exceso de confianza», admite Del Valle.

Todo por limpiar

Santiago revisó infinidad de documentos. Y muchos mapas, todos erróneos. «Cuando empezamos, no había GPS. Y ahora que los hay, no sirven para mapas que no eran buenos». Los grandes exploradores buscaban desde 1834 los restos de Vilcabamba. Hace medio siglo, el norteamericano Gene Savoy afirmó que correspondían a los hallazgos de Bingham en Espíritu Pampa el mismo año que llegó a Machu Picchu. Era erróneo, aunque se dio por bueno y la búsqueda de la última ciudad se paró durante años.

Los laboriosos estudios y cruces de cientos de documentos tratando de seguir la ruta de las tropas españolas hacia su última conquista permitieron delimitar la zona de búsqueda en un área conocida como Lugargrande, al noroeste del nevado Choquezafra (5.164 metros de altura). En agosto de 2012, el Ministerio de Cultura de Perú dictó su resolución nº 616 que declara que «de acuerdo con todos los datos disponibles», habían localizado los restos de Vilcabamba la Vieja (o Grande o Hatun, de las tres formas se la conoce).

No se trata de esos grandes centros ceremoniales o piramidales como los de las culturas azteca o maya en Centroamérica. Una dificultad añadida a la búsqueda es que el trabajo de ocultación de la selva contó con la complicidad de la arquitectura inca. «Los palacios no eran tan voluminosos como en otras culturas. Entre los incas, lo sagrado está en vinculación con el terreno, no con el volumen de lo construido».

Machu Picchu colgado de una loma a 2.400 metros sobre el nivel del mar es impresionante. Estuvo cubierto por un manto verde que preservó sus secretos durante más de 350 años. Algo similar sucede con Vilcabamba.

«Estamos hablando de unas 300 o 400 viviendas. Todo muy repartido. No se puede pensar en ciudades comerciales y, además, en esta cultura no eran grandes talladores de piedra», resume Santiago del Valle. Pero son muchas las dudas, porque apenas se han realizado desde 2012 dos o tres expediciones para hacer catas. Falta casi todo por excavar en una loma inclinada y cuyos pavimentos y estancias de piedra se podrían extender en un área de cinco kilómetros de largo por otros tantos de ancho.

Santiago anda de nuevo de expedición por su segundo hogar. Trata de avanzar en la localización del terreno con planos aéreos lidar (con pulsaciones láser). «Sueño con ese mapa de todo el conjunto». Considera que la historia le reserva un lugar como descubridor de Vilcabamba la Grande. «Yo encontré el lugar. A partir de ahora, los avances estarán al alcance de otros», concede.

Los conquistadores españoles llegaron allí cegados en su búsqueda del oro. No había tal. El oro de Santiago del Valle es la historia. Y él ha logrado levantar su «trocito de alfombra» para desvelar uno de los últimos misterios del imperio inca.