Escribano reza el anuncio de la Pasión en un pregón nacido del Evangelio

Asunción Escribano en el atril del teatro Liceo, realizando su proclama de la Semana Santa. /
Asunción Escribano en el atril del teatro Liceo, realizando su proclama de la Semana Santa.

Literatura y fe se entremezclan en las palabras de una convencida pregonera de la Semana Santa

CECILIA HERNÁNDEZ

Asunción Escribano pregonó la Semana Santa de Salamanca 2017 desde el rezo y el Evangelio, desde la cátedra y la cultura y desde el sentimiento de cristiana convencida en una Resurrección que, antes que acaecida, fue anunciada. La imagen de Nuestra Señora de la Sabiduría de la Hermandad Universitaria sorprendió con su presencia en un escenario oscuro, intenso, en el que Escribano proclamó lo que está por venir con dulce firmeza, acompañada por la voz del barítono Antonio Santos, hermano mayor a su vez, cabe reseñarlo, de la cofradía decana de la Pasión salmantina, la Vera Cruz.

Todo quedaba en casa, por lo tanto, en ese teatro Liceo lleno hasta la bandera y en el que se prohibieron los aplausos durante la intervención de la pregonera. El silencio se hizo para escuchar la voz y las palabras de una Escribano que hizo proclama de su fe nada más comenzar. «He llegado a la Semana Santa, como a la fe, de la mano del Señor. He creído porque me han enseñado. Fui bautizada por expreso deseo de quienes también me dieron la vida. Ellos me lo anunciaron y luego Él me miró a los ojos», expresó, antes de recordar que también fue, es, Poeta ante la Cruz de ese Cristo de la Agonía Redentora que recordó en el título de su pregón: Morfologías de la Resurrección a la luz de la agonía redentora. Entró entonces la pregonera a desgranar las muertes con las que la Cruz presagia la Resurrección de Cristo. La primera de ellas, en el Huerto de los Olivos, cuando «sus compañeros en el camino desde el Jordán a Jerusalén» duermen y Él se enfrenta a lo que está por venir. «Mientras el Nazareno roto de miedo se muere de tristeza, los amigos que le acompañan se mueren de sueño. No hay mejor definición de nuestra naturaleza».

La segunda muerte, la de Judas. La traición, en la que el gesto compasivo de Jesús es el que anticipa la Resurrección. Así lo afirmó Asunción Escribano, antes de adentrarse en el resto de muertes figuradas de Jesús. La tercera, la de Pedro, las «tres decepciones», según la pregonera, «en aquella noche oscura del Jueves Santo», que traen consigo «tres confirmaciones de amor definitivas, nacidas a la luz de las lágrimas de arrepentido de Pedro» y un nuevo presagio de la Resurrección.

Y la cuarta muerte, la de verdad, la de la Cruz, representada en la madera que tiene tanto protagonismo en la vida del Hijo del Carpintero, seguida por la quinta, el llanto de la Madre que ve morir al Hijo, que Asunción Escribano evocó en la imagen de ese Jesús Despojado de sus Vestiduras que abandona la iglesia de la Purísima, «observado por la Madre es un desdoblamiento estético y temporal- que ningún otro lugar del mundo permite». Y es que los ojos de la Inmaculada y de la Piedad del maestro Ribera, «confluyen sobre el cuerpo del Hijo del Altísimo en su momento más bajo».

«La exclusión social, contra la que se rebeló Jesús en su vida pública () es nuestra sexta muerte. Y completa la segunda, la iniciada por el beso de su amigo». Porque para Asunción Escribano Jesús muere «como un excluido social». «Digo Jesús y pienso en sus caricias a la mujer en medio de una sociedad patriarcal en la que apenas contaba; digo Jesús y evoco su defensa del extranjero, su apoyo a los enfermos hasta sus últimas consecuencias. Digo Jesús, en fin, y oigo sus serenas andanadas a la hipocresía social aun cuando horadasen el suelo bajo sus pies, como en el templo filisteo». Y aquí el recuerdo y la reivindicación de aquellos que «situados tras las alambradas», sufren «hambre, dolor y miseria», y también la memoria de los «ancianos solos, enfermos y nuevos pobres». Un compromiso que ha encontrado reflejo en Salamanca, subrayó la pregonera, en la creación de la Hermandad Franciscana del Santísimo Cristo de la Humildad, «en la que escuchamos latir el corazón de los cristianos de Tierra Santa».

Y en la última muerte, «Jesús viste el desamparo como túnica». De ahí, recordó Escribano, que la Hermandad de Nuestra Señora de la Soledad «inicie su procesión con el paso alegórico de la Soledad de la Cruz». Ahora sí que sí llega «la antesala de la verdadera agonía, del combate definitivo al que nos lleva la etimología griega de la palabra pregón: discurso que antecede a la lucha, proagon». Y Escribano, como juglar de Fontiveros que es, no olvidó recordar en su proclama a San Juan de la Cruz, cuyos versos también evocaron la muerte final de Jesús, que no lo fue, pues esa muerte «no interrumpirá nada».

Y, finalmente, el amén y la referencia al Resucitado que cada año se encuentra con su Madre en el atrio de la Catedral de Salamanca. «Esta es mi certeza. Esta es mi alegría. Esta es mi plegaria. Esta es mi fe y mi Semana Santa», concluyó Escribano, ante un Liceo enmudecido por sus palabras, no sin antes invitar a todos a «vivir intensamente la próxima Pascua de Resurrección».

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